"Laura siempre dice que le gustaría tener los ojos celestes. Y yo le digo que uno siempre quiere lo que no tiene. ¿Verdad?”, comenta Alejandra, tomando la mano de Laura y poniéndola sobre sus labios. “Verdad”, contesta Laura y se ríe.
Alejandra es la directora de la escuela 198, un centro especial para discapacitados visuales que depende del Consejo de Educación Inicial y Primaria, que fue visitada por El Observador.
Ubicada a pocos metros del viaducto de Montevideo y con 50 años de existencia, cuenta hoy con 75 alumnos matriculados – 10 de ellos en régimen de internado–, a los que se suman algunos bebés y 40 niños que son atendidos en modalidad itinerante.
Laura, tiene 38 años, es exalumna de la escuela y actualmente es funcionaria. Ciega y sorda de nacimiento ingresó al centro a los 4 años y desde entonces nunca lo abandonó. “Me encanta”, afirma con una sonrisa. Y es que en sus años de estudiante, los maestros le enseñaron a comunicarse a pesar de los obstáculos. Así aprendió a poner su mano sobre la boca del interlocutor y a interpretar el mensaje a través del contacto con los labios.
Entre las tareas que tiene asignadas en la escuela, está el mantenimiento del museo, ayudar en el lavadero y ser un punto de apoyo para las maestras. “Ayudo a las maestras con los niños pequeños (…) para aprender a escribir en la máquina braille”, señala.
“¿De qué color son los ojos de ellas?”, le pregunta otra alumna, Florencia, a Alejandra, señalando a las periodistas. “Los de ella son celestes como los de la directora y los de ella son marrones como los tuyos”, le contesta la maestra antes de comenzar a dictarle el texto que deberá escribir en la máquina de braille. Florencia no parece convencerse y se queda pensando, entonces la maestra le llama la atención: “Vamos Florencia, empezá a escribir”. Al ritmo de la voz de la docente, sus dedos comienzan a tipear lentamente unas teclas grandes y al parecer pesadas.
El sistema braille no es el único que se utiliza en la escuela. Es que como cuenta Alejandra a El Observador, el centro intenta dar a los alumnos una atención personalizada. En parte, eso se debe a que la mayoría de los niños que asisten no solo tienen discapacidad visual o ceguera, sino además algún otro problema, ya sea motriz o auditivo. De hecho, actualmente solo 10% de los alumnos padecen únicamente de un problema visual.
“Tratamos de ver de acuerdo a cada uno –los conocemos a todos muy bien– y determinar cuáles son las estrategias adecuadas” para su aprendizaje, señala la directora.
Así es que mientras para algunos el método de aprendizaje más eficaz es el braille, para otros lo es el macrotipo (letra de mayor tamaño de lo común), la utilización de la lupa o los magnavisores, que son televisores que agrandan el tamaño del texto.
Pero el acceso a los libros de texto no es nada fácil. Su transcripción al sistema braille o al macrotipo se hace de forma manual. Rosana, que es técnica brailista y funcionaria no vidente de la escuela, es la que se encarga de esa tarea. “La maestra selecciona la parte del texto que necesita y se transcribe. También se traducen cuentos porque los niños los piden”, expresa Alejandra. Por eso la cantidad de libros traducidos es difícil de cuantificar. Un trabajo similar se necesita para transcribirlos al macrotipo y para adaptar los mapas geográficos. l
“Es un trabajo manual y de arte que ponen en práctica los maestros y que muchas veces hacen fuera del horario de trabajo. Es que para estar acá te tiene que gustar mucho. La evolución de los chicos depende de las oportunidades que nosotros como docentes les demos y del apoyo que tengan de la familia”, destacó Alejandra. l