Arturo Fajardo, obispo de la diócesis de Salto, Paysandú, Río Negro y Artigas, también estuvo ansioso durante los días previos. Después, al día siguiente, cuando se encargó de cerrar la misa del sábado con un agradecimiento público a León XIV, se le pasó. Pero antes había dicho a El Observador que una de las cosas que más atención le generaba era la congregación internacional que asomaba en el departamento, fieles de todo el continente que eligieron Paysandú como ventana para la visita papal. La ciudad tenía que poder contenerlos. Y eso, finalmente, pasó.
“Siempre digo que el río no separa sino que une, y que tenemos con toda la región muchas particularidades culturales, las mismas problemáticas, las mismas dificultades, por eso creo que visibilizar el Uruguay profundo está bueno”, había dicho Fajardo. Esa unión fue patente al día siguiente en el parque París Londres, en donde flameaban los colores de Ecuador, Brasil, Argentina, Paraguay, Chile, y donde la coctelera internacional dio para todo: desde banderas que reclamaban la soberanía argentina sobre las Malvinas, consignas de la defensa de los territorios mapuches, una pareja de paraguayos que esperaba la misa haciendo caso omiso a las noticias sobre el destituido presidente Santiago Peña, y hasta un grupo de entrerrianos que se vinieron desde Paraná en bici.
Entre ellos, entonces, corría la expectación desmedida y la sensación de que el momento no llegaba más. De hecho, para algunos la espera fue más larga, porque las filas se prolongaron desde la madrugada. A eso de las 12 de la noche, el rumor empezó a correr entre los taxistas de la ciudad: los fieles ya se habían apalancado frente al parque esperando a la apertura oficial de puertas, a las 5 de la mañana. Esperaron estoicos, bajo la lluvia, casi en una penitencia de limpieza antes de la gran bendición. Y fueron los primeros en entrar. Los primeros de los más de 40 mil.
Más de 40 mil fueron, de hecho, los que estallaron en un amague de felicidad cuando un primer avión cruzó el cielo plomizo, aterrizó en la pista del aeropuerto de Paysandú y la dupla de conductores del evento de “calentamiento”, a través de los parlantes, festejó la llegada de León XVI al departamento. El coro subió de tono, la gente levantó las banderas y aprontó las cámaras. Pero ese no era el avión correcto.
El episodio, entonces, se replica cuando sí le toca el turno al santo avión: aterriza la aeronave, ahora sí sale el papa, lo primero que ve cuando sube a la camioneta es el recibimiento de un grupo de gauchos de poncho blanco a caballo, y el parque explota con la certeza de que al final era cierto, que al final llegó. Un coro de viva el papa se reproduce en eco bacteriano a través de la multitud, pero también hay algunos otros cantos disonantes que acolchonan la llegada del pontífice al mega escenario coronado con el retrato de Jacinto Vera.
Enseguida, una nueva escena que sucedió en Montevideo y se repetirá en Florida: el desfile del papamóvil, la sonrisa omnipresente de Prevost, una mano que ataja la voladura del solideo, los custodios italianos que no lo pierden de vista jamás, la primera procesión antes de cualquier palabra dicha. De fondo, Lucas Sugo y Catherine Vergnes cantan en otro escenario Una gran alegría, el himno para el derrotero papal en Uruguay.
Empieza la fiesta. Oficial.
Hasta Roma llegó el mate
Puentes, palmeras, mate. Varias cosas pueden llegar a quedar en el recuerdo de quienes vivieron la misa de León XIV en Paysandú, pero es posible que esas tres se terminen imponiendo. Y eso porque se esperaba la homilía del papa, se esperaba ver qué tipo de discurso incorporaba a la eucaristía luego de haber transitado liminalmente las cuestiones del aborto y la eutanasia a su llegada a Montevideo, y en el norte más profundo finalmente primó la idea de la fraternidad.
Así las cosas, León mencionó que teniendo tan cerca al puente internacional General Artigas, que sobrevuela el Río Uruguay, “no es difícil imaginar los beneficios que genera: apertura, comunicación, intercambio. (...) Construir puentes, estrechar lazos, unir, comunicar, transmitir la alegría de la fe, como lo hizo el beato Jacinto. Es necesario que el puente tenga buenos cimientos, para que no sucumba a las corrientes más enfurecidas”.
Por otro lado, el papa añadió que los palmares es una imagen hermosa “del destino al que estamos llamados”, y que “en esta región las palmeras no crecen aisladas, sino que forman palmares, son muchas, no están solas ni distanciadas. Así la iglesia es una comunidad de hermanos que unen sus raíces y beben de un manantial común, la palabra de dios".
La alusión al mate, del que dijo que “llegó hasta Roma”, fue la que despertó más elogios y coincidencias. León XIV dijo que el mate es “símbolo de familiaridad, amistad y de encuentro. Nos enseña a compartir y a estar juntos, a estrechar los lazos que nos unen, signo de acogida, integración, y de valores comunes".
"Pienso en los mates que uno toma cuando está solo y acompañan un momento de silencio, de oración, en estos espacios de soledad, cuántos de ustedes le habrán confiado a dios sus preocupaciones, deseos y anhelos más profundos", sostuvo.
El público tuvo dos momentos de desplazamiento masivo luego de la homilía. La paz se dio de forma multitudinaria y algunos se abrazaron como si no hubiera mañana. Y a la hora de comulgar, sacerdotes, monjas y voluntarios se dispersaron entre la multitud para una especie de coreografía que, dado lo que duró y la cantidad de gente movilizada, cumplió
Antes de todo eso, sin embargo, hubo un guiño especial: León había vuelto a mencionar a Jacinto Vera y al hecho de que durante la Defensa de Paysandú se encargó de sanar a los heridos en la isla Caridad, frente a las costas sanduceras, sin importar el bando al que pertenecieran.
La mención fue ingeniosa por varios motivos: mostró un papa en conocimiento y estudio sobre el territorio al que llega, y además apeló directamente al orgullo sanducero, del que arrancó aplausos y festejos más firmes.
Y es que eso, la sensación de que Paysandú fue la “elegida” para hacer historia una vez más, es lo que finalmente atravesó a la ciudad en todas estas horas, incluso más que la bendita ansiedad que se comió vivo a muchos e hizo que por momentos pareciera que el papa no llegaba más. Lo que pasó en esta capital del litoral fue una sublimación del orgullo que se amplificaba en cada cuadra, cada local comercial tuneado para la ocasión, cada cantero florecido. La ciudad quiso ser protagonista y supo que tenía otra oportunidad para anotarse en los libros centrales. No quiso dejar pasar el momento. Con el parque desagotado de gente, el papa en camino a Montevideo otra vez, los abrazos de despedida entre las congregaciones y los fieles dispersos, y la sensación de final, de exhalación satisfecha, se puede decir que lo consiguió. León XIV pasó, Paysandú lo abrazó, y el resto es historia.