Hola, ¿cómo estás?
Hola, ¿cómo estás?
Hoy tengo el desafío de sustituir a Gonzalo Ferreira en esta edición del newsletter Decisión 2019. Para ello decidí enfocarme en la situación político-electoral del partido de gobierno, los motivos que lo llevan a caminar con dudas sobre la posibilidad de alcanzar su cuarto periodo de gobierno consecutivo y las oportunidades que le ofrece al Frente Amplio volver a la oposición, sobre todo en cuanto a la renovación en el liderazgo.
Si extrañan a Gonzalo, les cuento que la buena noticia es que el próximo viernes volverá a escribir para ustedes.
Fuera de cámara todos son (somos) un poco más sinceros. Y en la intimidad de un encuentro en el que se percibe confianza son (somos) capaces de reconocer datos u opiniones que en cualquier otra circunstancia no sucedería. Por eso, quizás, sea relevante abrir esta newsletter con un pequeño pero ilustrativo hecho de campaña que, como tantos otros, pasó desapercibido.
La semana pasada se reunieron los asesores en un área específica de dos candidatos a la presidencia: uno oficialista y el otro de la oposición. El oficialista –quien fue el que solicitó el encuentro– hizo una confesión inesperada para el opositor. Le dijo que algunos creían en el Frente Amplio que esta elección ya estaba perdida.
Desde luego que ningún candidato a la presidencia que esté en la pelea –y que según las encuestas tenga alguna chance de ganar– habrá de hacer un reconocimiento de ese estilo. Sería en cualquier caso un error garrafal y marcaría a todas luces el inicio del fin. Pero más allá de ese convencimiento que Daniel Martínez necesita, lo que sí es cierto es que hay un microclima de derrotismo en el Frente Amplio que no solo tiene que ver con las proyecciones de balotaje –sabido es que las encuestas son herramientas de aproximación, pero hasta el momento no hay ninguna que lo haya dado ganador en esta instancia–, sino que además se aprecia en una campaña con una limitada militancia –que contrasta con su probada capacidad de movilización– y con un discurso mucho más defensivo que propositivo.
Quien parecería estar viendo esta imagen desde lejos es el expresidente José Mujica, poseedor de un desarrollado olfato político. Tanto es así que en su momento prefirió quedar ajeno a la discusión por la vicepresidencia, cuando su sector tiene al menos el suficiente peso para presionar por un lugar, y en cambio puso el foco en la Intendencia de Montevideo, que con Canelones aparece como el último territorio seguro para el FA.
De hecho, para algunos, hasta podría ser una oportunidad. Pero antes de ingresar en ese punto intentemos profundizar en el diagnóstico de Mujica que se resume en esta frase:
Si se tratara de un delantero el comentario sería que le falta “hambre de gol”. Si se tratara de un preso dirían que sufrió un “proceso de institucionalización”. Si se trata de un político le dirían que la falta autocrítica. De una forma u otra, lo que marca el diagnóstico de Mujica sobre lo que le pasó a su partido es la adopción de una postura pasiva frente a un escenario de comodidad política ideal. Es decir: la izquierda uruguaya se aburguesó. Como le gusta decir a la oposición: el Frente Amplio gozó de una coyuntura económica benevolente y mantuvo mayorías parlamentarias a lo largo de 15 años. Pero más que eso: tuvo considerables segmentos de opinión pública a favor durante años (de hecho las encuestas lo siguen poniendo como la primera fuerza política en Uruguay con una considerable intención de voto) y lideró un cambio cultural que forjó un nuevo tiempo en la historia del país.
Y aunque resulte paradójico todo eso fue a costa de los propios elementos motivacionales que moldearon su existencia como un agente de cambio en la sociedad uruguaya. Como generalmente sucede con quienes tienen algo que perder, el Frente Amplio se convirtió en una fuerza un poco más statuquista. Por eso Mujica dijo que veía al partido “muy pachorriento” y “achanchado”.
Y por eso también el director de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto (OPP), Álvaro García, reclamó hace un par de sábados en un comité de base por “escuderos” que salieran a defender la gestión de este gobierno. Además de los dichos de García, en esta nota que publicamos la semana pasada se detalla cómo los ministros salieron a “defender la gestión” (aunque como veremos más adelante su defensa tomó la forma de un ataque).
