La fotografía de Luis Lacalle Pou en el Palacio Legislativo hablando desde la banca parlamentaria que ocupó durante años cuando fue diputado recorrió las redacciones internacionales durante la inauguración ante legisladores de todo el planeta de la II Comisión Mundial de Comisiones del Futuro.
Invito a detenernos en una reflexión que realizó. "Hoy se dificulta separar lo urgente de lo importante", puntualizó y expresó que toda herramienta ―como la inteligencia artificial― puede ser mal o bien utilizada y que, por ello, la capacidad de adaptación del individuo debe ser más veloz, pero que por eso "no se debe abordar como tema el futuro con una visión patológica", remató.
Cuando una sociedad se regula y se legisla por la parte patológica se equivoca, porque lo virtuoso ha hecho que la sociedad evolucione, argumentó. “Siempre el futuro va a ser mejor que el presente”, concluyó.
El optimismo planteado por el presidente llamó la atención. Va a contracorriente de las visiones apocalípticas del futuro que son mucho más comunes y conocidas que las positivas. Pienso en películas de cine como Mad Max (1979) Blade Runner (1982), Matrix (1999) donde el futuro es espantoso. Lo es incluso la reciente y aclamada Oppenheimer (2023) que plantea la posibilidad futura de una reacción en cadena tras la eventual detonación de una bomba de hidrógeno. Todos los filmes mencionados ponen los pelos de punta: plantean futuros horribles muy alejados al planteo optimista del presidente.
A los hechos me remito: la humanidad está mucho mejor ahora que hace 100 años y hace 100 años estaba mucho mejor que 200 años atrás. Disminuyó la mortalidad infantil, vivimos más años, hay menos pobres, más alfabetos, en general hay mayor acceso al agua y la gente que pasa hambre disminuyó.
¿Eso quiere decir que está todo bien? Obvio que no.
En este presente que algún día fue futuro somos también mucho más conscientes de las desigualdades, de los problemas, de las injusticias y las inequidades. Temas como el cambio del clima, las migraciones, la violencia contra las minorías, la fuerza del narco y la corrupción saltan a la opinión pública mucho más rápido que antes.
Volviendo: ¿hay espacio para no temerle al futuro en Uruguay? Sí, hay. Estamos mejor que hace 20 años. Pero lo que viene depende de que cada uno de los uruguayos sea responsable con la libertad que se goza en el país. Sin ser autorreferencial y creernos los mejores del mundo, hay que aprovechar la próxima campaña electoral para poner arriba de la mesa los temas que todos sabemos que hay que encarar. Luego, si entran o no en la contienda del debate electoral es otra cuestión, pero sí tienen que estar en la agenda política.
En Uruguay, empezando por el presidente y siguiendo por los expresidentes, los políticos en su mayoría gozan del respeto de la población y son populares. No solo pueden ir a cualquier lado sin custodia, sino que no tienen problema en participar juntos de eventos que le hagan bien al país. Por ello es poco probable que aparezca un Javier Milei antisistémico. Acá la política tiene credibilidad. No perderla es fundamental.
El diálogo entre opositores y oficialistas ―salvo excepciones― fluye y pese a los antagonismos, cuando las papas queman, por lo general hay acuerdos: crisis de 2002, creación del Mides, apoyo a la política internacional ante los puentes cortados por Botnia, Fondo Coronavirus, etc.
Pero todo puede cambiar de un día para el otro si la piola se tensa tanto que deconstruye la comunidad espiritual a la que hacía alusión Wilson Ferreira Aldunate al referirse a los uruguayos. Y eso sucede cuando los políticos que representan a los ciudadanos no encaran las demandas que la época, la gente y las circunstancias claman.
Es ahí donde el Estado uruguayo cumple de amortiguador de las tensiones. Por eso no sirve un Estado que no sea flexible y atento para adaptarse rápidamente a los tiempos con capacidad de cambiar y transformarse permanentemente.
El Estado es, en Uruguay al menos, el motor que determina qué tan rápido o despacio nos acercamos al futuro. Por eso es necesario repensarlo permanentemente, mantenerlo en forma y ágil de reacción para impulsar la creatividad y que no se transforme en un freno para la potencialidad de la República.
Siendo el peso del Estado tan grande en la vida de los uruguayos y su papel como empleador tan relevante, resulta una tentación inevitable para los partidos. Allí todas las fuerzas políticas colocan partidarios y militantes no siempre pensando obsesivamente en el destino de la oficina que ocupan y sus resultados, sino en el cargo en sí mismo. Es allí donde la sumatoria determina la velocidad de muchas cosas y esta sumatoria muchas veces es negativa. Lo que es un problema.
Construir entonces un futuro positivo para Uruguay tiene también que ver con cómo, con quién y para qué administramos el Estado y su presupuesto millonario. El porvenir de Uruguay tiene que ver con la honestidad con la que respondamos esta pregunta y la pericia con que lo gestionemos y lo articulemos día a día. Porque hay una cosa que el Estado nunca podrá hacer y es soñar con un futuro luminoso y de prosperidad.
Eso es tarea de los individuos.