3 de febrero 2024 - 9:00hs

Me gusta conversar. Pero esto puede resultar contradictorio si alguna vez me cruzaste: en general tiendo a tener la boca cerrada, no hablo demasiado y trato de no usar la voz si no es necesario. Ya hay demasiado ruido en este mundo como para seguir colaborando en la distorsión. En realidad, creo que más que conversar me gusta estar en una conversación. Me gusta que haya un tema que me apasione arriba de la mesa y el ida y vuelta fluya; que los argumentos se crucen, se encuentren y se opongan; que los conceptos y las conclusiones se vayan desenroscando en el aire, y que eso sea gracias a la palabra, a la saliva gastada y, por qué no, a los vasos vacíos que se acumulan a medida que las horas avanzan.

Hay veces que me obsesiono con algunas cosas y no paro de buscar conversaciones sobre ellas, las fuerzo, las persigo. La más reciente: Anatomía de una caída, la película de la francesa Justine Triet que se puede ver en cines uruguayos. Con cada persona que sé que la vio he intentado tener algún tipo de intercambio. De hecho, creo que me gustó tanto verla como salir de la sala y pasar un rato largo charlándola con mi pareja. Al rodearla de palabras, al pensarla de forma conjunta y en detalle, estirando ese diálogo sin forma ni audiencia, terminó de consolidarse como una de las experiencia que más disfruté en los últimos días.

Toda esta cháchara sobre la conversación tiene un motivo, y es porque el tema de este primer Epígrafe del 2024 parte de allí: así como con Anatomía de una caída ha monopolizado mi interés conversatorio en las últimas horas, MANIAC, el último libro del chileno  Benjamín Labatut provocó lo mismo durante las primeras semanas de enero. Como la película de Triet, y sobre todo como su anterior libro —el best-seller Un verdor terrible—, lo nuevo de Labatut tiene mucho para discutir y charlar. Habla de las obsesiones que le dan forma a nuestro mundo, de los delirios de la razón, de la incógnita de lo que se nos viene con el desarrollo de la Inteligencia Artificial, del factor humano frente lo implacable que parece ser el poderío de la maquinaria. Algo de eso vas a poder encontrar más abajo, si seguís leyendo.

Antes, tengo que decir que si me querés escribir podés hacerlo a [email protected]. Porque, además, tengo una pregunta para hacerte: ¿qué estuviste leyendo en verano? A mí los primeros días del 2024 y las consiguientes vacaciones me encontraron en México y, como soy una persona muy sintomática, las lecturas se me empañaron de ese país. Como algo de eso te voy a contar en el futuro, en otra edición de esta newsletter, solo adelanto que me leí de nuevo Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño. Si más o menos me seguís la pista, sabés que es uno de los libros que me cambió la vida. Volver a él y hacerlo en las mismas calles y escenarios donde suceden sus aventuras fue emocionante. Como llegar a una fiesta empezada y que estén tus amigos, esos que no ves hace años, esperándote con una copa en la mano y el abrazo pronto.

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Azul de Prusia, Heisenberg vs Schrödinger, todo lo demás

Para Benjamín Labatut el mundo explotó en 2020. No estoy hablando de la pandemia, y tampoco del arsenal bélico que atraviesa de manera ominosa su obra; ese año, este autor chileno nacido en Róterdam, Holanda, y que escribe sus libros en inglés, publicó en Anagrama Un verdor terrible, su primera novela. Hasta ahí su nombre estaba en el dominio de un puñado de lectores que habían accedido a sus cuentos y a otras publicaciones de corte más ensayístico, pero después de ese libro se convirtió en patrimonio literario global. Vendió cientos de miles de copias,  Un verdor terrible pasó a ser muy difícil de encontrar en librerías porque se agotaba de forma inmediata, las críticas elogiosas se acumularon, y todo pasó a un nivel todavía más estratosférico cuando sucedieron dos cosas: la novela resultó finalista del International Booker Prize, y el expresidente de Estados Unidos Barack Obama la sumó a su clásica lista de fin de año.

A veces el ruido en torno a los libros compromete su lectura, incluso puede atentar contra la obra futura del autor. Nada de eso pasó, y si fue así es porque es evidente que Labatut tiene una capacidad demencial para fusionar como pocos un universo durísimo y complejo como el de la ciencia, y la narrativa más pura, aquella que se preocupa sobre todo por contar historias que valgan la pena, por delinear personajes fascinantes, para extraer toda la pureza de la ficción en la realidad.

