11 de octubre 2023 - 5:03hs

Escribo estas líneas aún en estado de estupor por los sucesos vividos en Israel. Siento que en los últimos cinco días la humanidad retrocedió centenares de años para volver a un estado de barbarie. Avanzado el siglo XXI, con la ciencia investigando en mejorar la calidad humana, con organismos internacionales que deben bregar por la paz y la convivencia, seguimos teniendo grupos humanos que desprecian la vida propia y la ajena. Que matan, secuestran y violan a la gloria de un ciego fanatismo dogmático.

Dudé mucho en escribir sobre todo ello. Todos tenemos muchas adhesiones y compromisos. Temía que las mías vuelvan mi visión demasiado subjetiva.

Soy judío, he sido siempre militante de un Partido que supo históricamente solidarizarse con la causa de Israel. Soy también padre de un joven arquitecto que vive y trabaja en Israel.

Los hechos acaecidos no tienen nada que ver con política. No tienen nada que ver con análisis sociológicos. No tienen nada que ver con derechos contemplados o no. Lo sucedido es barbarie pura. Terror como instrumento de mentes desequilibradas. La crueldad puesta al servicio de las hordas enceguecidas.

Tal vez deba sentirme un privilegiado. Tengo la suerte de que mi angustia se remite exclusivamente a estar pendiente de mi celular y esperar los continuos avisos de mi hijo informándome sobre el continuo clamor de las sirenas haciéndolo protegerse en un refugio.
Hay otros padres, hijos, hermanos que no tienen la misma suerte que yo: los que ven las fotos de sus hijos en las listas de desaparecidos o secuestrados, los que pasan por la más angustiosa experiencia de recibir la noticia del cuerpo de su hijo encontrado.

¿Qué pensarán cuando crezcan los dos mellizos de apenas diez meses que lograron salvarse por la heroica decisión de sus padres de ponerlos a resguardo mientras ellos enfrentaban la horda? La pareja, los dos de apenas 30 años, ofrendaron sus vidas, salvaron a sus hijos y dejaron dos bebés huérfanos.

¿Qué pueden sentir los padres de los cientos de jóvenes asesinados cuando se divertían sanamente, como debe ser, en un festival de música? Mi hijo pudo haber estado allí. No quiero ni imaginármelo. Pero la locura es ciega y puede atacar a cualquiera.
Dudaba en escribir. Pero me convencí de que cuantos más seres humanos coincidan en que debemos condenar y luchar contra este tipo de bestialidades, quizás haya una esperanza para la humanidad.

Cuanto menos sea la cantidad de gente que dude en llamar los acontecimientos vividos por su verdadero nombre, más esperanza tendremos.

Esto fue terrorismo, barbarie, crueldad, bestialidad. Las cosas por su nombre. Si no sabemos separar la esencia humana de las conveniencias políticas nos hundiremos cada vez más en el oscurantismo.

Hace justo cincuenta años Israel se vio también sorprendida en el comienzo de la Guerra de Iom Kipur. Finalmente salió victoriosa de la contienda bélica. Pero el trauma por las pérdidas humanas nunca cicatrizó del todo. Aquel conflicto afectó la señera figura de la Primera Ministra Golda Meir que la hizo retirarse luego de la vida política.

La experiencia de estos días seguramente sea aún más traumática. Lo sucedido supera ampliamente el horror de una guerra convencional. Las fracturas familiares de las ya más de 1.000 víctimas asesinadas no se curarán nunca.

De todas formas, como se ha expresado a lo largo de todo el mundo, por judíos y no judíos, la varias veces centenaria frase hebrea: “Am Israel Jai” (El pueblo de Israel vivirá).

Me permito agregar que cuando podamos erradicar el terror podremos expresar que “la Civilización vivirá”.
 

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Guerra en Israel

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