Una de las claves de los comparativamente buenos resultados que Uruguay está teniendo hasta la fecha en el combate a la pandemia es la articulación entre ciencia y política. El país, a lo largo de la historia, ha sido capaz de generar recursos (institucionales y humanos) y, en esta coyuntura, los está movilizando adecuadamente. Quiero analizar dos ejemplos.
El primero de ellos es el proceso de elaboración de kits de diagnóstico. Dice un documento reciente del BID: “Uruguay es otro ejemplo excelente de la articulación entre el sector público, el privado y la comunidad científica y médica (…). Como muchos otros países de la región, Uruguay no contaba con pruebas de diagnóstico en cantidad suficiente. Ante la dificultad de importarlas, el 18 de marzo, la Agencia Nacional de Investigación e Innovación (ANII), con apoyo del BID, lanzó un llamado para el diseño y la producción de 10.000 kits de diagnóstico PCR de la COVID-19 en el país (…). Se formó un consorcio entre la Universidad de la República (UDELAR), el Instituto Pasteur de Montevideo y la empresa biotecnológica ATGen, y, para el 27 de marzo, ya habían firmado un acuerdo con el Ministerio de Salud Pública (…). El 30 de abril, apenas un mes desde la firma del acuerdo, los participantes del consorcio entregaron los primeros 10.000 kits al Ministerio de Salud, lo que puso a Uruguay entre los países líderes en capacidad de testeo per cápita en la región”.
Desmenuzar este caso es interesantísimo porque permite ver hasta qué punto las fortalezas de Uruguay son mérito de múltiples actores de profesiones y credos políticos muy distintos. El llamado lo hizo la ANII, una institución creada para promover la ciencia por el Frente Amplio a iniciativa, en esencia, de la comunidad epistémica neodesarrollista, es decir, de la red de profesionales que piensa que la baja tasa histórica de crecimiento del PBI se explica por la debilidad del sistema de innovación. Dos instituciones científicas jugaron un papel decisivo en la elaboración de los kits: la Facultad de Ciencias y el Instituto Pasteur.
La existencia de estas dos instituciones es inseparable, otra vez, de los sueños y de la perseverancia de muchos universitarios (ecos del Plan Maggiolo que, a su vez, en alguna medida, es un eco de la CIDE). No es posible contar la historia de la Facultad de Ciencias sin hablar de Mario Wschebor, matemático, y del Instituto Pasteur sin Guillermo Dighiero, médico y alma mater. Pero la creación de la Facultad de Ciencias en 1990 contó con el respaldo del presidente Luis Alberto Lacalle Herrera y la instalación del Pasteur en 2004 con el apoyo entusiasta del presidente Jorge Batlle.
Presidencia
El Institut Pasteur
El segundo ejemplo es la conformación del Grupo Asesor Científico Honorario (GACH). Más de cincuenta científicos de distintas profesiones, liderados por Rafael Radi, Henry Cohen y Fernando Paganini, están generando desde mediados de abril información sistemática sobre la evolución de la pandemia. Fue un gran acierto del gobierno apelar a los científicos para tomar decisiones sobre la base de evidencia y trasmitir tranquilidad a la población. Muchos de los mejores desempeños del país, a lo largo de la historia, aparecieron cuando se tendió un puente entre el sistema universitario y el mundo de las decisiones políticas. El mérito de pedir auxilio a los científicos corresponde al gobierno. El de haber generado masa crítica, en cambio, es de todo el país.
Nuestra comunidad científica, todavía demasiado pequeña, es potente y calificada. Para contar esta historia habría que remontarse demasiado lejos, al último cuarto del siglo xix, a los tiempos del breve apogeo del positivismo que tuvo, en el rectorado de Alfredo Vásquez Acevedo (1880-1889), su momento culminante. La instalación de la Facultad de Medicina (1875) y de la Facultad de Matemáticas (1885), en ese contexto, son dos hitos fundamentales en el proceso de desarrollo científico. La creación del Programa de Desarrollo de las Ciencias Básicas (Pedeciba), casi un siglo después, es otro momento clave.
Para contar la historia del Pedeciba hay que tomar en cuenta numerosos actores, muy distintos entre sí. En el desarrollo de las ciencias básicas hay mucho de sueño, de perseverancia, de obstinación, por parte de los propios científicos que han creído en la utilidad social de su actividad y han procurado, una y otra vez, persuadir a las autoridades sobre la relevancia social del desarrollo científico. En particular, hay que mencionar el papel decisivo del doctor Roberto Caldeyro Barcia, fundador y primer director del Pedeciba.
Pero los sucesivos gobiernos desde la restauración de la democracia en 1985, pese a persistentes restricciones presupuestales que muy a menudo generaron frustración en ámbitos científicos, han contribuido a su reproducción y fortalecimiento. El Pedeciba fue creado en 1986, gracias a un acuerdo entre el presidente Julio María Sanguinetti y la Udelar, con el apoyo fundamental de Unesco y PNUD. El programa se institucionalizó en la ley de Presupuesto de 1995. A partir de ese momento es responsable de los excelentes niveles de formación de miles de científicos.
La moraleja es elemental y seguramente frustre a los más fanáticos. Los mejores desempeños de Uruguay no se pueden explicar sin reconocer el papel de muchos actores, muy distintos entre sí que, compitiendo y cooperando, fueron trenzando sus legados.
Adolfo Garcé es doctor en Ciencia Política, docente e investigador en el Instituto de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de la República
[email protected]