2 de octubre de 2011 21:39 hs

Romántico, festivo, reivindicativo, eternamente fresco. Apenas algunos argumentos para pintar el inmortal merengue y la bachata entrañable de Juan Luis Guerra, a quien Montevideo verá seguramente con su clásica postura con la mano en la oreja este miércoles.

Y será un encuentro que se tomó mucho tiempo en producirse. En reiteradas ocasiones se coqueteó con la llegada de uno de los dominicanos más famosos en toda Latinoamérica, sin que esta se produjera. Durante estos años, Guerra pasó por momentos de mayor fama y otros de ostracismo. Pero siempre, con algún tema nuevo o viejo, la música de Guerra, ese entrevero rítmico que pocos seres humanos resisten cuando el mensaje de todos los impulsos dice “baile”, se las ha arreglado para permanecer en radios y discotecas uruguayas.

Pero esta no es una de esas visitas en las que un músico llega a Montevideo en decadencia. Muy por el contrario, aunque pueda pensarse que los años de Bachata rosa y Burbujas de amor fueron los más prolíficos en la carrera del músico, lo cierto es que hace menos de un año, Guerra se llevaba una buena cantidad de Grammy Latinos. Triunfó en tres de las cuatro categorías a las que aspiraba, incluido la de álbum del año y volvió a colocarse en el mapa de los artistas latinos más buscados por los compradores de música y de entradas a conciertos.

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Lo nuevo del dominicano con algunas raíces en Estados Unidos (buena parte de su técnica musical y virtuosismo compositivo proceden de sus estudios en la famosa Berklee College of Music de la ciudad de Boston) es A son de guerra, ese disco que le valió nuevos gramófonos a su colección de premios.

“Este es un disco romántico y social. Es el tiempo de llamar a las cosas por su nombre y reclamar justicia, honestidad e integridad para todos los pueblos latinoamericanos”, dijo el cantante tras ganar su premio. Con esto queda claro que lo que premió el jurado de los premios no fue un giro musical decisivo, sino más de lo mismo: el Guerra crítico ya se veía desde los años noventa, con canciones como El costo de la vida, perfectas aplicaciones del concepto Help! beatlero: mensajes no tan alentadores y hasta en algún punto críticos que llegan de la mano de una música más optimista. En este caso, una verdadera fiesta de música.

Así como no deja nunca de lado la pata musical (sale al escenario siempre con no menos de 10 músicos), en sus conciertos Guerra tampoco omite otra de sus vetas más notorias: la religión. Convertido al cristianismo evangélico a partir de 2004, su discografía está intervenida por ese sentir a partir de ese momento. Y es otro giro interesante ver cómo ha utilizado su habilidad con las canciones para crear temas como Avispas, armado como un cadáver exquisito de versos bíblicos.

Es un tema que sonó en todas las discotecas del mundo, y que con seguridad será uno de los puntos altos del concierto del miércoles. En definitiva, que se acerca una celebración corporal y alegre junto a un artista entrañable y capaz de entretener como pocos lo saben hacer. Una visita que se hizo esperar en la que habrá música para ver y bailar.

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