18 de julio de 2012 12:13 hs

Los uruguayos tenemos excelentes razones para sentirnos orgullosos de la forma en que, hace 10 años, empezamos a salir de la peor crisis económica y social en muchas décadas. La situación, objetivamente, era terrible. La crisis económica alcanzó dimensiones devastadoras. Las cifras de desocupación y de pobreza treparon a niveles récord. El colapso del sistema financiero tuvo una dimensión sin precedentes. Sin embargo, no hubo guerrilla urbana ni sindicatos fuera de control, ni balas de goma ni garrotes. En todas partes predominó la responsabilidad. Los principales actores contribuyeron a la solución. El gobierno colorado, con el apoyo del Partido Nacional (PN), diseñó la ruta de salida. La mayoría de la izquierda, pese a criticar el camino elegido, no apostó a la radicalización de la lucha política y social. Los sindicatos se movilizaron (recuerden la marcha a Punta del Este, por ejemplo) pero no paralizaron el país. Los bancarios, en particular, mostraron niveles superiores de responsabilidad social y de capacidad de articulación. El Partido Colorado, después de la debacle, supo encontrar en Alejandro Atchugarry el líder capaz de tejer acuerdos, construir confianza y urdir la salida.

Estos y otros aspectos positivos de lo ocurrido hace una década han sido señalados durante los últimos días. Sin embargo, la crisis de 2002 tiene otra cara, mucho menos amable. Si en el diseño de la salida el sistema político uruguayo mostró algunos de sus mejores rasgos (madurez, capacidad de negociación, paciencia), especialmente durante el proceso previo dejó de manifiesto algunas fallas de relieve. No se ha generado una discusión sobre esto a lo largo de toda la década transcurrida desde entonces, y dudo mucho que se vaya a desencadenar ahora. Pero, por si acaso, en las líneas que siguen dejo constancia de mi visión.

En primer lugar, el sistema político, en general, y los partidos que compartían el gobierno, en particular, fracasaron desde el momento en que no pudieron ni prever la crisis ni inmunizar la economía doméstica frente a un eventual shock adverso. Prevaleció, si mi interpretación es correcta, una mirada entre ingenua y autosuficiente. Las críticas que venían de la oposición respecto al manejo de la política cambiaria, en particular después de la devaluación brasileña, por ejemplo, fueron ignoradas sistemáticamente. Fue un grave error que pagamos caro. ¿Era imposible tomar precauciones? No lo creo.

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En segundo lugar, falló también el sistema político cuando, en plena crisis económica, en el medio de la peor corrida bancaria de la historia se sucedieron las interpelaciones al ministro de Economía de la época. He dicho alguna vez que protestar contra el cálculo político es tan ridículo como quejarse de la ley de la gravedad. Nadie puede ignorar que el autointerés está en la base de la dinámica social, tanto económica como política. Pero tan evidente como lo anterior es que, en determinadas situaciones, la sumatoria de comportamientos autointeresados no arroja sumas positivas. Dicho de un modo bien simple: a veces cuando algunos actores ganan, todo el sistema pierde. ¿Es utópico reclamar responsabilidad política y visión de conjunto en situaciones extremas? Quiero creer que no.

En tercer lugar, el liderazgo presidencial -nada más ni nada menos- falló en el momento clave. El semestre más dramático de la crisis coincide con el peor semestre de la gestión del presidente. No logró mantener la calma. Muy por el contrario, alimentó, sin querer, la sensación de catástrofe. No supo sostener el pacto con sus socios en la coalición ni construir acuerdos con la oposición en torno a la cuestionadísima política económica de la época. Se fue quedando cada vez más solo, y dejando a su equipo económico cada vez menos protegido. El mismo líder que tantas veces, desde la década de 1960 en adelante, deslumbró al país con su imaginación e ingenio, el mismo presidente que sacó un conejo increíble de la galera en un tema clave al convocar la Comisión para la Paz y que, consumado el desastre, tuvo el coraje y la lucidez de enfrentarse con el FMI, ese líder talentoso y valiente se quedó sin ideas y sin magia durante el primer semestre de 2002. ¿Era, en esas dramáticas circunstancias, ineluctable el debilitamiento del liderazgo presidencial? Para nada.

En suma. La andanada de críticas a la política económica y de interpelaciones a su principal responsable, aunque compresibles -tanto desde el punto de vista político como técnico- y perfectamente legítimas, agravó los problemas y profundizó la crisis de confianza. El "jaque mate" al ministro Alberto Bensión, que hizo posible un cambio necesario y positivo en la forma de gestionar la crisis, se hizo en el momento más inoportuno. El liderazgo presidencial falló cuando se hacía más necesario.

Es cierto, la crisis vino de afuera. El sistema político uruguayo, a la larga, se las ingenió para manejarla bien. Pero antes de encontrar el camino correcto, antes de convertirse en un ejemplo de sensatez y prudencia, mostró serias falencias. Me parece perfecto que no olvidemos todo lo bueno, siempre y cuando también seamos capaces de admitir y rememorar las fallas.

Consulta el Especial: 10 años de la crisis de 2002 realizado por El Observador

*Adolfo Garcé es magíster en Ciencia Política, docente e investigador en el Instituto de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, Udelar

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