31 de mayo de 2014 21:44 hs

Como un gol sobre la hora y cuando ya todo hacía suponer que se iba al descenso: así festejó el kirchnerismo el acuerdo alcanzado por el ministro de Economía, Axel Kicillof, para saldar la deuda en default con el Club de París.

Y es que la noticia llegó en un momento en el cual retornaban con fuerza las señales de alarma sobre la capacidad del gobierno argentino para sostener cierta estabilidad económica.
Para colmo, las anteriores misiones diplomáticas habían dado escaso resultados, y sigue sin disiparse la amenaza de que la Corte Suprema de Estados Unidos dé la razón a los “fondos buitre”, lo que implicaría que, desde el punto de vista legal, la Argentina volviera a incurrir en default.

En este contexto, la noticia de que el Club de París haya aceptado un cronograma para que la Argentina cancele su deuda de US$ 9.700 millones cayó como un bálsamo.
Además, la gran victoria diplomática consiste en que se haya aceptado que el Fondo Monetario Internacional (FMI) permanezca ajeno a la negociación. Según la oposición, esta condición determinará que el acuerdo saldrá más caro, pero para el kirchnerismo supone una verdadera declaración de independencia.

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En los días previos a la gestión, había amplio escepticismo en el sentido de que el ministro lograra un acuerdo concreto en esta reunión. Tanto que el propio gobierno se había cuidado de no generar expectativas desmedidas.

De manera que Kicillof confirmó su fama de “chiquito pero cumplidor”, como lo catalogó la presidenta luego del acuerdo alcanzado con Repsol para la indemnización por haber expropiado YPF.

“La participación del FMI hubiera supuesto ciertas cadenas, porque suele imponer condicionantes sobre qué políticas tomar en la economía”, explicó un contento Kicillof.
Un pago nacional y popular

Para un extranjero recién llegado al país hubiese sido un panorama difícil de explicar: un gobierno que se autodenomina progresista, y que siempre ha reivindicado la conveniencia de “vivir con lo nuestro”, festeja la posibilidad de amigarse con los mercados para volver a tomar crédito. Y, mientras tanto, los más connotados defensores del liberalismo denuncian que se hizo una negociación lesiva para los intereses nacionales.

Es una situación que puede ser calificada como ejemplo de las contradicciones argentinas, pero que difícilmente pueda acusarse de apartarse de las tradiciones del kirchnerismo. A fin de cuentas, este gobierno siempre se ha jactado de sus pagos de deuda y los ha convertido en mojones de su “relato” épico.

Ahora, logrado el acuerdo sin la temida presencia del FMI, viene una nueva etapa: después de las medidas de obligado ajuste que deprimieron el consumo y la producción, llega el momento de anunciar que todo fue, en realidad, el preámbulo de una reactivación de la economía.

Es, tal vez, uno de los mayores logros que ha tenido la usina ideológica kirchnerista: presentar el pago de deudas –incluyendo capital, intereses y punitorios– como parte del modelo económico alternativo al que recomiendan los centros de poder.

El acuerdo firmado por Kicillof ayuda al argumento, porque incluye una cláusula según la cual Argentina pagará más si se concretan inversiones de los países miembro del Club de París.

La presidenta no solo reivindica el hecho de haber “pagado religiosamente” sus obligaciones sino que argumenta que, esta política financiera, permite un tipo de crédito distinto al de otros momentos históricos.

Ya no será, como ha ocurrido en otras décadas, para el gran casino financiero. Será para infraestructura, desarrollo, tecnología y para el futuro de todos los argentinos”, dijo.
Ese concepto, el de la existencia de un endeudamiento “bueno” y uno “malo” viene formando parte de la argumentación kirchnerista desde hace tiempo.

Y, por cierto, es un tema que despierta polémicas, porque los críticos del gobierno creen que este gesto market friendly no es más que una reacción tardía tras los errores de política económica.

“Han caído en la estupidez del desendeudamiento, al punto que la deuda pública actual bajó a 10 puntos del PIB, cuando lo que se considera lógico a nivel internacional es 30%. Si hubieran hecho eso, hoy tendrían
US$ 100 mil millones de reservas. Ahora tratan de corregir el error, y es por eso que buscan acuerdos internacionales”, afirma Javier González Fraga, extitular del Banco Central.

Esperando las inversiones
Lo cierto es que, más allá de estas críticas, el gobierno ha tenido, en estas primeras horas, un rédito inicial: el acuerdo con el Club de París recibió el aplauso de todo el arco político, que saludó la normalización del relacionamiento con el mercado financiero global.

Aunque, a la hora de pronosticar el impacto de este tema sobre la economía real, las expectativas se enfrían bastante: prácticamente ningún economista cree que se abra un inmediato flujo de inversiones que pueda revertir el estancamiento productivo.
Hasta el propio Aldo Ferrer, referente económico muy respetado dentro del kirchnerismo, se ha encargado de poner paños fríos.

“No hay que pensar que porque se solucione vaya a venir una avalancha de inversiones. Es un buen paso pero no cambia la naturaleza de los problemas”, argumenta el legendario impulsor de la política de “vivir con lo nuestro”.

Y afirma que, en realidad, nada se solucionará mientras los propios argentinos no confíen en su economía: “En este mundo global solo les va bien a los países que tienen fuertes políticas nacionales; el problema no es que no venga inversión extranjera, sino que parte de nuestro ahorro no se recicla en el proceso productivo”. l

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