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Riccetto en 1997
Portada del libro
Benois de la Danse 2017
Bocca y Riccetto brindando después de su última función de Manon

Espectáculos y Cultura > Entrevista

El después de una vida en puntas: María Noel Riccetto a un año de su despedida

La exprimera bailarina habló de El equilibrio de bailar, el libro que documenta gran parte de su vida y prefirió no referirse a su futuro cargo como directora del BNS   

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28 de diciembre de 2020 a las 05:00

El 28 de diciembre de 2019, María Noel Riccetto se despidió de los escenarios en una sala Eduardo Fabini que estalló entre aplausos infinitos y lágrimas que no querían dejarla ir. El 28 de diciembre de 2019, la bailarina que popularizó el ballet en Uruguay, que trajo a su país el Benois de la Danse –ese “Oscar de la danza” del que tanto se habló– y que llenó teatros e hipnotizó al público con su virtuosismo y belleza escénica, colgó sus zapatillas.

El 28 de diciembre de 2019, el Ballet Nacional del Sodre (BNS) cerró un capítulo de su historia.

A un año desde aquel acontecimiento que cambió su vida y que sacudió la cultura local, la bailarina tiene materializada en tinta y papel la historia de su vida –o como ella prefiere aclarar, la primera mitad de la historia de su vida–, desde su niñez hasta su despedida como primera bailarina del Sodre con Manon. Se trata de El equilibrio de bailar (Aguaclara editorial, $790), un libro con más de una década de investigación detrás, escrito por la historiadora y principal divulgadora de ballet en Uruguay, Lucía Chilibroste. 

Con un potente material documental, un valioso archivo fotográfico, testimonios varios y anécdotas nunca antes contadas, Chilibroste recorre el camino de Riccetto y abarca sus primeros pasos en la danza –donde ya era una “niña con condiciones” que maravillaba a todos los docentes–, su partida hacia Estados Unidos donde bailó como solista del American Ballet Theatre de Nueva York (ABT) y su regreso a Uruguay como primera bailarina de un ballet estatal en auge, completamente renovado con Julio Bocca a la cabeza. 

De cierto modo, Chilibroste demuestra que la historia reciente del ballet nacional se puede contar a través de la historia de Riccetto.

El euqilibrio de bailar

Lo que se viene

Después de su despedida, la bailarina incursionó en varios espacios nuevos. Durante 2020 asumió la coordinación de la sección ballet de las Escuelas de Formación Artística del Sodre e integró el plantel de jurados del exitoso concurso televisivo Got Talent Uruguay. En 2021, el desafío de la ex primera bailarina será todavía más grande, porque será la directora del BNS.

El nombre de Riccetto para suceder a Igor Yebra se conoció a principios de junio, cuando le comunicaron al director español que el 31 de diciembre no se le renovaría el contrato. Y aunque esta noticia ya se conocía en el ámbito del ballet, hace algunos días el ministro de Educación y Cultura, Pablo da Silveira, lo comunicó formalmente a los bailarines de la compañía. Además, se informó que la coreógrafa y maestra Marina Sánchez tendrá un cargo de adjunta a la dirección.

Con motivo de la reciente publicación del libro sobre su vida, El Observador dialogó con Riccetto y le consultó también sobre el cargo que asumirá en enero de 2021, pero la bailarina prefirió no hacer referencias al respecto hasta que la tierra termine de dar la vuelta al sol.  

Fuiste la alumna con condiciones y la “prodigio del ballet” en la Escuela Nacional de Danza –como te describe Marina Sánchez en un pasaje del libro– y también fuiste años después la líder, el ejemplo a seguir, la figura del BNS. ¿En algún momento te pesó llevar la etiqueta de la referente?

De chica, por momentos me daba vergüenza. No quería que me destacaran tanto adelante de la gente. Siempre fui muy perfil bajo, además. Sobre todo al principio, que la diferencia con Marina era más grande, éramos muy amigas y me costaba lidiar con eso. Pero siempre fui una más en el montón, en la forma en la que me llevaba con mis compañeros y en que siempre llevé todo con mucha naturalidad. En ningún momento me dejaron de lado ni yo me alejé.

Más de grande, sobre todo a la vuelta, lo que sentí fue una gran responsabilidad de ser ese ejemplo. A lo último estaba cansada y eso pesó a la hora de dejar de bailar. La vara uno se la pone muy alta, el cuerpo ya no es el mismo y tus prioridades van cambiando y te vas acercando a querer una vida personal más normal. Ya era hora de dejar esas responsabilidades de lado y asumir otras.

¿Le pasaste la posta a algún bailarín para que asumiera ese rol después de tu retirada?

