19 de julio de 2023 5:00 hs

Constanza Moreira tiene una doble identidad. La académica y política, que pasó una década en el Parlamento y fue precandidata presidencial del Frente Amplio en 2014, es la más conocida. La otra es Olympia Frick, escritora de ciencia ficción y fantasía. Un seudónimo que Moreira porta desde hace más de dos décadas, y bajo el que lleva publicados distintos relatos y cuentos dentro de esos géneros.

Moreira fue editada por Mario Levrero, ha ganado distintos concursos literarios, y ahora publicó su primera novela bajo el nombre de Frick, La ciudad de los nombres olvidados (Estuario), que en realidad es la segunda para la autora tras un texto firmado en su momento como O.F. Slims. Escrita durante la pandemia, esta nueva historia empieza con la desaparición de un periodista durante una jornada electoral que resultará bastante familiar en su desenlace.

Una lingüista, pareja del desaparecido, encabeza la búsqueda disparando una trama que combina juegos políticos, la amenaza de un conflicto armado, un instituto que se encarga de borrar la memoria de la población, y que sacudirá las estructuras de las dos ciudades donde se ambienta la historia: Ohm y Oras, dos localidades vecinas, radicalmente opuestas, pero con un pasado en común.

Algunos eventos del mundo real se infiltraron en la historia, igual que algunas figuras políticas uruguayas. Sin ir más lejos, hay en la novela un jefe de gobierno surfista, de estatura por debajo del promedio, con un padre que ocupó el mismo cargo y algunas cuestiones capilares que lo atormentan.

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Y también hay algo de todas las facetas de Moreira/Frick: “Tiene esa cosa más de filosofía política, sobre cómo vivimos juntos; de política en sentido estricto, con la idea de que las ciudades viven bajo un poder que no dominan, que es muy de la ciencia ficción, por supuesto, pero es de la política también. En política ves los limitados márgenes de maniobra que se tienen en relación a muchas cosas, para empezar el dinero. Y después la cosa más vivencial, la vida, el amor, la muerte, las relaciones entre las madres y los hijos, la violencia de género”, explica la autora, en una charla donde también cuenta su vínculo con la literatura y con la ciencia ficción, la influencia de Levrero, y por qué este libro fue hijo de su salida de la actividad política.

La portada del libro

¿Cómo fue el proceso de creación de este mundo, de estas ciudades y los alrededores donde transcurre la novela?

Voy a la filosofía que es mi primera vocación. Platón dice que en cada ciudad siempre hay dos ciudades, la de los ricos y la de los pobres. Con eso se refería a que hay dos modos de lo público, dos modos de gobierno, dos modos de arquitectura, que conviven entre ellas. Pero como que no somos una comunidad única, sino que somos una comunidad plural y la idea de las dos ciudades, que puede ser un poco maniqueísta pero representa en esos modos de ser de algo que alguna vez fue uno, era la forma de reflejarlo. Nada mejor que partir de un proceso electoral donde unos ganan y otros pierden y qué es lo que significa en términos de la convivencia, de la forzada convivencia entre los habitantes de la ciudad.

La situación inicial de la novela, con una elección apretada donde todos festejan y nadie reconoce la derrota, tiene muchos paralelismos con la elección presidencial de 2019. ¿Qué tanto influyó la realidad en esta historia?

Si no hubiera pasado la elección del 2019, no hubiera empezado así. Cuando unos ganan y otros pierden, siempre parece que es una ciudad la que emerge y otra ciudad la que se sumerge. Y esa es la dialéctica de la vida en las comunidades, quien emerge y quien se sumerge. Y te diría que lo de la elección me sirve como un disparador para dejar planteada esa cuestión. Y sin duda sobre el final del libro también hay algo de eso, con otro evento. Porque la pandemia fue algo de ciencia ficción realmente.

También hay personajes que se parecen a figuras reales de la política uruguaya.

