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Anthony Hopkins ganó su segundo Oscar a Mejor actor por su papel en El padre

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El padre: el abismo de la vejez según sir Anthony Hopkins

Se estrenó El padre, sorpresa en los Oscar 2021 y una película formidable que se mete en el doloroso laberinto de una mente que pierde sus facultades

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07 de agosto de 2021 a las 05:03

Podría ser un buen ejercicio: tomar una balanza imaginaria, poner de un lado el miedo a la muerte, y del otro lado el miedo a perderse en los abismos de la mente, en el olvido, en la demencia senil. Ver qué pesa más. Qué le pesa más a cada uno. Sí: sería un buen ejercicio. Perturbador y revelador. Ver si es más dolorosa la posibilidad –creencias religiosas aparte– de la inexistencia y la nada que sobreviene después del final, o si es preferible eso al hundimiento paulatino en las sombras de la memoria, en el espiral del olvido que atropella todo y que, a su manera, también te pone ante la nada, pero peor: la nada en vida. 

Por eso, es altamente probable que haya consenso: el alzhéimer es terrible. La posibilidad latente de padecerlo es atroz. Nadie quiere asomarse a ese precipicio, pero lo cierto es que está mucho más presente de lo que se piensa; casi 50 millones de personas lo padecen en todo el mundo, según la Organización Mundial de la Salud. Son números truculentos.

Como todo dolor humano, la enfermedad –y sus coletazos y dolencias periféricas– ha tenido su reflejo en el cine. Ahí está, por ejemplo, el tremebundo relato de Michael Haneke en Amour, que no habla específicamente de alzhéimer, pero que duele de manera similar. También el enternecedor documental chileno El agente topo, en el que hay fogonazos de la enfermedad en medio de una historia que se pone cada vez más sui generis. Está, además, en las rioplatenses El hijo de la novia y La demora. En el golpe prematuro que sufre el personaje de Julianne Moore en Siempre Alice. Y ahora, más claro o más difuso, en El padre, el debut como director del francés Florian Zeller. 

Hablar de El padre en 2021 es hablar de los Oscar, y pese a que eso puede ser sinónimo de sopor, aburrimiento e irrelevancia, por la película de Zeller se puede hacer una excepción: El padre fue la película díscola, la que llegó a la premiación en silencio y sin alharacas, la que pocos habían visto, la que terminó llevándose dos premios –Mejor guion adaptado para Zeller, Mejor actor para Anthony Hopkins– y la que, después, corrió de boca en boca. Pequeña, contenida, sorprendente, si podías, tenías que verla. Y ahora, finalmente, se puede ver.

El padre acaba de llegar a los cines nacionales y, aunque no se puede obviar que su travesía por las aguas turbulentas de la piratería tiene un recorrido de varios meses, es una buena noticia que esta ópera prima toque las pantallas gigantes. Si bien su historia de origen coquetea con las tablas –es una adaptación al cine de un éxito teatral que el propio Zeller montó y dirigió durante años, y que tuvo hasta una versión local en El Galpón protagonizada por Julio Calcagno–, hay mucho cine en ella, tanto que el nombre de Zeller, de ahora en más, es uno de esos que hay que apuntar.

El ocaso de una mente

Anthony –Hopkins– es un octogenario londinense que está empezando a olvidarse de las cosas. Vejez, se excusa él. Su hija Anne –siempre extraordinaria Olivia Colman– sabe que la cosa no va por ahí, y por eso trata de adosarle una acompañante que vele por su salud y, en algún sentido, ocupe el espacio que ella no puede ocupar porque también tiene una vida que atender. Anthony se enfurece, se apena, se retuerce y se divierte. Se aferra a su condición y trata de decodificar su situación. Las cosas se le entreveran. Los rostros se intercambian. Las conversaciones se interrumpen, se repiten, y se vuelven a interrumpir. Y ahí la realidad se trastoca. El desentendimiento pasa a ser compartido entre el protagonista y el espectador. ¿Qué pasa ahí adentro? ¿En qué lugar exacto estamos parados? 

Parece lógico que El padre se haya llevado unos cuantos premios por su guion: su propuesta está arraigada en un andamiaje que se va cimentando minuto a minuto, que utiliza hasta elementos del policial, y que con cada expresión de desconcierto de Anthony encuentra nuevos pliegos y misterios. Aun a pesar de la teatralidad de muchas de las intervenciones de los personajes, la manera en la que Zeller pone la cámara para construir su historia, y cómo se sirve de los espacios para recrudecer la atmósfera, es puramente cinematográfica. El propio apartamento empieza, en un momento, a ser una caja de relatos, una llave a las incógnitas del personaje. Una puerta, una ventana, una habitación: todo puede ser moldeado en esta arquitectura mental desplegada en escena.

A Hopkins lo acompaña la gran actriz Olivia Colman, como su hija Anne

Pero el principal dispositivo para el éxito de la película, además de sus aciertos estructurales y estéticos, está en Hopkins. Para empezar, hay que admirar la valentía de este caballero de la actuación que, con 83 años, decide explorar y casi que someterse a los padecimientos de un veterano atormentadísimo que bien podría ser él mismo. Él, en ese laberinto infernal de la mente. Se necesita coraje, está claro, porque el personaje es un espejo, y Hopkins se anima a enfrentarlo. De hecho, la decisión de nombrar al personaje como Anthony se le ocurrió a Zeller como manera de abrir una puerta a lo desconocido –en la obra original el hombre se llama André–, y el actor, a pesar de algunas inseguridades primarias, aceptó.

“Él estaba un poco temeroso –le contó el director a The Guardian–. Me preguntó: ‘¿Estás seguro?’ Le dije que importaba. Iba a funcionar como una puerta que podíamos abrir en cualquier momento durante el rodaje para que él se conectara con sus propios sentimientos. Quería que no fuera necesario actuar, que se sintiera abrumado por sus emociones, miedos y su propia mortalidad. A veces le resultaba muy doloroso”.

Hopkins se luce y justifica todas las loas y premios que recibió. El suyo es un personaje complejo, sublime, en ocasiones insoportable, violento, y en otras extremadamente vulnerable, querible y gracioso. Es consagratorio para alguien que ya se consagró varias veces, y la conmoción que atraviesa durante todo el metraje llega a un clímax que hace añicos cualquier indiferencia de parte del espectador. Anthony Hopkins es enorme, y con El padre prolonga su leyenda.

El personaje de Hopkins también se llama Anthony, en un juego de espejos estremecedor

Habrá que seguir, de ahora en más, los caminos de Florian Zeller. De pique se mostró como un cineasta interesantísimo, preocupado por los caminos laterales de temas que, todavía, parecen tener poco espacio en la consideración general; en el caso de El padre, la vejez, la demencia y sus coletazos a bocajarro. Lo siguiente será un ejercicio parecido al anterior: adaptará al cine El hijo, otra obra teatral de su autoría que forma parte de la misma trilogía que la historia protagonizada por Hopkins –la tercera es, claro, La madre–. Con el antecedente todavía fresco de esta inteligente, dolorosa y en ocasiones enigmática primera película, ese proyecto se merece al menos la atención y la expectativa que, en principio, genera.

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