Un verdor terrible es excelente. Es un libro oscuro y demandante, pero extrañamente hipnótico. Lo leí el año pasado, casi a esta misma altura del año, y me fascinó. Es un texto difícil de clasificar, donde las historias de un puñado de genios —Fritz Haber, padre de la guerra química, y del terrible Azul de Prusia; Erwin Schrödinger y Werner Heisenberg, socios y rivales en la física cuántica, entre otros perfiles— le dan forma a un relato donde la ciencia se hunde de a poco en los abismos de la ficción, y la ficción se aprovecha de la ciencia para impulsarse. Hace poco lo recomendé y esa persona, después de empezarlo, me dijo: “Como no leí este libro antes”. Por si sirve de algo.

La razón, la máquina, la humanidad y sus errores

La segunda novela de Labatut ya está en librerías uruguayas. Se podría decir que se hizo esperar, pero la verdad es que la escribió volando. Y más rápido todavía se tradujo a nuestro idioma: se titula MANIAC  —en mayúsculas porque es una sigla— y, como en Un verdor terrible, Labatut echa mano a tres historias vinculadas sobre todo a la matemática para darle forma a una búsqueda que ocupa décadas y que deriva en, quizás, la mayor revolución que como especie enfrentará nuestra generación: el desarrollo expansivo, voraz e imparable de la Inteligencia Artificial.

En este tríptico sobre la fina línea entre la razón y el delirio, la concreción de los sueños o la posibilidad de hundirse para siempre en ellos, la historia que le da el puntapié inicial al relato es el físico austríaco Paul Ehrenfest. Racionalista puro, convencido del carácter benigno de la ciencia, el hombre no soporta la forma en la que el nazismo se apropia de los avances de la época para expandir el terror por Europa, y entonces mata a su hijo y luego se suicida. Es un primer episodio breve, que sirve de preámbulo para el que ocupa la mayor parte del libro, y que funciona a la vez como alma de lo que Labatut, en el fondo, quiere contar: la historia de John Von Neumann y sus derivaciones históricas y científicas.

Von Neumann fue una figura peculiar. Este matemático húngaro nacido en 1903 y muerto en 1957 sentó las bases matemáticas de habilitaron muchos de los descubrimientos científicos más importantes del siglo XX. El problema es que estaba dominado por una racionalidad desmedida, el culto al progreso y un egoísmo que lo mantenía alejado de cualquier conflicto moral que despertaran sus descubrimientos. Por Von Neumann existen las bombas nucleares —se paseó bastante por el proyecto Manhattan, el mismo del querido J. Robert Oppenheimer en el desierto estadounidense—, las computadoras, la teoría de juegos, y por él, que en un momento comenzó a soñar con conciencias autónomas que pudieran reproducirse a sí mismas sin la ayuda de sus humanos creadores, es que llegamos hasta este momento de la historia: la era de la IA desbocada.

En ese sentido, MANIAC presenta a este personaje a partir de la visión de las personas que estuvieron a su lado, o en realidad a partir de una reconstrucción ficcional que Labatut hace de ellas. Cada una colabora para pintar el fresco de este sujeto fascinante y conflictivo, y este es un ejemplo:

«Uno de los grandes misterios de la vida, o de mi vida, al menos, es que un individuo tan inteligente como mi esposo pudiese ser, al mismo tiempo, un completo idiota. Así no era el hombre de quien me enamoré. Mi hombre, el que yo conoci frente a la ruleta, era un ser sin esperanza, a la deriva, perdido y lleno -como yo siempre lo estuve, a reventar- de energía, potencial y deseos que no podía satisfacer, ya que no era capaz de encontrar nada que los contuviera, nada a lo que entregarse por completo. Johnny tuvo una vida afortunada, sin angustias, sin conocer el fracaso, y, por ende, no entendía las inseguridades que torturan al resto del mundo; nuestras incertidumbres, la incomodidad, la falta de autoestima que atormenta a las personas comunes y corrientes, le eran ajenas, porque siempre fue más inteligente y mejor que los demás. Pero en ese casino, que era el epicentro donde se reunían los jugadores más depravados e incurables de toda Europa, se veía tan triste, desesperado y vulnerable, perdiendo una y otra vez, que no pude evitar acercarme, sentí que compartíamos algo, una profunda desilusión con el mundo, y cuando él me miró con esos ojos pardos enormes que irradiaban inteligencia, y me explicó que tenía un complejo sistema para vencer el caos de la ruleta, yo me enamoré en un instante, y me quedé a su lado, disfrutando el goce de ver a tanta gente arruinar sus vidas, mientras él anotaba números y resolvía ecuaciones.»

