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Cuando la ciencia es herramienta de la diplomacia

Desde las islas Malvinas, el científico inglés Paul Brickle dirige un centro de investigación marina que busca estrechar lazos con la región

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08 de diciembre de 2019 a las 05:00

Paul Brickle trabaja en una oficina frente al mar. Un mar ubicado a unos 700 km de la costa argentina, 2.100 km de Montevideo y más de 14.000 km de su madre patria, Inglaterra. Su oficina está una de las casas más antiguas de la zona, de mediados de 1800, frente a uno de los puertos naturales de Stanley, la capital de las islas Malvinas (o Falkland, según las preferencias). Allí, en esa isla del tamaño del departamento de Artigas y 3.000 habitantes, Brickle es director del Instituto de Investigación Ambiental del Atlántico Sur (SAERI, por su sigla en inglés), un centro creado por el gobierno británico en 2012 y enfocado en la investigación científica del ambiente del Atlántico Sur.

En los últimos meses, junto a sus tareas habituales —que involucran conseguir fondos para financiar el trabajo de los investigadores, tutorear a estudiantes de doctorado y hacer ciencia— Brickle espera.

Por un lado, espera que el Brexit afecte al SAERI lo menos posible y pueda continuar los proyectos que desarrollan tanto en el frío Cono Sur como en el Caribe. Sin embargo, sabe que el acceso a fondos europeos para financiar el trabajo científico seguramente disminuyan y han dado algunos pasos al respecto.

Y también espera —desea— que continúe la colaboración con científicos argentinos, un vínculo apenas retomado en 2018, que estaba cortado desde 2005 cuando el gobierno de Néstor Kirchner decidió suspender los trabajos científicos conjuntos. La ciencia, para Brickle, puede ser una buena herramienta de diplomacia entre ambos países.

Hoy con 50 años, este científico —experto en biología marina y ecología de la pesquería— ya vivió la mitad de su vida en las Falkland. Nació en el Reino Unido, pero creció en Zambia y Malawi. Luego volvió a Inglaterra y Escocia para estudiar en la universidad y a poco de recibirse se mudó a las Falkland para continuar su carrera científica. Allí se quedó y hoy está casado con una locataria con la que tiene un hijo de ocho años, también nacido allí. Además de dirigir el SAERI, Brickle se dedica al buceo. “Más allá de las subjetividades, las Falkland probablemente sean el mejor lugar de agua fría para bucear”, aseguró, aunque confiesa que a veces extraña el calor.

De visita en Uruguay para establecer vínculos con diferentes centros de investigación uruguayos, Birckle conversó con Cromo.

Su visita a Uruguay tuvo como objetivo generar vínculos científicos con el país, que de alguna forma profundicen también los lazos culturales que existen desde hace décadas. ¿Qué proyectos científicos ya tiene el instituto con otros países de la región?

Con Chile hacemos proyectos de teledetección, observación terrestre y biogeografía, usando técnicas genéticas para entender la conexión entre poblaciones de animales y plantas (del ambiente marino) entre el Cono Sur y la región antártica, las Georgias del Sur y Falkland.

También tenemos vínculos con ong de Honduras y Guatemala. Con ellas estamos analizando zonas de reabastecimiento pesquero en la costa atlántica del Caribe. Con Uruguay ya tenemos algunos vínculos con Dirección Nacional de Recursos Acuáticos (Dinara), pero queremos trabajar más con otras instituciones del país.

Y entre esas conexiones científicas con América Latina, ¿cómo es el vínculo con Argentina?

Hasta 2005 trabajamos muy cerca, sobre todo en la pesquería, en la Comisión de Pesca del Atlántico Sur, pero Argentina se fue de la comisión ese año y las relaciones no existieron desde entones.

Durante quince años, la esta comisión permitió el intercambio de información sobre pesca, y la realización de expediciones científicas conjuntas, además de coordinar medidas de conservación del ambiente marino.

Sin embargo, en 2005, el entonces presidente argentino Néstor Kirchner retiró a su país de esta comisión y se suspendieron todas las actividades científicas oficiales. Así fue al menos hasta 2018, cuando se reanudaron las reuniones en el marco de esta comisión.

Pero el año pasado empezamos a hacer expediciones de investigación conjuntas, y hace un mes un estudiante de doctorado nuestro estuvo en un barco argentino haciendo un monitoreo de polacas (un pez típico de las aguas subantárticas). Es decir, estamos retomando el contacto, pero ahora hay un cambio de gobierno en Argentina y tenemos que esperar y ver.

El gobierno recién electo es el mismo que cortó las relaciones en 2005. ¿Cuál es su expectativa?

Esperamos que las relaciones mejoren. Las ciencias deberían cruzar fronteras políticas. Nosotros estamos interesados en una mejor gestión del ambiente a nivel planetario, y eso involucra a científicos de las Falkland, de Argentina, Chile, Uruguay, todos.

¿Qué consideración puede hacer la llamada diplomacia científica para cerrar esa brecha política?