Hay personas reales que son muy inspiradoras para la literatura, que son arquetípicos o son inspiradores. Y luego hay muchos personajes femeninos, en general en mi literatura hay siempre una cantidad mujeres fuertes, que desempeñan roles protagónicos. En la ciencia ficción hay muy pocas mujeres, en general.  Y luego también quería poner personajes controversiales, malvados. Es muy difícil representar el mal, pero quería hacer ese esfuerzo y obviamente uno tiene que asociar la maldad con la fuerza y con la violencia, entonces ahí el personaje también me resultó muy arquetípico. No sé si es muy creíble, pero para mí hay algo de la maldad que tiene que ver con la fuerza, con la violencia. Con ejercer el poder, con la prepotencia, con el atropello. Y luego está la gente común, que es la que más me gustó describir y la que menos me costó, porque está mucho más presente en nuestra vida cotidiana. Traté de crear personajes que no fueran ni buenos ni malos, todos tienen defectos, todos caen en la tentación, pero lo más importante es que hay una fuerza de las cosas que termina dominando la psicología de los personajes.

Foto: Leonardo Carreño. Constanza Moreira

¿Cómo empieza tu faceta literaria?

Escribí siempre, pero se consolida cuando empiezo a ir a los talleres de Mario Levrero, que fue mi fuente de inspiración y quien me hizo sentir que podía escribir. Eso fue en 1998, 1999, y ahí hubo una primera publicación. Mario Levrero además aparece como un escritor de ciencia ficción, pero él no quería saber nada con ser identificado con eso, ni con que yo escribiera ciencia ficción.

¿No le gustaba?

No, le parecía que me tenía que orientar a una literatura más íntima, o más onírica. Pero increíblemente él fue publicado muchas veces como escritor de ciencia ficción. Yo lo de la ciencia ficción lo heredo de mi padre. Tengo una biblioteca de ciencia ficción enorme, que era suya. Mi padre y sus amigos, eran una barra que se dedicaba a la ciencia ficción.

¿Escribía también o solo leían?

Mi padre llegó a escribir alguna cosa, de viejo. Él era dentista, profesor de la Facultad y allí, no me preguntes por qué, entre los profesores de odontología, eran todos pescadores y leían ciencia ficción. Entonces mi biblioteca es muy grande, va desde los años 52, 53, hasta los 70. Se publicaba mucha ciencia ficción en Argentina, que se traducía de las revistas norteamericanas. Y además, ellos compraban el último número de Más allá, esas revistas. Esa biblioteca que yo tengo ahora, era una cosa carísima en aquel momento, como una especie de tesoro. Entonces mi padre es la fuente de inspiración para la ciencia ficción, pero no solamente por lo que él leía, sino porque sus chistes, sus reflexiones, sus interpretaciones sobre el mundo estaban todas muy pegadas a esa manera de pensar. Nunca hablaba del país, siempre era el planeta, el mundo, veía a alguien extraño, y decía “este terráqueo”. Mi padre murió en 2010, pero yo heredé la biblioteca tiempo más tarde y la tenía ahí. Y en pandemia empecé a leer las viejas revistas y de ahí me viene la inspiración para un cuento que se llama Correspondencia, y después vino la novela, con toda esa influencia, además de cosas nuevas, como Ted Chiang.

¿Hay un prejuicio con la ciencia ficción acá en Uruguay?

Está muy escondida todavía la ciencia ficción, la gente dice “no me gusta la ciencia ficción”, bueno, a ver, ¿a quién no le gustó Matrix? Es ciencia ficción. Entonces creo que es el prejuicio, porque en realidad cuando la gente ve esas películas les encanta, y la ciencia ficción no son solo La guerra de los mundos o las invasiones alienígenas.

Foto: Leonardo Carreño. Constanza Moreira

¿Cómo nace Olympia Frick?

Quería ponerme un seudónimo. Y tomé el nombre de un personaje de uno de mis relatos, una corredora de autos que se llamaba Olympia Frick. Simplemente lo puse por eso, en el momento.

Y la decisión de escribir con seudónimo, ¿con qué tuvo que ver?

