14 de febrero de 2020 11:10 hs

Es una relación complicada. Hay períodos de romance intenso y otros de rechazo profundo que acarrean una separación que nunca es total y siempre es temporal. El vínculo de los hombres con la barba es cíclico y ha mutado a lo largo de los siglos. Ahora está en un período fértil. En la última década el vello facial ha reclamado su lugar en los rostros y aunque empezó siendo casi un chiste asociado a la cultura hipster, terminó popularizándose y basta mirar a las celebridades para encontrar a varias figuras con algo de pelo entre oreja y oreja: desde Lionel Messi y Diego Godín hasta Robert Downey Jr y el Chino Darín, desde Donald Glover y Kanye West hasta Marcelo Tinelli.

Como los hinchas de un equipo que en sus horas bajas se esconden y sacan a la luz su fanatismo cuando vuelven los triunfos, el regreso de la barba al lado bueno se combinó con el nuevo amor por lo artesanal y por el mayor interés masculino por su apariencia, y en Montevideo las barberías han crecido a ritmo exponencial, ante un mercado barbado que quiere cuidar la mata de pelo que embellece el rostro. Aunque las afeitadoras no han desaparecido de los baños, ahora hay profesionales especializados en cuidar y acomodar el vello facial.

Marcelo Umpiérrez

Richard Danta, magíster en Comunicación y docente de Semiótica en la Universidad Católica, señaló que ese florecimiento barbero en la ciudad no es casual. Es un servicio especializado, sí, pero también, con su estética vintage, la posibilidad que ofrecen algunas de beber cerveza artesanal, y referencias estéticas a la década de 1950, a los motoqueros del estilo de los de la película Easy Rider o al Marlon Brando de El salvaje, son “un oasis simbólico de una masculinidad idealizada. Puede parecer una contradicción, esa cuestión de reforzar lo masculino al tiempo que se le dedica mucho tiempo al cuidado, pero es coherente porque es la oportunidad de vivir una fantasía y tiene algo más lúdico, porque es un lugar donde el varón también puede manipular su aspecto sin ser feminizado”.

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Es un oasis que toma un peso inconsciente en una época donde los estereotipos masculinos han sufrido embates culturales desde el siglo pasado por el feminismo y los movimientos queer. Se refuerza ese estereotipo del macho, pero al mismo tiempo se lo ha cambiado porque los hombres ya no ven con malos ojos cuidar su aspecto.

AFP

Desde que en la pubertad aparecen las primeras pelusas sobre el labio superior, la barba se convierte en causa de ansiedad para el hombre en formación, ya sea porque no puede ver la hora de afeitarse para sacársela del todo, o porque quiere que crezca para que el mundo lo perciba definitivamente como adulto. Porque la barba es símbolo de madurez y, además, uno de los íconos de la masculinidad. Es que, claro, al ser una característica sexual secundaria, es uno de los elementos biológicos que distingue con más claridad a quienes han nacido como hombres de quienes han nacido como mujeres.

De hecho, la biología la compara con la melena de los leones. A ambas las hace crecer la testosterona, por eso un hombre castrado es lampiño. Melenas y barbas son símbolo del paso a la adultez y de que se tiene un cuerpo listo para el combate. Hay teorías biológicas que dicen que la barba es una protección no solo contra el frío, sino también contra los golpes de otros humanos, aunque Alejandro Magno obligaba a sus soldados a afeitarse para que no los agarraran de la barba en combate y los mataran con facilidad. Charles Darwin, que portaba una soberana barba blanca porque afeitarse empeoraba un ezcema que acarreó toda su vida, teorizó en su libro El origen del hombre que el vello facial estaba vinculado a la selección sexual, es decir, a aquello en lo que se fija un género para sentirse atraído por el otro. Siglos después, estudios científicos (siempre hay algún estudio) comprobaron que la mayoría de las mujeres se ve atraídas por los hombres barbados.

BBC

Desde la perspectiva de la semiótica, Danta explica que la barba es parte de la comunicación no verbal. Al igual que la ropa, pero sobre todo igual que el pelo, es lo que se llama un artefacto. La barba y su forma son estrategias del individuo para presentarse social y culturalmente. Es, en definitiva, un elemento más de los que conforma la identidad, y más en estos tiempos, donde la variedad y los estilos son más que hace algunos años, donde dominaban las barbas rasas o los candados, y poco más. Aunque el trasfondo es siempre el mismo: “Soy varón y me identifico con una masculinidad tradicional, aunque eso pase de forma inconsciente”, explicó Danta. De ahí surgen incluso las subversiones, como la del cantante austríaco Thomas Neuwirth y su personaje Conchita Wurst.

La barba es un atractivo, si, pero también intimidación. La barba agranda el rostro y le da un toque feroz. En el imaginario popular los vikingos no están completos sin barba, y si algo eran estos piratas y conquistadores, eran feroces. Aunque ojo, hallazgos arqueológicos han determinado que las cuidaban mucho con peines y pinzas. En el cine, el superhéroe basado en la mitología nórdica, Thor, tiene su barba viril acompañando sus abdominales, lo mismo que el nuevo giro “cool” de Aquaman, que no es vikingo pero abreva de otra deidad antigua: Poseidón, que al igual que su hermano Zeus, siempre son representados como bien barbudos.