La compañía tiene muchos nombres que se destacan. Espero que lo que dejé haya sido para todos: una ética de trabajo, la disciplina pero también el disfrutar de lo que uno está haciendo, el tener una buena actitud en el salón. No le dejé la posta a nadie, la compañía es genial. Siempre traté de dejar en claro que una primera bailarina o una pareja sin un cuerpo de baile no es nada, y viceversa. Hay bailarines para todo. Yo, por ejemplo, no era una bailarina de bravura, de esas de grandes saltos y grandes giros. Me destacaba en otra cosa, tenía muy claro cuáles eran mis ballets, que cosas me quedaban mejor y cuáles no. Cada bailarín tiene lo que le va mejor.

Chilibroste afirma que nunca te obsesionó el futuro. ¿Esa filosofía de vida sigue vigente en vos?

Trato de encontrarme con la sorpresa de haber llegado a un lugar o haber obtenido algo. Soy de visualizar las cosas que realmente quiero, sí. Pero de proyectar no, porque sé que la vida te cambia en dos segundos. En el libro se cuenta la pérdida de mi madre y padre y cosas que no me imaginaba que me iban a pasar de tan chica y eso me hizo tomar otros caminos. Si esos aspectos personales no te influyen, no sé qué te puede influir. Intento visualizar, ser positiva y saber que las cosas llegan cuando tienen que llegar. Eso también me lo enseñó la carrera, cuando me pasó de querer ciertos roles y papeles y darme cuenta después de que no era el momento.

María Luisa, tu madre, aparece en tu historia como una pieza clave. ¿Cuál fue su rol en tu desarrollo como bailarina?

Fue una gran compañera en mi formación y en los primeros años en el ABT. Ella sabía la hora a la que yo entraba y salía a clase, qué ensayos tenía, qué bailaba, a qué hora, todo. Teníamos una relación muy estrecha y eso lo extrañé mucho cuando ella falleció. 

Si bien mi madre tuvo ese rol esencial, toda mi familia –con mi padre y mi hermana– siempre me apoyó, siempre tuvieron una palabra de aliento, el hacerme abrir los ojos frente a determinadas cosas. El apoyo familiar en una disciplina tan compleja es esencial, lo que no quiere decir que gente que no lo tenga no pueda llegar. Pero creo que a mí se me hizo muchísimo más fácil por el hecho de que estaban ahí. Cualquier altibajo que tuviera sabía que agarraba el teléfono y me iba a sentir diferente.

Mi madre me empujó, ella estaba súper segura de que el ballet a mí me iba a hacer feliz.

¿Pensás en cómo serías como madre de un bailarín?

Le diría, “¡no bailes por dios!” (se ríe). Creo que yo tendría que hacer mucha terapia y estar muy acompañada porque una sabe cómo es desde adentro y la línea entre obsesividad y compromiso puede ser muy fina.

Obviamente si es lo que quieren hacer los apoyaría porque lo mamé de mis padres, pero el haber tenido la experiencia desde adentro quizá puede ser contraproducente.

Tu amistad con Javier Pérez y Marina atraviesa toda la línea temporal que abarca el libro, ¿cómo es tu vínculo con ellos hoy? 
Somos como hermanos. Con ellos parece que el tiempo no hubiera pasado, nos contamos absolutamente todo. Hay confianza, fidelidad, respeto. 
Con Marina es como si el tiempo no pasara. Me encanta verla en ese otro rol (de coreógrafa y maestra) y verla desarrollada en algo que ella ama tanto. Somos muy compinches, muy de hablar todo, muy compañeras además de muy amigas. Y ese respeto nos une, entonces siempre nos divertimos en el salón estando juntas o ella estando al frente. Disfruto mucho de su éxito.
Y, según comunicó a los bailarines el ministro Pablo da Silveira, en 2021 Marina va a ser tu adjunta en la dirección del BNS. ¿Elegiste que te acompañara o te lo sugirieron?
No voy a hablar del año que viene hasta que sea el año que viene.

Más allá de los años, ¿qué te diferencia de la María que partió en 1998 hacia Estados Unidos?

Creo que sigo siendo la misma. La diferencia son las experiencias adquiridas estando tanto tiempo afuera, los vínculos que formé y los que mantuve. Quizá sigo con esa inconsciencia de creer que todo se puede y de dejar que la vida te lleve. Sigo siendo muy ansiosa. Siempre fui agradecida y cabeza dura. En el fondo, soy lo mismo pero con más experiencia arriba y unos cuantos años más. También más sufrida, me han pasado muchas cosas. Tengo el recuerdo de estar afuera, extrañar y llorar mucho. Lo único que me sacaba del sentirme sola era bailar y estar ocupada. Sufrí un montón pero el ballet me sacaba de todo eso.

