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Descreimiento y pronósticos sombríos ante el “populismo culposo” de Macri

Las medidas de controles de precios y congelamiento de tarifas fueron defenestradas por los economistas de todas las tendencias 

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19 de abril de 2019 a las 05:03

No poder “resistir un archivo” se ha convertido –en estos tiempos de redes sociales- en el drama político del macrismo. Los mismos dirigentes –incluyendo al propio Mauricio Macri- que cinco o seis años atrás se mofaban de los controles de precios del kirchnerismo y lo calificaban como una política del siglo IV, ahora lo presentan como “un alivio” y una “ayuda para bajar la inflación”.

La incomodidad de los funcionarios macristas resultó obvia para todos. El propio presidente prefirió no formar parte de los anuncios y los delegó en sus ministros. Se lo vio en un video difundido por el equipo de comunicación del gobierno, en el que visita a una familia humilde que le cuenta sus pesares por la marcha de la economía.

En un gesto elocuente sobre la gravedad con que vive la situación, Macri suspendió un viaje programado a Europa para seguir de cerca la evolución del programa, luego del pavoroso 4,7% de inflación de marzo, que pone la inflación anual en un 54%.

Las medidas anunciadas el miércoles por el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, parecen sacadas del manual de los gobiernos argentinos atormentados por una inflación fuera de control: acuerdos de precios, congelamiento de tarifas de servicios públicos, amenazas más o menos veladas a supermercados y productores de alimentos, créditos y ayudas en efectivo a sectores de bajos ingresos para incentivar el consumo.

Aunque, en realidad, la medida de mayor peso había sido anunciada el día anterior por el presidente del Banco Central, Guido Sandleris: se modificó la política cambiaria con la intención de generar un ancla para los precios, otro clásico argentino.

Luego de haber intentado infructuosamente que el Fondo Monetario Internacional diera su aval para que se pudieran usar los dólares del préstamo “stand by” en caso de corrida contra el peso, los funcionarios obtuvieron permiso para un premio consuelo: el sistema de banda cambiaria deslizante –un “crawling peg” similar al aplicado por Uruguay en los años ’90- mutó en un “techo” que quedará fijo hasta fin de año en 51 pesos argentinos, de manera que si el dólar supera ese nivel, ahí sí el Banco Central podrá vender para aplacar la cotización.

En otras palabras, se limita en 20% el potencial de suba del dólar. Con el anterior sistema deslizante, el techo del dólar para fin de año era de 59 pesos argentinos, lo cual implicaba un potencial de suba de 40% desde el nivel actual.

De todas formas, Sandleris quiere mostrar su convicción en el sentido de que la clásica dolarización de los años electorales está acotada, por dos razones simples: una, que las familias ya se dolarizaron en la corrida cambiaria del año pasado; y dos, que el apretón monetario que lleva a cabo el Banco Central es de tal magnitud que no habrá muchos pesos con los cuales comprar dólares.

Por si ello no alcanzara, sostiene que entre los dólares que aportará la cosecha récord del campo argentino, más los US$ 10.000 millones  que el FMI le dio al ministerio de Hacienda para tapar el agujero fiscal, habrá munición de sobra con la cual frenar cualquier pánico.

Sandleris no puede decir otra cosa. Después de todo, su cometido número uno al frente del Banco Central es lograr la estabilidad cambiaria a como dé lugar. Pero en la conferencia de prensa se lo vio inusualmente nervioso y hasta llegó a admitir, a modo de autocrítica, que a fin del año pasado se había confiado demasiado al ver un aumento en la demanda de dinero y apresurarse a bajar las tasas de interés.

Hoy no solamente se muestra determinado a seguir con las tasas altas, sino que hasta se supo que cuenta con un durísimo plan B si se derrumbara la demanda de dinero y la inflación continuara espiralizándose: está dispuesto a ir a una expansión monetaria negativa. Es decir, a contraer la base monetaria en términos nominales, lo cual es mucho decir en una economía donde los precios suben a un ritmo superior al 50%.