Barbas religiosas
La religión también tiene sus vínculos con las barbas. Algunas impiden a los hombres que las siguen cortarlas, como los Sikh o los rastafari. Los musulmanes tienen el mandato de dejarla crecer, y algunas de las corrientes del judaísmo también abogan por dejarla crecer y no cortarla siempre que sea posible. Los sacerdotes del cristianismo ortodoxo suelen usarlas, lo mismo que los amish casados, mientras que el catolicismo las ha prohibido y aprobado dependiendo del momento histórico. 

La barba representa además la sabiduría. Ninguna representación de Jesús está completa sin una coqueta barba, ni tampoco las de los profetas bíblicos, como Moisés. Liderazgo, conocimiento y poder están concentrados ahí. En la ficción pasa algo parecido: los sabios de la ficción suelen tener unas largas barbas blancas, ya sean hechiceros aventureros –como Gandalf de El Señor de los Anillos –, directores de un colegio de magos –como Albus Dumbledore de Harry Potter – o consejeros druidas devenidos en magos de leyenda –como Merlín–. Incluso pasa en la historia humana: Aristóteles, por nombrar a uno, también suele ser presentado en el arte con una poblada barba.

Determinados estilos, en cambio, son señal inequívoca de que estamos ante una persona jodida. En particular, la chiva – o perilla – acompañada de un bigote más o menos largo, como el tradicional villano de folletines y caricatura racista Fu Manchú. La otra es la “barba candado”. La ciencia determinó que en el inconsciente los triángulos invertidos como el que forma ese estilo son asociados con lo negativo y lo amenazante. No hay mejor ejemplo que el hombre bueno que se hace malo e intimidante, y que para ilustrarlo se deja una barba candado: el señor Walter White, alias Heisenberg, de Breaking Bad.

A la barba recia – la de Hugo de León o James Harden- y la de excéntrico – Alexis Lalas - se le suma la de bohemio. De persona que no se preocupa por su vello facial porque tiene cosas más importantes de que preocuparse, como el arte que está creando. Fíjese lo que pasaba con los directores del Nuevo Hollywood de los años 1970: George Lucas, Steven Spielberg y Martin Scorsese andaban muy barbudos por los sets, y el señor Stanley Kubrick, que no era de esa generación, fue teniendo más barba a medida que avanzaba su carrera.

Incluso tiene una asociación con el comunismo: Marx y Engels, como buenos hombres europeos del siglo xix acumulaban pelos en el rostro como monedas los capitalistas, Vladímir Lenin combinó su pelada con un bigote y una barba puntiaguda que se hizo ícono, igual que la de Fidel Castro, que se la dejó porque a él y a sus correligionarios les decían “los barbudos”, cuando andaban por la Sierra Maestra.

La historia guarda otras barbas ilustres, como la de Abraham Lincoln. Los políticos de antaño no rehuían del vello facial. Basta ver retratos de presidentes uruguayos, como Lindolfo Cuestas (¡qué patillas!) o José Batlle y Ordóñez. Desde entonces, cuando las barbas eran casi un mandato social, hubo mandatarios y dictadores con bigote, pero no hubo más barbas en la casa de gobierno. A tal punto que llamó la atención la decisión estética del presidente electo, Luis Lacalle Pou, de atravesar el verano con una incipiente barba, que ya se afeitó. Ese tipo de barba, según Danta, es una barba vacacional. “Alguien que durante todo el año tiene que cuidar su aspecto para cumplir con ciertos mandatos, como un bancario o un político, puede dejarse la barba durante sus vacaciones para decirle al mundo que está en un período donde no está cumpliendo sus obligaciones cotidianas, y alterando la imagen que se espera que tenga una persona en su posición”.

Camilo dos Santos

Ojo, que hay políticos con barba, los hay. Pablo Mieres, Eduardo Bonomi, Jorge Gandini, Germán Cardoso, Óscar Andrade y Daniel Olesker tienen las suyas, y durante un período posderrota electoral en 2014 Jorge Larrañaga ostentó una que decía a gritos “estoy de retiro temporal”, pero son minoría en un rubro donde una barba puede interpretarse como un gesto de poder excesivo o que oculta algo. “Los votantes uruguayos son muy tradicionales –contó Danta–. Y una barba puede entenderse como una forma de esconder, porque no le veo toda la cara, o simbolizar que no tiene tiempo para afeitarse o es descuidado. Pero lo cierto es que en Uruguay hay pocos políticos jóvenes que puedan alterar esas nociones que tienen los mayores. Y los que hay vienen de dinastías políticas o de dinastías más simbólicas, pero que mantienen esos valores. Los únicos que pueden tenerla son los que vienen del mundo sindical, porque la barba, el jean y la camisa por fuera del pantalón son parte de un estereotipo del trabajador uruguayo, sobre todo del de izquierda, que viene de los años de 1950 a los de 1970, cuando la barba y el pelo largo eran marca de ser contracultural, de ir contra el mandato del hombre rasurado”.

Sea por estética, pereza, descuido, principios o religión, la barba es, además de una moda, un símbolo de identidad. La caída de algunos estereotipos masculinos la ha equiparado a nivel social con el peinado de una mujer, y ahora también puede sentarse en una silla de peluquería y escuchar cómo le preguntan “¿qué te querés hacer?”. Es una apropiación de un signo, y se la está dejando crecer sin que despierte miradas curiosas. 

Barba sucia
 Un estudio publicado en julio de 2018 por la Universidad de Manchester señaló que en el 47% de las barbas analizadas se encontraron muestras de la bacteria llamada enterococcus spp, que también se encuentra en los intestinos humanos y en la materia fecal.

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