13 de marzo de 2021 5:00 hs

Brasil, país del futuro”, tituló Stefan Zweig uno de sus últimos libros, publicado en 1941, en tiempos del “Estado Novo” de Getúlio Vargas. Al fin era un país enorme, multicultural y benevolente, y poseía todos los recursos naturales imaginables. Poco después el popular Zweig, un judío austríaco en el exilio, deprimido por el avance del nazismo y el racismo, se suicidó no lejos de Rio de Janeiro. Toda una metáfora.

El mito de Brasil como “país del futuro” renació en los años ’60 por aquellos que admiraban a su gobierno autoritario y tecnocrático. De nuevo el ruido fue superior a las nueces: en 1985, cuando la apertura, el país estaba en quiebra. El espejismo volvió a ocurrir durante el ciclo del PT, desde 2003, con Lula y Dilma Rousseff, pero se evaporó apenas bajaron los precios de las materias primas, después de 2012.

El sueño esquivo de Brasil es la grandeza, cualquier cosa que eso signifique. Pero sigue siendo el país del futuro, con un presente harto precario.

Brasil representa 2,7% de la población del mundo y 2,25% de la economía global. Pero ocupa un modesto puesto 84 en el índice de desarrollo humano de ONU, bastante detrás de sus vecinos Argentina y Uruguay. Incluso es dudoso que se mantenga como la octava o novena economía más grande, ante el mejor ritmo de Canadá o Corea del Sur.

La desigualdad es el gran pecado brasileño: un abismo socioeconómico, cultural y racial, que está en la base del subdesarrollo y de la baja calidad democrática.

La clase media-alta profesional y empresarial suele vivir bien, en medio de cierto lujo vulgar. Pero las ciudades están partidas, y también las regiones entre sí. Cuando el desempleo es de 6% en Santa Catarina, en el sur del país, trepa a 18% en Bahía, la puerta del nordeste.

El segundo gran pecado es la corrupción. En Brasil se hacen negocios y política con dineros públicos desde tiempos de la colonia, con exuberancia tropical, bajo el lema conformista “Rouba mas faz” (roba pero hace).

Fernando Henrique Cardoso, un intelectual de fuste, introdujo una serie de medidas liberales y modernizadoras a partir de 1993, incluido el Plan Real, que puso fin a una de las inflaciones más altas del mundo.

Fue el preámbulo necesario de Luiz Inácio Lula Da Silva, un incansable sindicalista de izquierda, quien asumió la Presidencia en 2003 en medio de una ola de optimismo nacional.

Andado el tiempo, el Partido de los Trabajadores (PT) de Lula se convirtió en poder y moda, llenó el Estado con militantes y adoptó las prácticas corruptas de sus predecesores. Fue seriamente dañado por el escándalo del mensalão, unas partidas de dinero mensuales que se entregaban a políticos para asegurar mayorías parlamentarias.

El mensalão “era la única manera de gobernar Brasil”, contó José Mujica que le dijo Lula en 2010.

Y en 2014 vino el Lava Jato o petrolão: la revelación del saqueo sistemático de Petrobras, la compañía más grande del país, para financiar campañas electorales, llevar vidas de lujo y comprar votos en el Congreso.

Sergio Moro, un ignoto juez egocéntrico de Curitiba, usando el mecanismo de la “delación premiada”, que Brasil tomó de Estados Unidos y de la operación “manos limpias” en Italia en los años ‘90, provocó una hecatombe en la oligarquía del país, incluyendo a líderes políticos, entre ellos el mismo Lula, que fue a la cárcel por corrupción.

Pero a la larga Moro también mostró un gran sesgo político contra Lula y los suyos. Incluso en 2019 asumió como ministro de Justicia y Seguridad Pública del delirante ultraderechista Jair Bolsonaro, para irse, frustrado, al año siguiente.

En un nuevo giro sorprendente en el país de las sorpresas, este lunes un juez de la Corte Suprema anuló las condenas contra Lula. No se pronunció sobre el fondo del asunto: si Lula recibió sobornos o no. Sólo dijo que Sergio Moro no tenía jurisdicción para juzgarlo en el sur, y que debería hacerlo nuevamente la justicia federal, en Brasilia.

Mientras los otros jueces de la Corte Suprema se pronuncian, y se procesan las apelaciones, Lula recupera sus derechos políticos.

El viejo dirigente sindical, quien es mucho más popular que su propio partido, domina el panorama político de Brasil desde hace más de 30 años, en el gobierno y en la oposición, por acción u omisión.

Si las cosas siguen así, lo que es dudoso, en 2022 podría librarse una batalla homérica por la Presidencia de la República entre Lula, ya con 77 años, y el imprevisible Jair Bolsonaro, de 67.

La polarización castigaría otra vez al centro político, representado por el gobernador de San Pablo, Joao Doria, del ubicuo PSDB. También puede provocar vendavales económicos, con fuga de capitales y un agravamiento de la parálisis económica.

En realidad, Lula nunca fue un enemigo de “los mercados”, sino amigable con el capitalismo y la inversión extranjera. Durante sus gobiernos Brasil se benefició de muy buenos precios internacionales, como toda América Latina, y vendió mucho mineral de hierro, petróleo y soja a China y Estados Unidos.

La economía boyante permitió extender el gasto del gobierno y ciertos planes sociales que afianzaron la popularidad del presidente, y proyectaron una feliz imagen de Brasil en el mundo.

Esa bonanza acabó durante los gobiernos de su sucesora, Dilma Rousseff, quien debía cuidarle el puesto a Lula para, eventualmente, devolvérselo en 2019. Ella logró su reelección en 2014, pero fue destituida dos años más tarde por un Congreso oportunista.

Brasil se estancó en 2013, en medio de un malestar difuso. Entre un gasto público desorbitado y las deudas y las pedaleadas para solventarlo, abortó uno de los procesos de desarrollo más promisorios del mundo.

Ahora, tras la pandemia de coronavirus, la economía incluso regresó al nivel de 2010 para completar una “década perdida”, un fenómeno que afecta a otros países de la región (y con más gravedad a Venezuela y Argentina).

La furia antisistema provocó un triunfo asombroso de Jair Messias Bolsonaro, un populista de derechas que en octubre de 2018 venció con holgura a Fernando Haddad, candidato vicario del PT tras el encarcelamiento de Lula.

Bolsonaro ha gobernado en base a golpes de efectos, si es que se puede decir que gobernó. Pero fracasó en el combate a la pandemia de coronavirus, en parte por su actitud negacionista.

Es probable que ningún otro gobernante hubiera obtenido un éxito mucho mayor. Basta ver lo que ocurrió en Argentina o Chile, que tienen casi la misma cantidad de muertos per capita que Brasil pese a los encierros interminables y toda suerte de medidas. Pero las palabras adecuadas confortan y reditúan.

Bolsonaro y Lula representan la energía prepotente y la misericordia bienpensante, dos paradigmas extremos que abraza Brasil, suavizados por el clima y el carácter de su gente. 

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