Me parecía divertido, porque el propio Mario Levrero es Jorge Varlotta, Galeano es Hughes. Y además pensé, “yo ya tengo todo un nombre en la literatura académica”, entonces no quería inducir a confusión, que alguien que quisiera adquirir un texto sobre ciencia política fuera a comprar un libro mío, pretendiendo encontrar ahí una escritura que era de otro lado. Y al publicar esta novela hablé con los editores, y les dije que no me importa que se sepa que soy Constanza Moreira, pero lo que no quiero es traficar la expectativa respecto del nombre, que capaz ahora se volvió un nombre político, y antes era un nombre académico. Pero finalmente no me libero de eso, porque quedo en la lista de “políticos que escriben”, pero soy más bien una persona que escribe y que después fue política.

En algún momento, ¿se te pasó por la cabeza dedicarte solo a la escritura?

Sí, cuando estaba en el taller. Mario me incentivaba mucho, porque para él la escritura era todo y tenías que dedicarte completamente. Pero en ese momento yo tenía 40 años y demasiadas tentaciones. A los 50 lo volví a pensar, pero me dediqué a la política. Cómo que siempre aparecía algo. El mundo del escritor es un mundo muy solitario, muy solipsista, necesitas mucho tiempo, por eso la pandemia me ayudó tanto, porque pasé mucho tiempo sola, pensando. Y todavía lo pienso, pero siempre tengo tentaciones, como diría Mario. La literatura exige mucha concentración, es un mundo muy solitario, y también me tironea el ser con otros, y la política tiene que ver con eso, la academia tiene que ver con eso. Soy de piscis, tengo un pez que va para un lado y un pez que va para el otro (risas).

¿Y ahora le dedicarías más tiempo a la escritura?

Sí, ahora tengo más tiempo, porque aunque siempre seré una mujer política, no estoy en la vida política. Si la vida literaria es demandante, la vida política, por lo menos en Uruguay, es completamente absorbente, también en el sentido sentimental. La academia te deja esa separación. En la política no, está todo pegado, además estás muy expuesto, es absolutamente totalizante. Nuestros héroes y heroínas políticas fueron gente que dejaron su vida en la política, que fueron uno con la política y con la historia de sus sociedades, de sus países. Entonces es muy difícil. Pero es muy linda la literatura, da mucho placer.

O sea que por lo pronto el regreso a la vida política no está previsto.

Estoy en la vida política porque estoy en Casa Grande, porque voy acá, voy allá, hago campañas, me pronuncio a favor de Carolina (Cosse), protesto la ley de tenencia compartida, la seguridad social. Siempre seré una mujer política. Otra cosa es tener ese lugar de protagonismo en la vida política que hace que tengas que estar todo el tiempo en la acción. Mi literatura es muy política, y quizá me gustaría hacer más literatura política. Eso siempre me trae problemas, pero la política es lo que te une al mundo. Es distinto estar en ese lugar en que tu vida y la política son una misma cosa. Por ahora, la voy llevando.

Después de esos años de estar más expuesta, de estar metida en esa vida política, ¿qué aprendizaje queda?

Me volví mejor persona. La política exige mucho sacrificio, mucha entrega a una causa, a los otros, al partido, al grupo político, y eso te vuelve infinitamente más generoso. La gente cree que los políticos son muy narcisistas, pero un narcisista no podría tolerar la cantidad de insultos que los políticos reciben. Yo creo en la política, por algo estudié eso, creo que es la actividad más noble de los animales políticos que somos. Me enseñó eso y luego me dio una conexión con cosas grandes y que importan mucho. Cualquier ley que aprobás afecta la vida de millones de personas. Entonces, ya no sos vos. Estás en un lugar que tus acciones tienen consecuencias. Son acciones colectivas, pero vos te hacés responsable de las acciones colectivas. Ese es todo un aprendizaje. Y bueno, cosas sencillas: conocí todo el país y entonces tuve una imagen distinta de mi propia patria que la que tenía.

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