Tras un 2013 con protestas y un 2014 de elecciones, 2015 se presentaba como el año en que la mandataria brasileña Dilma Rousseff podía comenzar a ordenar su gestión para dar forma a su segundo período de gobierno. Pero se desatapó Petrobras, surgieron más denuncias y ahora hasta la delfina de Lula da Silva se tambalea. "Es el año que no existió", describió recientemente el financista André Perfeito.
Ayer hubo más avances en la historia que estalló el miércoles cuando el presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha, dio permiso para que se den los pasos tendentes a iniciar un juicio político a la presidenta. Ahora se formará una comisión de 65 diputados que representan a 23 partidos. Ese grupo debatirá qué hacer y el paso siguiente es someter el pedido a votación de toda la cámara. Después, el mismo trámite iría al Senado.
A priori no hay modo de saber si los favorables a la destitución de la exguerrillera sumarán los 342 votos de 513 que necesitan en la cámara baja, ni si conseguirán luego los 54 necesarios en la alta. Hay algunos, como el jurista Ives Granda Martins –reconocido académico brasileño–, que creen que gran parte del futuro dependerá de lo que ocurra en las calles. Básicamente, del tenor de las protestas.
En todo caso, el panorama no es positivo. Rousseff tiene una popularidad de 10%, después de haber tocado un fondo de 7%.
El proceso del impeachment es largo y podría terminar en junio de 2016. "Y es aun más probable que la desgastada imagen del Partido de los Trabajadores empeore al punto de tratar de convencer a la presidenta de que renuncie", consideró el politólogo David Fleischer en un reporte escrito.
La crisis es indisimulable. El déficit fiscal crece, el país pierde unos 200 mil empleos cada mes, la inflación se acerca al 10%, la recesión económica empeora y según todo pronóstico durará hasta fines de 2016, convirtiéndose en la más larga desde 1931.
No ayuda el derrumbe del precio de los commodities de los cuales Brasil es uno de los mayores exportadores del mundo, como el mineral de hierro, ligado al menor apetito chino. El Mundial de fútbol de 2014 no ayudó tampoco al país a engrosar sus arcas, sino al contrario, le obligó a asumir gastos extras para poder terminar estadios a tiempo.
Los expertos aseguran que gran parte de la crisis se debe a un exceso de gastos que se acumula desde hace años y al megafraude a la estatal Petrobras, que tiene a decenas de poderosos políticos oficialistas y de la coalición tras las rejas, así como a algunos de los empresarios y banqueros más poderosos del país.
A raíz de la crisis política, las cuentas públicas en rojo y la incertidumbre, el país perdió el grado de inversión a manos de Standard & Poor's, y Fitch y Moody's amenazan con seguir sus pasos.
"El sector privado tiene cero confianza en su gobierno y no está invirtiendo nada en el país, eso contribuye a la recesión", alertó Fleischer, de la Universidad de Brasilia.
A nivel político, la sombra que se aparece es la de Fernando Collor de Melo, que dejó el poder en 1989 tras, precisamente, un juicio político en su contra.
Si Dilma se salva, su gestión quedará viciada de un menor margen de gobernabilidad, debilitada por la cantidad de legisladores que habrán votado en su contra.
Si Dilma cae, en su lugar quedará el vicepresidente, Michel Temer, que pertenece al mismo partido que Cunha. ¿Logrará consensos con los legisladores petistas? Otra duda más.
André César, analista político brasileño, fue contundente en su descripción ante la AFP: "La imagen de Brasil es la peor posible, la de un país sin rumbo, a la deriva, sin comando, donde el capitán desapareció".