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Discursos gemelos, vacíos gemelos, ¿destinos gemelos?

Lo que no dijeron con palabras los presidentes habla de los problemas que no pudieron resolver

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05 de marzo de 2019 a las 05:02

Continuando con las similitudes en las elecciones rioplatenses, además de las fechas, sorprende el parecido entre los discursos de los presidentes Vázquez y Macri. Puede que la diferencia –para encontrar alguna– haya consistido en la audiencia. Tabaré hizo su rendición de cuentas ante una algarada partidaria de dudoso valor institucional y republicano.

Mauricio inauguró las sesiones del Congreso, supuestamente el mayor acto de respeto a la división de poderes y la democracia, que culminó con una masa de kirchneristas ululando como salvajes. Uno habló en un centro de espectáculos carísimo, su logro estatista innecesario; el otro habló ante un circo también innecesario, un triste espectáculo.  

Fuera de esas diferencias, los discursos podrían haber sido intercambiados, al igual que las opiniones que generaron, sin que ello alterara un ápice el destino de los dos países, ni defraudara ninguna expectativa, ningún sueño, ninguna esperanza. 

El contexto de cada presidente es, empero, diferente. Vázquez trata de rescatar con dignidad una segunda presidencia mediocre y al mismo tiempo de defender los 15 años de gobierno del Frente, un proyecto que agoniza luego de que se le acabara la plata dulce para repartir, como se predijo tantas veces. Le tocó a él la peor parte de la curva, donde se empiezan a pagar los costos del dispendio y se cosechan las críticas de los que creyeron que las dádivas eran conquistas logradas con algún mérito ignoto y difuso. Para eso, sólo pudo exhibir viejos logros y lauros, muchos de ellos culpables del status en suspensión en que están la economía y la sociedad. Le resultó notoriamente difícil apoyar con entusiasmo la campaña de su sector, donde ya no están las figuras relevantes con quienes compartió y repartió el poder en estos años. 

Macri ni siquiera tiene viejos éxitos para exhibir. Ni pasados ni presentes. Por eso habla vagamente de los logros futuros, en los que a esta altura sólo creen sus partidarios, que suman un tercio del electorado, según las encuestas. Con una reacción atrasada tres años, decidió ahora culpar duramente al gobierno kirchnerista por el descalabro socioeconómico que le legara. Tiene razón, aunque sea políticamente tarde. Pero solo la grieta que cultivan tanto Cambiemos como Cristina Kirchner hace que no tenga más deterioro electoral por el fracaso rotundo de su política económica. El amateurismo en la metodología para bajar la inflación demoró seguir el actual camino que parece correcto, aunque crea una recesión inevitable, pero fatal en un momento tan cercano a las elecciones. Tampoco puede proponer grandes cambios: el Congreso no le aprobará ninguna de las leyes que ha sometido, o las desfigurará tanto que serán contraproducentes. Y ni siquiera esas leyes suponen cambios de fondo. 

Muchos han visto en ambos discursos un lanzamiento de campaña. Paupérrimo lanzamiento, habría que agregar, sin hacer diferencia alguna entre los dos mensajes. Difícilmente estas piezas oratorias vayan a convencer a nadie, más allá de los fanáticos, o de los preconvencidos. Y de paso, desnudan con toda contundencia la mediocridad de ideas, principios y propuestas en que se debaten los dos países. 

Hay, en cambio, diferencias en la proyección de ambos mandatarios. Mientras Vázquez ha finalizado aquí su vida política, Macri aspira a ser su propio continuador y en un paso más ambicioso, sueña con hacer en un nuevo mandato lo que no hizo antes. Ser el cambio de Cambiemos. Sin embargo, fuera de su discurso donde predica lo que todos quieren oír, no ha mostrado tal decisión plasmada en su acción.

“Porque no tiene mayorías”, repiten sus defensores. “Porque le harían una huelga todos los días” o “le incendiarían el país”, como pareció demostrarlo la grosería kirchnerista del 1° de marzo. Pero salvo un milagro de las urnas, tampoco en una reelección contaría con mayoría en el Legislativo. Y no es fácil estar seguro de cuáles son en definitiva las convicciones macristas, sobre todo económicas. 

Por dentro y por fuera de Cambiemos ha vuelto a cobrar cuerpo la idea de armar alianzas no sólo electorales sino de gobierno con los sectores peronistas racionales (¿oxímoron?) como forma de terminar con la grieta que no sólo impide gobernar, sino pensar. Pero –además de lo complicado del intento– ver el actual conventillerío radical dentro de Cambiemos –si no se atina con un rumbo económico sólido cualquier armado es vano. 

Vázquez tiene 50% de chance de ser sucedido por un gobierno de su propia alianza, que deberá encontrar un nuevo camino, no tratar de mejorar el anterior, que ha fracasado. Macri tiene casi la misma chance de suceder a dos gobiernos malos: el de Cristina y el suyo, que han fracasado. 

Lo que lleva a una similitud más. Ninguna de las fuerzas políticas relevantes parece tener una idea fuerza, mucho menos un plan. En ninguno de los dos países. En un ejercicio de esperanza, se podría suponer que esconden esas brillantes ideas para no ahuyentar a sus votantes. Lo cual lleva a una conclusión todavía peor, que implica que lo que funciona mal son las sociedades, no las plataformas, ni los políticos. 

En ese juego de comparaciones, la percepción de la columna es que Argentina tiene un camino intransitable por delante. Una cuesta irremontable, quienquiera que gobernare. Uruguay tiene más oportunidades, porque tiene menos daño estructural en su ADN y sus fundamentals. Solo tiene que decidirse a cambiar. 

¿Podrá Argentina? ¿Querrá Uruguay? 

Al cierre de la columna, se conocían las condolencias de los presidentes de Bolivia, Paraguay y Brasil a Macri, por la muerte de su padre. Vázquez, seguramente, debe haber preferido el recato de la comunicación personal. Un estilo de doble discurso vacío. 

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