El economista Ernesto Talvi, director académico del Centro de Estudios de la Realidad Económica y Social (Ceres), señaló esta semana ante un calificado auditorio empresarial que el rumbo del gobierno del doctor Tabaré Vázquez está en “consonancia con los complejos desafíos que se le presentan al país”. Es una buena noticia que la nueva administración haya tomado nota del cambio del contexto internacional y de la necesidad de corregir los desequilibrios macroeconómicos que heredó de la gestión de José Mujica. Es una actitud que muestra responsabilidad por la cosa pública y que aleja al partido gobernante de los discursos demagógicos y las medidas populistas en los que se están refugiando algunos gobiernos de América Latina creando la ilusión de que es posible navegar con el viento en contra de la economía sin un ajuste en la dirección del barco.
La nueva hoja de ruta del gobierno, más acorde con la realidad del enfriamiento de la economía, es necesaria pero no suficiente pues ahora habrá que tomar decisiones difíciles pero impostergables. Talvi dijo en la conferencia La situación económica y política en el Uruguay: el nuevo gobierno, el programa económico y perspectivas 2015 – 2020, el martes 11, que es necesario corregir los desequilibrios macroeconómicos y los “déficit estructurales” que en algunos casos son de “gran envergadura y refieren a áreas claves para el desarrollo del país”.
Pero lamentablemente no todo el rumbo del gobierno “está en consonancia” con los desafíos que enfrenta Uruguay. Para Talvi, en el área de la educación “habrá más de lo mismo”. Y “más de lo mismo” quiere decir más deterioro de la educación.
El debate educativo sigue encorsetado en torno a los recursos y en exigir a los docentes que cumplan su tarea con ahínco en las aulas, que por cierto son dos medidas necesarias. Pero no es una condición suficiente que el presupuesto para la educación pase del 4,5% del PIB a 6% en 2019 como proyecta el oficialismo para que mejore la calidad de la educación. La literatura científica arroja resultados divergentes acerca de la relación entre gasto y resultados.
Y si pensamos en la realidad de Uruguay, claramente no ha habido una correlación al respecto. Durante los gobiernos del Frente Amplio han aumentado los recursos para escuelas y liceos, los docentes han recibido inéditos aumentos de sueldos, pero los resultados académicos no han mejorado.
Según estudios de Ceres, el ciudadano promedio de Uruguay de entre 18 y 25 años tiene el equivalente a ocho años y medio de educación formal (ajustada por la calidad educativa), cuando deberían ser 11 años y aun así estaríamos en desventaja. El nudo gordiano está en los altos índices de deserción en secundaria y en las deficiencias en materia de calidad educativa. De las pruebas internacionales surge que uno de cada dos jóvenes carece de las destrezas mínimas para insertarse en el mercado laboral. Por otro lado, datos oficiales consignados por El Observador revelan que en la mitad de los liceos de ciclo básico de Montevideo repite más del 40% de los alumnos; en 2013, el 55% de los estudiantes de sexto año no aprobó el año, y casi la mitad de los que fracasaron no volvieron a inscribirse al año siguiente.
La situación es tan dramática que mucho más relevante que discutir el aumento de recursos y más exigencias a los profesores sería pensar y aprobar un nuevo sistema educativo que asegure resultados académicos de calidad para desenvolverse en el mundo global y cada vez más competitivo de hoy. El futuro de Uruguay depende de ello.
Como bien dijo Talvi: “Si fracasamos una vez más en reformar la educación, el esfuerzo que hagamos en todas las demás áreas nunca va a poder potenciarse”.