Cuando llegaste, o incluso un par de años antes cuando participaste como bailarina invitada, te encontraste con una compañía dirigida por Julio Bocca totalmente renovada, ¿cómo la ves ahora?

Quería formar parte. El volver a un ballet nacional con el teatro terminado, con grandes producciones, con orquesta, con unos vestuarios divinos, con un teatro lleno. Fue una diferencia gigante. Y desde que entré hasta que salí en 2019 siguió creciendo en nivel de la compañía y de los bailarines, que ahora tienen una versatilidad que antes no –y esto es producto también de haber bailado más y en diversidad de repertorios clásicos y otros más contemporáneos–.

Es una compañía que funciona, que viaja, que hace grandes espectáculos, que hace giras, que trae maestros invitados. Y desde adentro es necesario darse cuenta de que se tienen las condiciones. Fue increíble para mí estar en Sudamérica y tener más funciones que las que se tenían en muchísimos teatros en el mundo. 

¿Cómo analizás el hecho de que bailarines talentosos del BNS decidan embarcarse hacia otras compañías? Por ejemplo, este año los uruguayos Lara Delfino y Nelson López y el brasileño Kauan Soares se fueron a la Oper am Rhein de Alemania y el año anterior se fue Gustavo Carvalho.

Creo que un bailarín tiene que tomar decisiones por sí mismo y buscar lo que le haga feliz. La carrera del bailarín es corta y me parece súper válido que busquen otras cosas. Un artista tiene que encontrar su lugar.

Te retiraste de los escenarios meses antes de que cerraran los teatros y pudiste hacerlo con un auditorio repleto. A un año de aquella despedida, ¿cómo te sentís?

Fue perfecto, como si hubiera sabido. Si me hubiera tenido que quedar todo este año haciendo clases por zoom… Admiro a todos los bailarines del mundo que siguieron con ese tesón y compromiso adelante.

Aunque suene contradictorio, nunca imaginé mi despedida, pero sí me la imaginaba cómo pasó. Esperaba esa calidez y fue maravillosa. Ver ese teatro que se caía abajo fue increíble y creo que no sucedió más. Me siento afortunada y feliz, creo que no me quedó nada en el tintero. No extraño nada bailar. Recién el otro día pensé en que tengo que tomar una clase de ballet para estirar. Me encantó disfrutar este año de los espectáculos como espectadora y no sentí remordimiento de no estar en el escenario.

Me retiré con 39 años y siento que estoy en la mitad de la vida. Vendrán otras cosas, otros desafíos. Estoy muy contenta con lo que estoy haciendo y muy tranquila también.

¿Haber dejado de bailar te amplió el espectro de posibilidades en el ámbito personal?

A mi vida personal nunca la dejé de lado. Siempre fue muy importante tener una familia, estar contenta, hacer cosas que me sacaran de mi cotidianeidad y rutina. Mi familia, amigos y pareja son mis cables a tierra. Haber tenido experiencias de vida y haber vivido la carrera sin una obsesividad me ayudó mucho en lo profesional. Terminé mi carrera y siento que tengo gente a la que puedo recurrir, que no hablo de ballet todo el tiempo. Me interesan otras cosas, me siento enriquecida por gente de otros ámbitos y eso lo considero buenísimo.

Sumarte como jurado de Got Talent este año también fue un paso bien distinto a lo que venías haciendo, ¿qué balance hacés de tu participación en el programa?

Acepté porque me tentaba la idea de hacer algo diferente. Implicaba llegar a la televisión y tener esa experiencia, y hacerlo desde un lugar en el que me sentía cómoda o capaz. Porque no pretendí ser algo que no soy. Me gustó mucho ver los sueños de la gente al subirse al escenario y vivenciar ese proceso y progreso. Me gustó el equipo, la producción de Canal 10 que es excelente y la calidez de la gente. Got Talent me dio una visibilidad súper linda, ahora tengo un público de niños y gente joven que me encanta y desde mi lugar puedo llegar a ayudar y aportar. Fueron muchos años bailando y haciendo lo mismo, entonces, por qué no.

¿Qué proyectos tenés confirmados para el año que viene?

Seguir con Got –que todavía no está confirmado pero estamos en eso–, varios trabajos con Unicef y la escuela de danza. Quiero ayudar en lo que me necesiten, estoy abierta.

 ¿Y la dirección del BNS?

Sobre todo eso volvemos a hablar en enero. 

 

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