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16 de diciembre 2021 - 17:10hs

Edward Luce

EEUU, bajo el mando de Joe Biden, está en un declive irreversible y ha perdido su voluntad de poder. Ésa es, en esencia, la visión que el gobierno chino actualmente tiene de EEUU. Los diplomáticos chinos ya no camuflan su desprecio por el "malestar" estadounidense. A juzgar por su despliegue militar en la frontera ucraniana, el presidente ruso Vladimir Putin comparte esa perspectiva. Tanto Beijing como Moscú ven en el agotamiento estadounidense una oportunidad para saldar cuentas pendientes: en el mar de China Meridional y en Taiwán, en el caso de China; y en el antiguo territorio soviético, en el caso de Rusia. Sin embargo, puede que estén peligrosamente subestimando la capacidad de EEUU de cambiar su estado de ánimo.

La opinión pública estadounidense se volvió contra el militarismo en el extranjero cuando la guerra de Irak empezó a tambalearse bajo el mandato de George W. Bush. Desde entonces, la opinión pública se ha mantenido en esa posición. Quince años más tarde, es fácil suponer que el "no intervencionismo" estadounidense se ha convertido en la opinión establecida de su pueblo. Pero la historia de EEUU — y el sentido común — sugieren que el clima puede rápidamente cambiar de frío a caliente cuando se enfrenta a nuevos hechos. Sólo hay que pensar en lo que ocurrió después del 11 de septiembre. Ahora imaginemos la reacción a hordas de ucranianos huyendo mientras los tanques rusos estremecen sus ciudades este invierno.

EEUU ya ha sido subestimado en otras ocasiones, a un costo muy alto. En 1950, Corea del Norte malinterpretó al secretario de Estado estadounidense, Dean Acheson, cuando omitió a Corea del Sur en un mapa del "perímetro defensivo" de EEUU en Asia. Tres años de sangrientos combates en la península de Corea siguieron. En 1990, April Glaspie, la embajadora estadounidense en Irak, le dijo a Saddam Hussein que EEUU no tenía "ninguna opinión sobre los conflictos entre árabes" conforme las divisiones se acumulaban en la frontera de Irak con Kuwait. A los tres meses de la posterior ocupación de Kuwait, EEUU reunió una fuerza de coalición internacional de varios cientos de miles de soldados en Arabia Saudita y obligó al ejército de Hussein a volver a Irak, por la fuerza.

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En 1999, el líder de Serbia, Slobodan Milosevic, apostó a que la unidad de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) colapsaría tras unos días de ataques aéreos sobre su país. Setenta y ocho días después, él concedió la independencia de Kosovo. Incluso el 11 de septiembre fue un error de cálculo. Los documentos recuperados en el último reducto de Osama bin Laden mostraban que él pensaba que los ataques terroristas de 2001 desencadenarían la salida de EEUU del mundo musulmán. Todos sabemos lo que ocurrió en realidad.

La moraleja de la historia no es que EEUU necesariamente reaccione con sabiduría. Muchas de sus guerras, especialmente en respuesta al 11 de septiembre, fueron contraproducentes. El caso es que Moscú y Beijing fácilmente pudieran confundir la actual antipatía estadounidense hacia la guerra con una resignación permanente. La opinión pública puede ser voluble y propensa a cambios emocionales. Ciertamente, Biden no está buscando una pelea; él está haciendo todo lo posible por encontrar una solución diplomática para Putin en relación con Ucrania. Sin embargo, Biden es un político consumado. Si los votantes estadounidenses se volvieran belicosos, Biden pudiera pivotar.

A Putin, en particular, se le pudiera perdonar que pensara que EEUU se ha convertido en un ‘tigre de papel’. Mientras Rusia ha estado reuniendo sus divisiones en la frontera de Ucrania, la Casa Blanca de Biden ha estado preparando una "cumbre de democracias" de dos días. Las reuniones e intercambios virtuales no alterarán ningún hecho sobre el terreno, y menos aún en EEUU, donde Biden carece de los votos para promulgar protecciones de la democracia estadounidense. Es poco probable que estos ejercicios hagan que los autócratas del mundo reconsideren sus posiciones.

Hace menos de seis meses, Biden evacuó a las fuerzas estadounidenses de Afganistán con tal celeridad que se dejaron sobre el terreno equipos por valor de miles de millones de dólares. Esto parecía una excéntrica forma de mostrar que EEUU había regresado a una posición de liderazgo en el mundo. Barack Obama impuso sanciones a Rusia después de que Putin se anexionara Crimea en 2014. Putin absorbió los costos y se quedó con Crimea.

¿Por qué habría de esperar Rusia una reacción diferente esta vez? La respuesta, por supuesto, es incognoscible. Pero vale la pena tener en cuenta algunos hechos. A pesar de todos sus errores en el extranjero, y de su toxicidad interna, EEUU tiene un ejército más grande que el de Rusia y el de China, y ha librado más guerras que cualquier otro país. Algunas de ellas todavía están sucediendo, aunque a un bajo nivel. En comparación con otras democracias, EEUU tiene una cultura marcial. Los estadounidenses respetan a sus militares más que a cualquier otra institución.

EEUU también es capaz de cometer temeridades. Tal como lo señaló el escritor Robert Kagan, EEUU es una "nación peligrosa". El hecho de que esté en relativo declive no hace sino agudizar ese rasgo. Las superpotencias en disputa rara vez desaparecen silenciosamente. Gran parte del debate actual sobre política exterior en EEUU se centra en los riesgos de juzgar equivocadamente a China o a Rusia confundiendo sus líneas rojas. El mundo sería un lugar más tranquilo si China y Rusia estuvieran igualmente preocupados por las líneas rojas de EEUU.

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