Opinión > EDITORIAL

Cuando ya no importa

El superclásico en el que falló todo 

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29 de noviembre de 2018 a las 05:03

La delirante situación que vive Sudamérica tras la postergada celebración de la final de la Copa Libertadores de América entre los dos clubes más populares de Argentina revela por un lado que el balompié nunca más será lo que fue y por el otro que este deporte no debería ocupar un lugar tan importante en la vida de los pueblos.
La historia es conocida: el ómnibus que transportaba la delegación de Boca Juniors fue atacado a botellazos y piedrazos por un sector de la hinchada de River Plate. Los jugadores sufrieron lesiones, el partido se postergó para el día siguiente y al día siguiente tampoco se jugó por falta de garantías que hasta ahora no se encontraron.

A la hora del cierre de esta editorial continuaba la polémica de lo que podía suceder. No queda claro si la final se juega o no. O si se declara desierta. O si se juega en Buenos Aires o en Asunción o en Doha o en Indochina. Es tan brutal el desnorte que tiene la corrupta Conmebol que nadie sabe que puede suceder. 

La foto de un portaviones militar con una cancha de fútbol sobre su pista de aterrizaje diciendo que allí se jugará es demostrativo de la locura a la que se ha llegado y de lo poco que a esta altura importa el resultado deportivo. La final está tan prostituida que el resultado final carece de significancia. Se ha logrado que los jugadores sean marionetas de un espectáculo dantesco y los periodistas deportivos robots un neuronales tratando de explicar lo que no pueden.
Todo ha sido desnaturalizado y no vale la pena seguir siendo espectadores de este lamentable espectáculo que desnuda de un tirón las contradicciones y miserias argentinas. Aunque no hay que mirar para el costado porque aquí en Uruguay atentaron contra un coracero con una garrafa de gas arrojada desde la tribuna y que cada dos por tres matan gente solo por porte de camiseta de un club.
Para analizar lo sucedido, es necesario comprender los ingredientes de un licuado explosivo del cual el deporte es rehén: allí hay corrupción, narcotráfico, violencia, mafias, patoteros (en argentina en modo peronista), falsificadores, engaños, traiciones, policías ineptos, ausencia del Estado, comportamientos tribales, manipulación de los medios masivos de comunicación, un oscuro negocio millonario, ilegalidades de todo tipo y una muy malentendida pasión por los colores de un club de fútbol.

A lo largo de la historia del deporte han ocurrido tragedias terribles como la del Estadio Port Said en Egipto. El 1° de febrero de 2012 tras finalizar el partido por el campeonato nacional entre el Al-Masry, y la visita, el Al-Ahly, los hinchas del primero provocaron y atacaron a los visitantes, provocando la muerte de 74 personas. La otra es la “Tragedia de Heysel” en 1985 en Bélgica, en el que murieron 39 aficionados a causa de una avalancha de aficionados en los prolegómenos de la final de la Copa de Europa entre el Liverpool y la Juventus. 
En ambos casos falló todo. Lo mismo que eclosionó en Argentina el fin de semana en que la final de la Copa Libertadores no se pudo jugar por una suma de ineptitudes e irregularidades. Lo positivo es que por ahora no hay que lamentar la pérdida de vidas humanas, solo se ha perdido toda la decencia. 

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