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Así se vivió la vuelta al fútbol en un barrio, entre tapabocas, chorizos, muzzarellas y cerveza

Entre tapabocas, chorizos, muzzarellas y cervezas, así se vivió el regreso de fútbol en bares, cantinas y la feria de Piedras Blancas

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10 de agosto de 2020 a las 05:00

Piedras Blancas. La gente apuró la feria. El aroma del tuco invadió las calles desde las primeras horas de la mañana. No fue un domingo más. El nerviosismo a flor de piel. La vuelta del fútbol con un clásico lo hizo distinto a lo habitual. Los puesteros levantaron los cajones antes. No se podía ir a la cancha. Había que mirarlo en casa o en algunos de los innumerables bares, pizzerías o clubes de ese barrio.

Sobre la hora 14 la mitad de los vendedores levantó la sábana del piso en la que exhiben sus “productos” para prepararse de cara al clásico.

Como antes, volvieron los puestos de venta de banderas y camisetas de Nacional y Peñarol. La vuelta del fútbol genera eso. Que los feriantes se ganen el peso con la pasión popular del principal deporte.

La niebla no invitaba a prender la parrilla. Era un domingo ideal para pasta.

Sin embargo, en la esquina del bar Nuevo Ottonello la parrilla explotaba. Y por si fuera poco, afuera, arriba de un medio tanque “lloraban” los chorizos.

El clásico entre Nacional y Peñarol hizo modificar algunas normativas del ritmo habitual del bar. La noche anterior, el Colorado llamó a un seguridad a los efectos de brindar tranquilidad. “Venite con dos o tres porque mañana va a estar complicado”, le dijo el Colo, dueño del bar. Pero el joven le sugirió que en principio lo más adecuado era ir solo.

Afuera, tres mesas ocupadas. En la zona de la parrilla, dos familias almorzando. Adentro del Nuevo Ottonello los parroquianos eran amos y señores de la barra. Y en el amplio salón, mesas y sillas dispuestas frente a dos televisores.

Sin embargo, las imágenes que llegaban eran del Hipódromo de Maroñas y no las del partido clásico. Es que el barrio comparte la pasión futbolera con la burrera.

La imagen televisiva anunció la Trifecta. Y de pronto sonó la campana de largada. Quedaban 10 minutos para el inicio del clásico y tres carreras más para el final de la jornada turfística.

¿No van a mirar el partido, preguntó el periodista de Referí que entró al bar para cubrir la vuelta del fútbol en un barrio?

“Quedate tranquilo, ahora cambiamos. En la tele de arriba ponemos el fútbol y en la de abajo quedan las carreras”, anunció José, el pizzero.

Afuera, el choricero hablaba con dos habitúes al lugar. “Está complicada la mano. Hay hambre. Yo no me la quise jugar y solo traje 50 chorizos. Con la vuelta del fútbol se movió un poco más, pero sino es brava”, comentaba. De su comentario se desprendía claramente todo lo que genera el fútbol.

Un improvisado mozo limpió una mesa y le dijo al periodista de Referí que tomara asiento de cara al televisor. Llegó una muzzarella. Un hombre que pasó rumbo al baño, miró y disparó: “Buen provecho”. Viejo código de barrio. No importa que el que esté sentado sea un desconocido. Se lo saluda.

El partido era imposible. La niebla cubría todo. “No se puede mirar así”, dijo un veterano que se paró y se retiró de la mesa que ocupaba.

Como será la cosa que hasta un niño que andaba expresando su sentimiento carbonero se dedicó a jugar con su computadora en lugar de ver el partido.

Y mientras el juego se disputaba, la “vida” seguía su ritmo habitual en el bar. Un hombre entrado en años, con un tapabocas celeste, se paró en medio del clásico y se puso a jugar en una máquina tragamonedas. De pronto apareció en escena la Rubia. Una mansa perrita.