Creo que es la herramienta correcta porque no viene con agenda política. Aunque algunos podrían argumentar que existe una, no tiene esa complicada cuestión política de otro tipo de diplomacia. Los científicos quieren hacer ciencia por el beneficio de la ciencia, y hacemos eso más allá de los que ocurra con la política.

En ese sentido, el instituto también ha colaborado con el gobierno en los trabajos para retirar de las minas antipersonales que permanecen enterradas en muchas zonas de las islas y que datan de la guerra con Argentina de 1982.

Ese trabajo lo hace una empresa contratada por el gobierno británico y nosotros ayudamos en el proceso usando drones para crear modelos digitales de elevaciones del terreno, y marcamos volúmenes del suelo que deben revisarse. Ese es nuestro aporte.

Entre los lugares que se sabe que hay minas, cerca de Stanley hay una playa que era muy popular antes de la guerra pero que desde entonces no puede visitarse por la presencia de minas.

Sí, solo los pingüinos pueden vivir allí porque es necesario tener determinado peso para activar las minas. Las vacas, en cambio, han activado algunas.

Precisamente, debido a que esta zona es hogar de animales, muchos señalan que el desminado puede tener un impacto ambiental. ¿Ustedes participan también para controlar esto?

El proceso de desminado en sí mismo no tiene impacto ambiental porque las minas están muy bien mapeadas. El problema es cuando el terreno se modifica —como en zonas de playa, donde la arena cambia todo el tiempo— o en lugares húmedos, donde también puede cambiar la posición y distribución de las minas. En ese caso sí puede haber un impacto ambiental porque al no saber dónde están hay que buscar en todo el terreno. Por eso estamos ayudando con una parte del mapeo.

También se ha señalado que con el desminado aumentará la cantidad de gente en la zona y afectará el ambiente.

Sí, esa es una de las discusiones, pero la población es muy pequeña y los turistas solo visitan ciertos lugares. Yo no estaba en la isla durante el conflicto, llegué allí en 1994, pero mi esposa es locataria. Alguna gente cree que (las minas) es un horrible recuerdo de un tiempo horrible, otros creen que es necesario tener un recuerdo y que deben dejarse allí. Otros piensan que las minas protegen de alguna forma ciertas zonas y deben dejarse para que las áreas permanezcan protegidas, y otros al contrario. Hay muchas opiniones. Yo tiendo a quedarme al margen del tema.

Además de este tipo de tareas y de los proyectos puramente científicos, el SAERI tiene un brazo comercial desde que en 2017 creó una sociedad limitada que funciona como una empresa cuyas ganancias financian a la investigación científica. ¿Puede contar más detalles de este modelo?

El instituto tiene un presupuesto anual de unos dos millón de libras al año, de las cuales solo una pequeña subvención —unas 100.000 libras— provienen del gobierno. El resto esto surge de becas, proyectos e ingresos comerciales.

Desde 2017, SEARI es (jurídicamente) una organización benéfica británica, y también tenemos una sociedad limitada que puede hacer trabajos pagos, como evaluaciones de impacto ambiental para industrias, desde construcción de puertos y pesquerías hasta petroleras.

La empresa tiene poco más de un año y busca expandirse. Bajo las leyes de las organizaciones benéficas de Inglaterra todos los fondos están restringidos a permisos del donante, aunque como ventaja no tenemos impuestos. Entonces, las organizaciones benéficas necesitamos una fuente de recursos que no tenga restricciones, y en nuestro caso tenemos un brazo comercial que se llama SAERI Falkland Limited.

Tratamos de mantenerlo separado del brazo científico, unido únicamente por mi, que soy director del instituto y también de la compañía limitada. Esa compañía hoy ayuda a financiar parte del instituto.

¿Cree que es un buen modelo económico para un instituto científico?

Sí, es necesario diversificar la base de financiación, y podemos hacerlo así, prestando servicios a través de compañías limitadas. Si podemos hacer buena ciencia, podemos hacer buena ciencia comercial.

Lo importante es la forma en que operas el negocio. Nosotros tenemos gente que trabaja solo en el instituto y gente que trabaja solo en la compañía. Si cruzamos, entonces puede generarse conflicto. Yo, como director, soy el único que cruza.

Y desde su rol, una de sus tareas vinculadas a la gestión es conseguir los fondos disponibles en el mundo para financiar el trabajo científico. En su caso, ¿cree que el Brexit afectará al instituto?

No sabemos aún cómo terminará (el proceso del Brexit) pero sí, afectará, porque en este momento dependemos de varios fondos europeos, a los cuales no tendremos acceso luego del Brexit.

Por eso estamos tratando de diversificar y colaborar. Las colaboraciones son la mejor manera, porque nosotros podemos obtener fondos que otros no pueden debido a nuestra compañía limitada y otros pueden conseguir otros fondos que nosotros no, por eso la colaboración es valiosa. Y además saludable, porque la ciencia se hace mejor en conjunto.

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