8 de junio de 2012 12:45 hs

Decía Michel Foucault en Vigilar y castigar que el surgimiento de las prisiones conllevó un cambio en el concepto de castigo, que dejó de ser una forma de inscripción corporal –ejecuciones, torturas públicas– para ser un disciplinamiento del “alma” (en teoría), a través del encierro del delincuente. Al hacer esto, sin embargo, la función de rehabilitación que también pretendía el aislamiento carcelario se diluyó en la segregación, que se convirtió en una forma de “venganza” social. El castigo, entonces, dejó de estar en el cuerpo expuesto, sino en el oculto, apartado, en el que se “pudre en la cárcel”.

Sin embargo, lo que los especialistas en materia penitenciaria revelan es que el encierro y la focalización de castigo están lejos de ser la solución a la crisis que viven las prisiones a nivel mundial. De hecho, estas no han logrado disminuir la cantidad de personas que delinquen; por el contrario, el número de reclusos ha crecido exponencialmente en las últimas décadas.

“Los sistemas carcelarios que mejor funcionan son los abiertos, donde el individuo tiene el mayor margen de libertad posible mientras está recluido”, destaca Germán Aller, profesor de Derecho Penal y Criminología de la Udelar. Otro punto fundamental, indican los expertos consultados, está en reducir la cárcel en los máximos casos posibles y sustituirla por penas alternativas, como el trabajo comunitario.

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Los reincidentes, señala Gabriela Fulco, asesora del Ministerio del Interior en materia carcelaria, suelen ser quienes tuvieron una experiencia de reclusión y no aquellos que cumplieron otras rehabilitaciones. Esto también soluciona en gran medida el grave problema de hacinamiento en las prisiones. Los modelos exitosos, además, suelen priorizar la rehabilitación y consideran al que delinque no como a un escollo a esquivar sino como una persona a integrar.

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