Una señal clave de una potencia que se está debilitando es la pérdida de valor de su moneda. El Reino Unido, al igual que la antigua Roma, parece estar en esa situación. Según este criterio, EEUU está cerca de un pico imperial. El euro está demasiado fragmentado, y el yuan de China demasiado restringido, como para amenazar la primacía del ‘rey dólar’. El bitcoin es una estafa piramidal. Sin embargo, la ciencia política nos dice que EEUU está más dividido que en ningún otro momento desde la víspera de su guerra civil en la década de 1850. ¿Pudiera estar desafiando las leyes de la gravedad histórica: un Estado fallido que eclipsa a sus rivales?
La respuesta es que sí, por el momento. Una nación puede ser a la vez rica e ingobernable durante largos períodos. El último país que se compararía con EEUU es Bélgica, el cual ha sido calificado como el "Estado fallido" más rico del mundo. Sin embargo, la política estadounidense se parece cada día más a la belga.
A diferencia de EEUU, Bélgica está dividida en bloques lingüísticos: el francés y el flamenco. Tal es su desconfianza mutua que la mayoría de las decisiones se toman a nivel local. La vida transcurre durante meses, incluso años, sin un gobierno. Lo que salva a Canadá de un destino similar es que el Quebec francófono representa una parte demasiado pequeña del país.
Con una sola lengua indiscutible, EEUU debería estar libre de esa parálisis. Sin embargo, la división cultural entre los estados azules y rojos del país —demócratas y republicanos, respectivamente— es tan incomprensiva como cualquier barrera lingüística.
La separación de poderes estadounidense ha pasado de ser una fortaleza a ser una debilidad. Una de las ramas, la Corte Suprema estadounidense, es ahora una segunda legislatura, la cual elabora leyes que serían competencia de asambleas elegidas en otros lugares. Los jueces de la Corte Suprema son vitalicios e invocan a los padres fundadores, ya fallecidos desde hace tiempo, para justificar su labor legislativa. La Corte estará bajo el control de los republicanos durante las próximas décadas. Puede que su mayoría conservadora se esté vengando de la Corte Suprema liberal de las décadas de 1960 y 1970, la cual fue pionera en "legislar desde el estrado". En cualquier caso, el derecho estadounidense ya no está por encima de la política. A la Corte ahora se le califica tan pobremente en las encuestas de opinión como a otras instituciones.
Si los demócratas pierden el control del Congreso en las elecciones de mitad de período en noviembre, veremos otra muestra de parálisis gubernamental durante los próximos dos años. De nuevo, esto sería una señal de impotencia, no de fortaleza. Una superpotencia que se enfrenta a retos nacionales — de hecho, globales — no debería autoengañarse pensando que Albany (la capital de Nueva York) o Austin (Texas), y mucho menos Little Rock (Arkansas) o Springfield (Illinois), son los lugares adecuados para abordarlos.
La mayor parte del inesperado éxito de Joe Biden desde julio — incluyendo su vasto proyecto de ley de energía verde — sería revertido por el próximo presidente republicano, se llame o no Donald Trump. La hostilidad entre los ‘dos EEUU’ ha creado una mentalidad existencial que ha hecho de su constitución, en efecto, una barrera para el progreso. Sería más fácil convertir a EEUU en un país francófono que modificar su constitución.
Las facciones recriminatorias de EEUU se parecen mucho más a los grupos lingüísticos de Bélgica que a, por ejemplo, los votantes conservadores y laboristas del Reino Unido. No importa cuán pobremente se desempeñe un presidente estadounidense, hay un ‘piso alto y un techo bajo’ en su porcentaje de votos. Trump obtuvo el 47 por ciento en 2020. Sólo en las dos últimas semanas, la ventaja de los laboristas sobre los conservadores que gobiernan el Reino Unido ha pasado de estar un poco por encima del 12 por ciento a más del 30 por ciento. Semejante fluidez es inconcebible en el EEUU de hoy. Sin embargo, el poder global estadounidense de hecho ha estado creciendo durante los últimos dos años.
Existen dos razones para que esto haya ocurrido. La primera es que al rival de EEUU le está yendo peor. Lo que es cierto para el dólar también lo es para la geopolítica. La China de Xi Jinping ya no es la estrella de alto crecimiento de la economía mundial. Xi también se está alejando tanto como puede del consentimiento de los gobernados, el cual es la base de cualquier consenso político duradero. Aunque la economía china seguirá superando a la estadounidense en los próximos años, será un país que estará envejeciendo y estará acosado por los retos internos. En relación con China, EEUU parece estar bien. Eso no es decir mucho, salvo en términos de poder, el cual es relativo.
La segunda razón es Vladimir Putin. Rara vez una hegemonía ha sido tan bendecida con un enemigo tan torpe como lo es EEUU con Putin. La invasión de Ucrania por parte del autócrata ruso pasará a la historia como uno de los errores más catastróficos de la historia militar, comparable a la invasión de Rusia por parte de Napoleón o de Hitler en invierno. De golpe, la agresión de Putin ha restaurado el sentido de sí mismo del Occidente y el papel de líder de EEUU. El hecho de que la Rusia de Putin sea cada vez más un problema de China representa una ventaja adicional.
Por el momento, el poder relativo de EEUU es ascendente. El riesgo es que sucumba a uno de sus ataques de triunfalismo global. Eso estaría fuera de lugar. Sus divisiones son cada vez más susceptibles a la explotación extranjera a través de socios locales dispuestos a hacerlo. EEUU sigue dominando el mundo, pero su yugular está extremadamente expuesta.