14 de noviembre 2015 - 5:00hs
Inglaterra los hace así. Caballerescos, elegantes, más o menos rígidos, que traducen en su pluma su estética exterior, pero también dejan traslucir sus costados más secretos. Viajan por todo el globo y toman notas e impresiones de lo que ven, de lo que escuchan, de lo que sienten. Poseen el don de la sensibilidad detrás de la máscara adusta de un lord. Son los escritores viajeros ingleses, una especie de subgénero geográfico dentro de la literatura ensayística.

Son amanerados, detallistas, clásicos y refinados. Poseen gusto, formación y delicadeza. También el poder literario de resumir en unas cuantas miles de palabras las experiencias extremas que vivieron intentando que no se les volara el sombrero. Porque en las más bravas saben estar estoicos, incluso con un arrojo romántico que los lleva más allá de lo que indicaría su flemático pedigrí. A lo largo del tiempo han dado obras dignas de lectura para cualquier fanático de la curiosidad por el mundo resumido dentro de ese pequeño baúl de sorpresas que es un libro.

Estos ingleses pueden llamarse Charles Darwin, Graham Greene, Colin Thubron o Bruce Chatwin, todos con nivel parejo a pesar de las miradas multiformes. O Simon Winchester. A este último me quiero referir.
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Nacido durante la segunda guerra y luego casado con una japonesa, el lugar común indicaría que Winchester tiene cierta semejanza con John Lennon. La cercanía es que perteneció a la misma generación de jóvenes que se abrió al mundo desde una isla que había sido el gran imperio moderno y estaba casi en ruinas.

Los caminos profesionales de Winchester lo llevaron a viajar, explorar regiones recónditas (como Groenlandia, por ejemplo), a tener empleos aventureros, hasta que derivó hacia el mundo del periodismo. Allí le tocó cubrir la violencia en Irlanda del Norte, en la India y Pakistán, y vibrar en el campo de batalla con una realidad que no podía dominar, a la que solo podía acercarse a través del reportaje y la crónica. La guerra de las Malvinas y una misión periodística a China completaron su panorama del globo.

A finales de la década de 1990, Winchester comenzó a escribir libros a partir de sus experiencias y de sus recuerdos, de sus intuiciones y de sus mapas recorridos una y otra vez. Su última obra, que se acaba de publicar en el mercado anglosajón, es Pacific, un libro estructurado en diez capítulos sobre el océano que se lleva casi media superficie del globo terráqueo en extensión, con sus inmensas inmensidades y sus geológicas y naturales complejidades.

La amplia sábana que se extiende desde Alaska hasta Tierra del Fuego y desde el canal de Panamá hasta las Filipinas, que baña ciudades como San Francisco y Osaka y miles de atolones de postal donde las grandes potencias realizan horrendas pruebas atómicas, queda atrapada por la mirada de Winchester, inevitablemente elegante.

El autor no es nuevo en cuestión de océanos. Hace cinco años publicó Atlantic, la contracara de la obra que ahora ve la luz, escrita en un formato similar. Pero si el Atlántico fue la gran avenida del pasado, la alfombra líquida por donde Europa se adueñó de las Américas y dio alumbramiento al mundo moderno, el gran océano del pasado, por el contrario el Pacífico, con todos sus aborígenes misterios se despliega hoy como el gran océano del futuro, donde Occidente puede encontrar una nueva forma de relacionarse con Oriente.

Hace unos años leí un pequeño libro de Fernand Braudel que me regaló mi padre, titulado El Mediterráneo, el espacio y la historia. La maestría de Braudel une en su prosa el tiempo y la geografía, y hace dialogar a las diferentes culturas dentro del mar milenario. En ese libro los pueblos hablan, las ciudades fluyen, las guerras atraviesan los mapas y llevan y traen objetos e inventos, palabras y rasgos en las sangres. El Mediterráneo como una orquesta de cámara, dentro de la cueva de la historia.

La violencia de los océanos, verdaderas orquestas sinfónicas, en manos de Winchester, posee una magia mucha más veloz, más actual, más presente pero no por esto menos relevante.
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