“Los alemanes y los ingleses usaban balas con mercurio, así cuando el proyectil impactaba el tóxico iba directo al corazón y te morías al instante”. Ninguno de los hermanos Lemes confirmó la veracidad de aquella teoría que repetía su padre. Pero su frase dejaba entrever una lección: la botellita con mercurio guardada en el galpón de la casa era peligrosa.
Por eso cuando Pablo Lemes (47) discutió con su madre, quien se negaba a seguir dándole dinero para costear su consumo de alcohol, no lo dudó: en la tardecita de ese domingo 9 de abril le aclaró “esto se acaba fácil”, bajó al galpón de la casa en Las Piedras, abrió la botella con mercurio y se la tomó sin más. Apenas dejó un fondito gris metálico de gotitas que, como cuando se rompían los termómetros de antes, se unieron al instante como si estuviesen imantadas.
Ya había intentado suicidarse antes —un año y medio antes— con un frasco de pastillas. Pero ahora no quería margen de error y por eso apostó a ese mercurio que su padre había juntado “hace décadas” del instrumental de medición de la OSE en la línea de distribución de agua de esa área del departamento de Canelones.
El mercurio es, según la Organización Mundial de la Salud, uno de los diez elementos químicos más peligrosos para los humanos. Pese a esa advertencia —y pese a la frase sobre las balas de la Segunda Guerra Mundial con que insistía su padre—, la de Pablo fue una muerte lenta: falleció el Día de la Independencia de Uruguay, cuatro meses y medio después del intento, tras sucesivos lavajes de estómago, infecciones intrahospitalarias, un alta pasajera a una clínica de rehabilitación, y un adiós que su familia todavía no pudo anunciar.
Porque el cuerpo de Pablo está refrigerado, guardado en un cajón sellado de acero inoxidable, y rodeado de dos bolsas plásticas que llevan la inscripción: “Peligroso”.
Recién este martes, 11 días después de registrada la muerte, la jueza María Leticia López autorizó la apertura del ataúd para realizar los “tratamientos correspondientes” con el fin de darle sepultura al cuerpo de Pablo de una manera segura. Sin riesgo de contaminación ambiental. Y ahora la responsabilidad está en Necrópolis municipal y lo que dicta un protocolo de Salud Pública construido especialmente para la ocasión.
“Raro”
Cuentan que Aristóteles fue el primero en describir científicamente el mercurio, al que, por su apariencia, llamó “plata líquida”. Tan embelesados estaban los griegos con ese metal natural que algunos lo tomaban pensando que les daría prosperidad. Los incas lo usaron en sus pinturas, los árabes en sus paredes y en la Edad Media era la perdición de los alquimistas. Antes de conocerse su toxicidad sirvió para el combate a la sífilis, para los barómetros, los termómetros y la luminaria pública. Hasta que la afectación masiva en la bahía de Minamata, Japón, demostró el daño que era capaz. Hace diez años, un convenio internacional que lleva el nombre de esa zona japonesa y que Uruguay ratificó, prohibió las emisiones, liberaciones y compuestos de mercurio.
De ahí que la ingesta de este metal sea “raro”. Mucho más extraño para intentar un suicidio que, en Uruguay, siete de cada diez lo concretan con ahorcamiento. Las pocas intoxicaciones con mercurio que registra el Centro de Información y Asesoramiento Toxicológico son casos “aislados y accidentales” que no llegaron a la muerte, como una niña que se comió una pequeña cápsula de mercurio que sus padres había puesto en una maceta pensando que eso limpiaba los malos espíritus.
Durante el tiempo que Pablo Lemes estuvo internado, desde el CIAT en Montevideo iban dando instrucciones a los médicos tratantes. Dada la extrañeza del caso se confeccionó un protocolo para enterrarlo que involucró a cinco organismos públicos e implica un baño de azufre, el cajón metálico y hermético, el cartel de peligrosidad, una fosa más profunda que de costumbre y revestida de concreto, y la imposibilidad de reducir el cuerpo hasta, al menos, el próximo lustro.
La familia no sale de su asombro. Ni bien había ocurrido el intento de suicidio visitaban a Pablo en el hospital, le daban la mano, y nadie les advirtió nada. El 26 de agosto, el día después de la muerte de su hermano, Fernando Lemes fue en busca de su vestimenta de duelo y se acercó a la funeraria para la despedida “normal” de su familiar. Hasta que ahí, en el momento, se enteró que la sepultura quedaba suspendida y que el contacto con el cuerpo era “peligroso”.
Sucede que desde la mutualista en Las Piedras el cadáver había salido hacia la funeraria con la clasificación “A”, una muerte natural que no es infectocontagiosa. Y, enterada de ese atropello, la Intendencia de Canelones exigió la revisión de la codificación. Al menos eso declaró a El Observador Pedro Irigoin, coordinador de Gabinete Institucional de la Intendencia de Canelones.
Fuentes de la mutualista, por su parte, explicaron que desde el momento en que se supo la peligrosidad del caso, el paciente se trabajó con aislamiento y los intensivistas usaban la misma protección que con covid-19 (esa suerte de traje de astronauta) porque el mercurio a temperatura ambiente se evapora.
Según la narración que Pablo les hizo a sus hermanos durante el tiempo que estuvo consciente, había bebido una pequeña bebida cercana al cuarto litro. Algunos médicos estimaron que la ingesta pudo ser todavía mayor. Y lo que terminó agravando su cuadro y desencadenó la muerte fue la perforación de los intestinos.
Era un final que, según los toxicólogos, tarde o temprano sucedería. El mercurio es un material más pesado que el agua y poco a poco se va sedimentado en los tejidos. Afecta el sistema nervioso, causa insuficiencia renal y hasta parálisis cerebral.
En las cantidades que todavía persisten en el cadáver de Pablo, porque parte lo fue eliminando y parte lo fueron extrayendo los médicos en las intervenciones, no es demasiado peligroso para las personas que manipules el cuerpo, aclaró la catedrática de Toxicología Alba Negrín. Pero sí "es peligroso para el medio ambiente" y por eso el “discutido protocolo” de entierro que requirió de asesoramiento internacional.
Esa misma lógica tuvo que emplear la mutualista pedrense para deshacerse de la materia fecal, la orina y las vestimenta que usaba Pablo durante su internación. La Intendencia de Canelones trataba a los residuos como contaminantes peligrosos y cuyo destino es separado de los desechos convencionales.
Mientas, las gotas de mercurio que quedaron en la botellita, dice su hermano, todavía siguen en el galpón de la casa. Y el cuerpo de Pablo espera la decisión final en el refrigerador.