4 de septiembre 2017 - 5:00hs

Uruguay está atrapado entre dos mundos en sus intentos de aumentar su libertad de comercio. Por un lado, se lo vedan hacerlo individualmente normas del Mercosur que han perdido justificación. Por otro, tampoco puede transitar esa ruta en forma conjunta con los demás miembros por la parálisis y las incongruencias internas del bloque. La única salida es que nuestra diplomacia sustituya sus recurrentes vaivenes políticos por un rumbo claro, aproveche la disposición amigable del actual gobierno de Argentina y sea capaz de recomponer las relaciones con el de Brasil, como alternativa al alto costo de abandonar el Mercosur y perder buena parte del comercio con ambos vecinos.

Brasil es el problema mayor. Las relaciones se averiaron primero por un traspié ideológico, cuando nuestro gobierno y su Frente Amplio respaldaron y recibieron con alfombra roja a la destituida presidenta izquierdista Dilma Rousseff, ganándose la animosidad de su sucesor Michel Temer. Vinieron luego las protestas por la reforma del sistema laboral brasileño y por las restricciones al ingreso de lácteos uruguayos. En el campo laboral el camino no es una objeción sin futuro a lo que hace otro país, sino corregir la rigidez de nuestro sistema, que nos pone en desventaja competitiva. Y ante la arbitraria medida brasileña sobre los lácteos, producto de presiones proteccionistas de los productores brasileños, solo queda negociar con habilidad para atenuar sus efectos.

Los problemas para Uruguay derivan de la errada creación de un bloque inviable. Su meta de hace un cuarto de siglo de unión aduanera y zona de libre comercio fracasó porque Brasil y Argentina frecuentemente antepusieron sus intereses internos a la unidad regional. Los socios mayores frustraron una y otra vez los intentos uruguayos por salir del ahogo. Se les agregó hace más de una década la protesta de dirigentes frenteamplistas con mentalidad de guerra fría para obligar al presidente Tabaré Vázquez a rechazar el tratado de libre comercio que nos ofrecía Estados Unidos.

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Lo mismo ha pasado ahora con China. A su regreso de ese país, Vázquez anunció como segura la conclusión de un TLC bilateral. Pero el eje Argentina-Brasil lo impidió y favorece, en cambio, un TLC conjunto. Este camino es imposible porque Paraguay no tiene relaciones con Pekín y, por el contrario, acaba de cerrar un amplio acuerdo de liberación comercial con Taiwán, traba segura a cualquier acuerdo del Mercosur con China. Y el único TLC que tiene en marcha el bloque, con la Unión Europea, sigue estancado por posiciones proteccionistas después de dos décadas de negociaciones.

Dado que la proyectada unión aduanera mercosureña sigue siendo un sueño lejano, Uruguay solo podrá salir del cerco regional si es capaz de implementar y ejecutar sin desvíos políticas coherentes de acercamiento con nuestros dos grandes vecinos, especialmente Brasil. Si logra ganarse su buena voluntad, es posible que nos autoricen a una mayor liberación de las relaciones comerciales con terceros países. Pero solo se alcanzará si el gobierno antepone la realidad de nuestras necesidades a las vacilaciones y errores de raíz política o ideológica que han marcado en los últimos años a la diplomacia uruguaya, como fue defender la no intervención en asuntos internos en el caso de Venezuela y hacer exactamente lo contrario con Brasil en el caso Rousseff.

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