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14 de junio 2018 - 18:22hs
Enviado a Rusia
A pocos minutos del aeropuerto y bien lejos del centro se ubica el hotel Ramada en las afueras de Ekaterimburgo. Ese fue el lugar que escogió Uruguay para dejar su búnker en Nizhny Novgorod para jugar su primer partido por el grupo A del Mundial de Rusia 2018 (viernes, hora 9 de Uruguay).

El viento, la lejanía y la amenaza de lluvia pintaba un panorama desolador para una llegada de Uruguay. Sin embargo, poco antes de la hora 13.30 fueron llegando hinchas con banderas y remeras.

Terminaron conformando un grupo ruidoso y pintoresco en el que figuraba el dirigente de Peñarol Evaristo González.

Banderas de Carmelo, Rocha y Brazo Oriental se agitaron al ver llegar al ómnibus de los uruguayos.

Pero un impenetrable vallado y la férrea marcación de la policía rusa impidieron cualquier acercamiento. Allá, a lo lejos, los ídolos fueron bajando del bus saludando tímidamente. Tanto que al descender el último jugador, Edinson Cavani, uno murmuró por lo bajo: "Podría haberse arrimado alguno a saludar". Pero enseguida otro los justificó: "¿Qué querés? Mirá lo que son estos rusos, somos 10 y están obsesionados con el operativo".

Después se enteraron que los jugadores debían almorzar y descansar para la práctica de la tarde y el reconocimiento del Ekaterimburg Arena.

Jorge, oriundo de Rocha, contó a Referí que su aventura comenzó hace unos meses como mochilero por España y que después se animó al Mundial. A Matías se le terminó justo una visa de trabajo en Nueva Zelanda y aprovechó la volada.

Andrés vive en Lituania con su novia y se vino a alentar a la celeste con un modelo de remera 1995. Hay una pareja que llegó a apoyar desde Carmelo y dos muchachos con una bandera de respetable tamaño de Brazo Oriental, uno equipado con camiseta de Peñarol y otro con campera de Danubio.
Después llegó un grupo en su mayoría de mujeres desde Montevideo. Así, el primer contingente de hinchas que vio a la selección en el suelo de su debut llegó desde todas partes del mundo para alentar a Uruguay. Y se hicieron sentir.

Ekaterimburgo ya es mundial. La fan fest se llenó para ver el festejado triunfo de la selección local con Arabia Saudita en Moscú. Las afueras del Ekaterimburg Arena se mueven con frenesí.

El lado asiático de Rusia late y muestra al mundo su hermosa cara. Los afiches de Luis Suárez y Mohamed Salah decoran la hermosa avenida (prospekt) Lenin, la principal. Es Verde, posee un cantero central arbolado y tiene un abanico de historias por contar además de una recreación visual constante por sus geografías y arquitecturas.

Los tranvías (tram) que tienen corredor propio le dan un tranco lento, apaciguado, le bajan un cambio al ritmo de vida. El tránsito es ordenado. En las calles no se ve un papel. Gente limpia: ciudad pulcra.

El clima oscila como un péndulo. El sol se asoma y templa, pero se esconde y el viento se asoma recio. "Puede ser peor", dice Alina, una joven y amable voluntaria, dueña de un fluido inglés (lo que no abunda). "El invierno seguramente sea duro para tí, pero no para nosotros. Salvo que haya 40 grados bajo cero, ahí no conviene salir de casa. Con 30 grados bajo cero está bien", agrega.

El estadio de Ekaterimburgo, construido en 1953, propiedad del FC Ural, impresiona por su bella reconstrucción arquitectónica y sus cabeceras retiradas de la estructura principal y erguida sobre una imponente estructura metálica.

Ojo, hay quienes se quejan de que arriba en esas cabeceras, la visión es pobre. A 40 kilómetros esperan en silencio los montes urales, cadena montañosa rica en carbono y petróleo de miles de kilómetros que comparten Kazajistán y Rusia y que marca el límite natural entre el Asia y Europa. Una ciudad que encandila aprovechando sus menguados recursos veraniegos para mostrarle al mundo la fiesta
futbolera.
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