Pronósticos sombríos

 

Dólar semi planchado, tarifas congeladas, acuerdos de precios. Y, sobre todo, una profunda recesión como principal ancla anti inflacionaria. La receta suena tan repetida –y con tantos malos recuerdos- que no hubo economista que no augurara el fracaso.

Fue, tal vez, el efecto colateral más dañino del anuncio de las nuevas medidas. Estaban dirigidas a levantar el humor social y dejaron más expuesta que nunca la debilidad del gobierno, que ante la falta de resultados tuvo que recurrir a un “populismo culposo”.

Los economistas, en una extraña coincidencia que incluyó desde liberales ortodoxos hasta kirchneristas, demolieron el plan sin piedad.

“Parche”, “plancito de morondanga”, “vía libre al abastecimiento”, “reconocimiento del fracaso”, “más de lo mismo”, “humo para la tribuna”, fueron algunas de las duras expresiones escuchadas por parte de los analistas más consultados por los medios.

Los más optimistas creen que gracias a las nuevas “anclas” se podrá llegar a las elecciones de octubre sin que la inflación ingrese en una fase aguda, y que podría haber un leve incremento del consumo que mejore el humor social y la intención de voto al oficialismo.

Los escépticos, en cambio, creen que el gobierno perdió la credibilidad y que no comprende que su problema es la acelerada caída en la demanda de dinero, en una situación análoga a las grandes crisis de los años ’70 y ’80. Su pronóstico es de un inevitable ajuste del mercado, por la vía de la inflación descontrolada y la suba del dólar.

Los economistas de la línea kirchnerista aprovecharon la ocasión para enrostrar la contradicción del macrismo por apelar a las mismas medidas que le criticaban a Cristina Kirchner. De todas formas, no perdieron la ocasión para afirmar que el control de precios está mal hecho y llevará a un seguro desabastecimiento.

Pero todos, sean del signo que sean, concuerdan en que al día siguiente de la elección vendrá un ajuste consistente en un nuevo “sinceramiento” de precios, empezando por las tarifas y el dólar. Y todos dan por obvio que se deberá renegociar el acuerdo con el FMI para ir un plan de vencimientos que oxigene el panorama del 2020.

Sálvese quien pueda

En medio de todo el ruido, pasó algo inadvertido el que, posiblemente, haya sido el dato político más importante. La gobernadora de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, que había forjado su capital político gracias a su dureza negociadora con los sindicatos estatales, acordó con el gremio de los maestros un esquema de ajustes salariales trimestrales, con cláusula gatillo por inflación.

Hace apenas un año, Vidal quería imponer acuerdos salariales largos, de 18 meses de duración. Negaba de plano cualquier propuesta de cláusula gatillo y proponía aumentos basados en las previsiones del Banco Central.

Este cambio de actitud deja en evidencia lo complicado del nuevo panorama. Pasar de un acuerdo de 18 meses a otro de aumentos cada tres meses equivale a toda una declaración sobre el descontrol inflacionario. Y, además, habla a las claras sobre el instinto de supervivencia política de la gobernadora en pleno año electoral.

Todos estos hechos son un síntoma del problema más grave que sufre Macri: la pérdida de credibilidad en el plan de las reformas estructurales como condición previa al crecimiento. De hecho, lo que más se ha devaluado en Argentina es la ya célebre frase “lo peor ya pasó”.

En definitiva, el gobierno dio un paso polémico, pleno de riesgos políticos. Dejó una sensación de haber tomado las medidas a desgano y de haber sido forzado por los socios de la coalición Cambiemos.

Y el hecho de que casi todas las medidas tengan una duración de seis meses y coincidan exactamente con el calendario electoral dejan también otra sospecha que es casi una certeza: que el paquete no se habría tomado si no fuera por la preocupación que están dejando en la Casa Rosada los últimos sondeos sobre intención de voto.

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