Leer MANIAC es una experiencia sobrecogedora. En muchos sentidos. Para empezar, hoy nos resulta perturbadora la idea de lo que la IA puede llegar a lograr —a mí, personalmente, me da mucho miedo; puede ser que haya visto demasiadas películas—, pero exponerse al hecho de que la pulsión por encontrar la singularidad sale de nuestros deseos más irracionales como especie, y que el camino que nos trae hasta esta realidad contemporánea empezó hace tanto y de formas tan, por momentos, delirantes, es realmente truculento. 

John Von Neumann

Por otro lado, Labatut trabaja muy bien el hecho de que entre la locura y la genialidad hay una brecha muy pequeña; es casi como tirar una moneda al aire y ver para qué lado cae. Y, en ese caso, es necesario saber que la moneda puede darse vuelta en cualquier momento, caiga para el lado que caiga. Su colección de científicos, a cuál más trastornado por las profundidades del conocimiento a las que llegan y lo que eso permite, funciona como piedra angular.  Y en ellos, el delirio y la paranoia caminan casi de la mano con sus cerebros extraordinariamente desarrollados.

La tercera historia llega hasta nuestros días. Es una crónica del partido de Go —un deporte chino milenario que es bastante parecido a las damas— que enfrentó en 2016 al máximo campeón mundial de esa disciplina, el coreano Lee Sedol, y a AlphaGo, un programa de inteligencia artificial diseñado por DeepMind, la empresa que hoy pertenece a Google. El enfrentamiento es algo así como una reedición moderna del clásico duelo hombre-máquina que llevó adelante el campeón de ajedrez ruso Garry Kasparov y el programa Deep Blue de IBM a fines de los 90.

En este caso, la historia funciona como colofón a todas las ideas que germinaron en el capítulo de Von Neumann: finalmente, la raza humana debe medir sus fuerzas contra una inteligencia superior que nosotros mismos creamos. Tenemos un paladín, que es Sedol. Ellos, las máquinas, tienen el suyo: una aplanadora capaz de calcular millones de probabilidades en milésimas de segundo.



No voy a revelar cómo termina el duelo acá, solo decir que incluso sabiendo el resultado —basta con leer Wikipedia o ver el documental AlphaGo, de 2017— la forma en la que lo plantea el autor chileno es digna de los mejores relatos deportivos, esos que te dejan al borde del asiento y donde una jugada sorpresiva, un golpe maestro que llega de la nada —incluso cuando, la verdad, el juego al que juegan se entiende bastante poco—, te deja prendido del alambrado. Anonadado. 

Pero por fuera de su capacidad para manejar los ritmos de la narración, es en esta última parte donde Labatut expone su costado más humanistaMANIAC dispara todo tipo de conversaciones, de debates, también algunos temores sobre los caminos que estamos tomando como especie, pero el subtexto no deja de estar afianzado a una confianza casi total a la capacidad que tiene el ser humano de abrazar el error, de convertir el caos que nos gobierna en un valor, y progresar a partir de allí. Y como las equivocaciones todavía no entraron en el espectro de las máquinas, como sus ecuaciones las dejan afuera, tenemos una ventaja. Si logramos esquivar el brillo seductor de lo inalcanzable, ese destello que enloqueció a Ehrenfest y a Von Neumann, vamos a estar más cerca de lograr lo que, a priori, deberíamos empezar a intentar garantizar: la supervivencia de todo lo bueno que, al margen de nuestras miserias y horrores, hemos logrado como especie.

«Los seres humanos comunes y corrientes son distintos. No cabe duda que mienten, engañan y conspiran, pero también cooperan, se pueden sacrificar por otros y toman decisiones caprichosas. Los hombres y las mujeres siguen sus instintos. Cometen errores y descuidos, o simplemente obedecen a una corazonada. Porque la vida es mucho más que un juego. Su verdadera riqueza y complejidad no puede ser capturada con ecuaciones, sin importar cuán hermosas sean. Los seres humanos no son los perfectos jugadores que von Neumann y yo suponíamos. Pueden ser completamente irracionales, pueden verse sacudidos o dominados por sus sentimientos y sufrir todo tipo de contradicciones. Y aunque esto desencadena el caos ingobernable que vemos a nuestro alrededor, también supone una gran misericordia, un extraño ángel que nos protege de los delirios de la razón.»

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