Visto está que escuderos sobran, aunque faltan hechos para defender. Muchos frenteamplistas ven este periodo como una oportunidad perdida. En el primer gobierno de Tabaré Vázquez hubos dos reformas medulares (impositiva y salud) y la inserción del Plan Ceibal. ¿Cuál es el logro o los logros de esta administración más allá de indicadores comparativos a quince años? ¿La instalación de una planta de celulosa que resultó fundamentalmente producto de una decisión ajena? ¿Dónde quedó el cambio del ADN de la educación, que es el verdadero cambio que necesita el país?
En este contexto no es raro que los principales dirigentes oficialistas luzcan con un discurso mucho más combativo que anunciando nuevos caminos, sin perjuicio de las propuestas continuistas de Martínez que, de cuando en cuando, recuerda los planes relegados de este gobierno.
La defensa de la gestión se transforma, en este caso, en un ataque. Les presento la siguiente tipología que procura ordenar un poco la cancha.
1. Entre las opiniones más serias están los que pegan con elementos fácticos cuando argumentan que algunas de las propuestas de la oposición ya fueron hechas o están en ejecución.
2. Un segundo tipo de carácter más antojadizo habla de la pérdida de derechos (o beneficios) sociales, laborales, económicos, humanitarios, etc adquiridos durante los gobiernos oficialistas.
3. Un tercer tipo de defensa usa la hipérbole como recurso discursivo y tiene en Constanza Moreira a su principal exponente. “Yo creo que un gobierno del Partido Nacional va a tener una conflictividad espantosa”, dijo la senadora y politóloga entrevistada el domingo en el programa Séptimo día.
Moreira, además de readaptar la campaña publicitaria del fantasma que hizo la agencia Notable para el Mundial de Brasil 2014 y de conseguir algunos adherentes en su esfuerzo como muestra esta nota, demuestra que en caso de ocupar una banca en el Senado será una temible opositora. Ese escenario también será favorable para otros frenteamplistas que, a diferencia de Moreira, tienen legítimas expectativas de aspirar a un lugar de liderazgo para 2024.
Aunque en política las renuncias indeclinables son pocas, parecería que para Daniel Martínez esta carrera es todo o nada. Su interés no está en volver al Senado y ante una derrota sus caminos se acortan. De todas maneras es difícil imaginarlo lejos de la política a sus jóvenes 61 años -para los parámetros uruguayos- en caso de una derrota.
Pero aún en el caso que resulte victorioso, lo que algunos asumen es que él no será quien retome el liderazgo de Tabaré Vázquez, José Mujica y Danilo Astori, si es que se puede esperar algo semejante de este proceso de renovación en la izquierda.
De los que levantaron la bandera en la última elección interna, resalta Óscar Andrade por su capacidad de agitar a la militancia. (En esta nota de Martín Tocar que publicamos durante la campaña a las internas te contamos quién era el entonces precandidato). Si a esa capacidad emocional se le agrega las condiciones que demostró para discutir, el comentario extendido de que hay un candidato en ciernes -un proyecto de Lula a la uruguaya- tomará un mayor peso. En el caso que habite la oposición lo volverá un interesante parlamentario para seguir en el Senado durante la próxima legislatura, incluso a pesar de las débiles convicciones democráticas que exhibió en algún caso particular y de su radicalismo.
Cuánto mejor le podría hacer la oposición a Andrade visto desde el interés personal -y quizás colectivo- es una pregunta que nadie se desea contestar. Porque aún en el universo político -por momentos contraintuitivo y desorientador- querer perder es ir contranatura. Eso es así incluso con Kirchner y Bolsonaro en los límites, con un 4,9% de déficit fiscal y con la imperiosa necesidad de hacer una reforma de la seguridad social cuyo costo político aún ni se divisa.
Mientras que el clima derrotista emerge en el Frente Amplio, los blancos se cuidan de no cometer errores para confirmar un sendero que ya perciben triunfal (aunque sea prohibido decirlo e incluso pensarlo). Y la razón de esa prudencia es que saben qué tonto sería subestimar la capacidad de militancia de la coalición de izquierda. Si el elefante se pone de pie quizás haga despertar al burgués.
Mi nombre es Martín Natalevich, soy editor de Actualidad de El Observador. Podés escribirme a este mail por sugerencias y comentarios.