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El brexit: la partida de ajedrez que Bruselas jugó mejor que Downing Street

El texto que sigue es un alegato para saber del brexit y de los particulares equilibrios que operan en el Reino Unido

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17 de noviembre de 2019 a las 05:00

Romeo Pérez Antón

Especial para El Observador

Los uruguayos estamos hablando poco del brexit. Hablamos poco, casi nada de la Unión Europea (UE) y el constante desenvolvimiento de su institucionalidad. Si viviéramos en las circunstancias de 40 años atrás, sería imposible seguir esos procesos con base en la información de los diarios, periódicos, radios y canales de nuestro país. Hoy en día, por cierto, aquellas circunstancias han dado lugar a sus opuestos y los interesados, internet mediante, podemos leer cotidianamente las informaciones y los análisis de los medios de los países involucrados, con el único límite que pone el conjunto de los idiomas que manejemos. 

Deberíamos pues seguir con cierto detalle esto que llamamos brexit (esta secuencia de decisiones, estas pugnas, estas negociaciones, estos estrenos de cambios institucionales en 350 años de historia británica, esta partida de ajedrez, esta inminente catástrofe económica en un Estado central). Aquel seguimiento resulta posible y, más importante, muy justificado. Por las razones que siguen.

En virtud de datos que surgen en el Reino Unido, en primer lugar. Hace años que el Partido Conservador prevalece en la competencia por el gobierno, con alzas y bajas que dibujan una continuidad. Se supone que ese partido es la principal garantía de los peculiares equilibrios que se desprenden de la Revolución de 1688.

Uno de esos equilibrios reside en la supremacía gubernamental de un Parlamento que, muy gradualmente, fue adquiriendo representatividad. Tal supremacía se apoyaba en el paulatino vaciamiento de la Monarquía, la formación del Ejecutivo en el seno de la Cámara de los Comunes y la ausencia de institutos de democracia directa. Un poco en solitario, los británicos sostuvieron durante siglos que el fundamento del gobierno del pueblo es la asamblea que delibera, no los plebiscitos que con extremo simplismo polarizante alinean en el sí o en el no. 

Ante una victoria electoral probable pero estrecha, un primer ministro en funciones, de aquel partido garante, introduce el plebiscito exótico para definir nada menos que la permanencia o la salida del Reino de la Unión Europea. Ese primer ministro, David Cameron, deseaba la permanencia pero prometió el plebiscito antes de aquella elección para atraerse los sufragios de una corriente de opinión tan tenaz como miope, la de los euroescépticos.

Calculó mal y estos se impusieron en el plebiscito porque los favorables a la permanencia (poco experimentados en democracia directa, como todos sus conciudadanos) se quedaron en sus casas y dejaron campo abierto a los adeptos a la ruptura, muy concurrencistas, como suelen ser los colectivos monotemáticos.

El Reino Unido emergió, por consiguiente, comprometido a dejar esa Europa parcial pero medularmente unificada. Y, también, dividido (Escocia no quiere irse y la permanencia predomina entre los jóvenes en edades activas de todo el país).

El Parlamento se mostró, a la hora de ejecutar el mandato plebiscitario, estructurado en tres bloques transversales a los tres partidos no regionales: los que buscaban un brexit con acuerdo con Bruselas o sin él, los que sólo procuraban y aceptaban un brexit convenido con Bruselas y los que no deseaban ningún brexit.

Las preferencias primeras y segundas de cada uno de esos bloques se acercaron mucho, a través de sus respectivos votos y vetos, a la paradoja de Condorcet-Arrow, de escasísima presencia en la práctica política. Y con ello, la parálisis, que derribó a Theresa May y encumbró a un aventurero al cargo de primer ministro. Este, Boris Johnson, del grupo de los que admiten el brexit sin convenio, intentó impedir que el Parlamento se reuniera por un período excepcionalmente largo, medida que fue declarada inconstitucional por la Suprema Corte británica (un órgano de reciente instalación, que ha sustituido después de siglos a la Cámara de los Lores como máxima autoridad judicial, trascendente cambio que en el 2009 pasó inadvertido para nuestra culta democracia). 

Las otras razones capitales para atender desde aquí el brexit surgen en la Unión Europea. Mientras el Reino Unido elegirá nuevo Parlamento el 12 de diciembre próximo, tratando de evadir sus bloqueos, este proyecto de unificación de intereses y estructuras, uno de los más relevantes del siglo XX, exhibe en relación con el cuestionamiento que le pone aquel una fortaleza de la que se duda constantemente, aunque ha crecido sin pausas desde hace ya 70 años.

Hasta ahora, el brexit ha evidenciado que no hay a la vista otras salidas, cuando no faltaron los que anunciaban que con Londres varios otros se dirigirían en igual sentido. Ha evidenciado también que si bien ambas partes sufrirían pérdidas económicas de consumarse el brexit, esos perjuicios serán mucho mayores para los británicos que para los socios comunitarios,tomados en conjunto o de a uno. 

Y ha revelado algo mucho más hondo y permanente: ha permitido conocer mejor la sustancia de aquella fortaleza de la Unión, sustancia que consiste en lucidez y excepcional habilidad negociadora (Bruselas jugó mucho mejor que Downing Street y Westminster la partida de ajedrez que también es el brexit), tanto como, a la postre, una institucionalidad refinada que, quizás como ninguna otra en el mundo actual, protege los derechos de los individuos, estimula la creatividad de agrupamientos y emprendimientos, se mueve por las dinámicas del pluralismo y representa un factor de paz que con frecuencia actúa en inquietante soledad. 

* Romeo Pérez Antón es doctor en Derecho y Ciencias Sociales con una larga trayectoria como investigador y docente en Ciencia Política, especializado en partidos uruguayos, políticas exteriores y teoría política de las integraciones.

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