En eso, una chica que lavaba los vasos del otro lado del mostrador se adelantó a la jugada: “¡Gol de Nacional!”, expresó. Y cuando todos giraron para mirar el televisor, recién estaba llegando el centro que derivó en el tanto de Gonzalo Bergessio.

La chica se enteró antes porque estaba siguiendo el clásico por radio.

Los gritos de gol fueron escasos. No hubo discusiones ni peleas. Se respetaron.

“Ahora lo damos vuelta”, dijo un hombre en la barra. Pero encontró rápida respuesta: “La única manera de que le puedan ganar es que los jugadores de Nacional no vean por la niebla”.

El primero retrucó: “Acá hay dos cosas de las que no se habla: fútbol y política”.

Y entre pedidos de copas y alguna pizzeta que solicitó el Colorado al pizzero José, llegó el final del primer tiempo con triunfo parcial de Nacional por 1 a 0.

El clásico en el Libertad

Unas cuadras más adelante del Nuevo Ottonello está la sede del Club Atlético Libertad. Las bochas son su principal actividad. La cantina estaba abierta de par en par. El ingreso, para un desconocido, es similar al de las viejas películas de los cowboys cuando un pistolero entra y pide un whisky. Es decir, todas las miradas le apuntan. Pero se responde al saludo con respeto. Del otro lado del mostrador el Zurdo no paraba de sacar bebidas de la heladera.

En una mesa cuatro personas jugaban un truco de tapabocas. En una sala contigua se escuchaba el ruido de las bolas del casín. Allí se disputaba un mano a mano. Curiosamente, también de tapabocas. El cartel de ingreso lo dice claramente: “Durante el juego se requiere tapabocas”.

Y contra la baranda de la cancha de bochas, varios parroquianos con la vista fija en el televisor que trasladaba las imágenes del clásico.

A diferencia del Nuevo Ottonello, en el Libertad se respiraba fútbol. Se gritaba, se comentaba, se hacían gastadas.

Las botellas de cerveza iban y venían. “Zurdo, ¿no te debo nada verdad?”, preguntó un hombre desde el fondo. Y ante la respuesta de que estaba al día, pidió otra: “Dame una más para el final del partido”.

En el transcurso del juego Matías Britos fue al área de Nacional en procura de una pelota y levantó la pierna más arriba de lo normal. El grito de los hinchas tricolores retumbó en la sede del Libertad. “¡Roja! ¡Preso lo tienen que llevar!”, fueron algunos de los gritos para graficar la violenta acción que terminó con la expulsión del delantero aurinegro.

Peñarol se quedaba con 10 para afrontar el trámite final del partido. Pero si hay algo que no pierden los hinchas es la fe.

“Si le empata, Peñarol le gana. Le ganamos siempre a lo Peñarol”, expresó  un hombre de lentes y generó la discusión.

“Ahora entra el Chori Castro y los clava”, le respondieron. En eso, un joven que estaba tomando una copa en la barra de la cantina pasó por delante del periodista de Referí y le dijo: “La diferencia de Nacional es que sube gurises. Peñarol no le da vida a los gurises”, tiró y salió a fumar un cigarro a la puerta.

Quedaban 10 minutos para el final del partido. Y de pronto, estalló la cantina del Libertad. Gol de Peñarol. El carbonero empató con 10 jugadores y los parroquianos carboneros se entusiasmaron de cara al cierre.

Los minutos pasaron. La paridad se mantuvo. El empate selló el domingo clásico. Dos hinchas se abrazaron y uno de ellos gritó: “¡Nacional y Peñarol acá juntos! ¡Como debe ser!”, dijo el hombre dando un claro mensaje de confraternidad tras el fragor de la batalla que se dirimió en la cancha y se “jugó” en innumerables bares de la capital.

Lentamente el día se fue apagando en Piedras Blancas. El telón del domingo caía como la niebla sobre la avenida José Belloni. Este lunes será otro día. La gente volverá a apurar el paso. Pero esta vez para ir a trabajar, como todas las semanas.

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