4 de noviembre de 2012 21:04 hs

Por un espacio libre que dejan los grafitis en la puerta del excine Carrasco se observan tres descoloridos carteles de los últimos estrenos: Novia fugitiva (1999), Misión imposible 2 (2000) y Enemigo público (1998). Estanterías, cajas y muebles viejos están agolpados contra las entradas. Una silla tranca una puerta. A la esquina de Rivera y Costa Rica no le calza otra palabra más que abandono.

A The Macanudo Club, pegado al cine, le faltan todos los vidrios. Su interior todavía conserva la pintura roja y blanca al estilo de un tablero de ajedrez, pero el resto son añicos. El pasto en la vereda está tan crecido que podría ocultar madrigueras y los vecinos se quejan de la presencia de ratas. Al otro lado del cine, la casona de Carrasco, también llamada “el hotelito”, ofrece la vista de un conventillo aunque sus habitantes dicen que no lo es.

Los tres predios constituyen uno de los huecos de Montevideo sin destino aparente y que se da de bruces con un barrio de alto valor inmobiliario, que justamente este mes está cumpliendo 100 años.

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En 2008, empresarios privados plantearon a la Intendencia Municipal de Montevideo (IMM) una iniciativa para construir en esa esquina edificios de viviendas y un centro comercial. La comuna evaluaba si llamaba o no a licitación para llevar a cabo ese proyecto. En ese entonces, el director de Desarrollo Económico, Luis Polakof, explicó en la Junta Departamental que esas construcciones podían ser demolidas para ensanchar la avenida Rivera, un proyecto para el que la actual administración todavía no tiene fecha.

Ese proyecto no prosperó como tampoco lo hizo uno de corte cultural. La alcaldesa interina del Municipio E, María Elena Godoy, comentó que no hay “nada definido” para ese rincón olvidado de Carrasco, que es un reclamo frecuente de los vecinos. Fuentes municipales dijeron a El Observador que la IMM maneja la opción de demoler el cine y el boliche, para realizar un espacio público. Godoy afirmó que “no tiene conocimiento” sobre la propuesta.

Ninguno de los guardias de seguridad del cine ha abierto la puerta para mostrar el lugar a un posible comprador. Su trabajo consiste en disuadir a aquellos que pretenden entrar por la fuerza y abrirle a la IMM “una vez cada tanto” cuando alguien llega a buscar algo. Uno de los hombres dijo a El Observador que las butacas de la sala fueron levantadas para dejar lugar a viejos slots del Casino Carrasco y otros objetos como candelabros. “Es todo chatarra. Esto es un depósito”, manifestó.

Pero Macanudo, el local de la esquina, es otra historia. Los comerciantes de la cuadra contaron a El Observador que se meten intrusos para pasar la noche y para vender droga, y hasta han visto cómo encienden fogatas. “Lo mejor que podrían hacer es un estacionamiento”, propuso la encargada de Café Misterio. Así se resolvería uno de los problemas de sus clientes y que cree se agravará cuando se reinaugure el Casino Carrasco.

La dueña de una casa de decoración de la cuadra, opinó que sería más conveniente un mall con una plaza de comidas. “Ahí siempre ves gente rara. Es totalmente contrastante con el ambiente”, manifestó. Al lado y a la vuelta de Macanudo hay buenas casas con jardines y piscinas y enfrente, por Rivera y por Costa Rica, hay restaurantes, tiendas de ropa, spas y otros locales que apuntan a clientes de alto poder adquisitivo. Una cuadra por Costa Rica hacia el norte está el Carrasco Lawn Tennis.

Los comerciantes consideraron que cualquiera sea el destino de la esquina debe ir acompañado con una solución para la casona. “Si no se corrige, va a haber un local con un conventillo al lado”, afirmó la dueña de un local.

La casona de Carrasco es una construcción de tres pisos con las características puertas y ventanas de color verde inglés de principios del siglo XX. Esa finca servía de albergue al personal del hotel y del casino Carrasco proveniente del interior del país que trabajaba tres días y descansaba dos. En 1959, la comuna alojó a familias evacuadas por las inundaciones y, más tarde, trasladó a las familias desalojadas de unas viviendas en el Buceo. Así llegaron a Carrasco, como tantos, los hermanos Héctor y Luis Espíndola, una de las 30 familias que habitan el lugar.

El resto del barrio los mira de reojo pero Héctor, otrora tipógrafo del diario El Día, afirma que allí “no hay cirujas”. “Esto es distinto a un cantegril. La convivencia (hacia el interior y exterior) es sana”, relató.

La IMM no se ha ocupado de la conservación de su inmueble. Los apartamentos se han traspasado por ventas informales. Cinco décadas después, el color verde inglés está empercudido. Faltan unas cuantas tejas y hay unas construcciones precarias en el fondo. La puerta de calle está abierta y nadie controla el ingreso de extraños. La ropa cuelga de las rejas hacia el exterior, los pasillos están sucios, la pintura está descascarada y se tiraron muros para levantar puertas y paredes con lo que se tenía a mano. Además, se llueve. A la entrada hay un Chevy II y un Fusca tan destartalados como el edificio cuando a la vuelta de la esquina se estacionan autos cero kilómetro.

“El Gordo (un vecino del piso de arriba) me dijo que están ofreciendo plata para irnos”, contó Héctor sobre el último rumor de la casona. Esta vez se dice que un hotel cinco estrellas quiere comprar el terreno. Héctor no lo cree, pero advierte que de ocurrir habrá buena plata de por medio, suficiente para comprar una casita. Al fin y al cabo, es Carrasco.

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