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El psicólogo que le ganó a los prejuicios y demostró que fútbol y estudios son compatibles

Hace 20 años, en tiempos en los que en el mundo del fútbol los libros y la pelota no estaban en sintonía, Axel Ocampo le ganó al entorno: creció en la exitosa generación 1987 de Nacional, con Luis Suárez, y estudió doble turno en el Liceo Francés. Un día la pelota le puso un límite, pero siguió en las aulas y a sus 32 años trabaja en las selecciones uruguayas 

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16 de marzo de 2019 a las 05:02

Es protagonista de una historia que rompió formas, por donde se mire. Hace 20 años, en tiempos en los que el fútbol y los estudios todavía gruñían, cada vez que esos asuntos se representaban en un joven, Axel recorrió las aulas con singular éxito y se destacó por su capacidad futbolística. Estudió hasta recibirse de psicólogo, y jugó hasta que sus habilidades con la pelota le pusieron un límite. Las mismas que le habrían puestos sus condiciones naturales, pero con un detalle: el día que se retiró tenía un respaldo académico que lo ubicó en un lugar diferente. Luego, por esas vueltas de la vida, terminó en el fútbol.

“Mi vocación, y la profesión que tengo arraigada en mi personalidad, es la de futbolista. Me siento futbolista”, se define Axel Ocampo, de 32 años, uno de los dos psicólogos de las selecciones juveniles de fútbol que trabajan en el Complejo de la AUF. “Mi familia siempre me inculcó el estudio y no me dio otra opción. Si quería jugar al fútbol no hacía problema, pero solo podía hacerlo después del estudio, que debía ser mi actividad principal”, dice con el orgullo que le genera haber logrado ese difícil equilibrio para disfrutar la pasión del fútbol y alcanzar un título universitario.

En el mundo actual, donde lo que reluce son las luminarias del éxito deportivo, el dato más taquillero de la vida de Ocampo es que hizo su carrera en juveniles con Luis Suárez, Martín Cauteruccio, Bruno Fornaroli y Pablo Caballero. Integrantes de la generación 1987.

El aspecto más relevante de esa misma vida, que se pierde entre las luces, es que cuando la pelota lo descartó, estaba blindado para terminar como psicólogo.

Cuando Ocampo empieza a desandar el camino en una charla con Referí, las historias de sacrificio se repiten, y se encargan de encastrar la carrera perfecta.

Nació y vivió en Sayago. Es descendiente de franceses, lo que le habilitó a su familia a gestionar una beca en el Liceo Francés. Sus habilidades con la pelota lo llevaron a las juveniles de Nacional a fines de los años 1990, en tiempos en los que pocos jugadores estudiaban, porque no estaba instalada esa cultura, y mucho menos que hicieran doble horario en un colegio que tenía una carga académica muy alta.

“Fue complicado complementar las dos actividades, pero lo logramos. Me iba a las 6 de la mañana de mi casa y volvía de noche, para estudiar o hacer trabajos. Y me fijé como meta terminar el liceo, porque mis padres me dijeron que una vez que lo terminara, aflojarían un poco”, explica.

Sin embargo, el día que llegó a esa meta, se encontró en una encrucijada. “Terminé el liceo y me vi en la incertidumbre de no saber qué hacer. Mi vocación era futbolista. No tenía pensado más allá del liceo. Hice Comunicación. Fui a la Udelar, cuando la facultad estaba en el Buceo. Terminé primer año pero no me adapté al cambio porque teníamos clases numerosas. También fue un año muy especial a nivel personal, porque me fracturé. En ese momento jugaba en Wanderers. Entonces, en el verano, descubrí la psicología”, revela.

Vivía contrarreloj. “La práctica en Nacional comenzaba a las 14.30 o las 15, y yo llegaba a las 16. Nacional fue flexible, porque fue la condición que estableció mi padre para poder jugar allí. En el club me arroparon, me permitieron llegar con las prácticas empezadas y muchas veces llegué al segundo tiempo de los partidos. Me cambiaba en el entretiempo y esperaba en el banco”, recuerda.

“Me iba en taxi del Francés, que estaba en el Centro, hasta donde entrenábamos o jugábamos. Y en Sexta y en Quinta, Nacional me puso un profe –Galán, que fue muy importante–; de lunes a jueves entrenaba solo con él y los viernes, cuando salía más temprano del liceo, practicaba con todo el equipo”.

Varios entrenadores lo marcaron en su carrera en Nacional, y lo cuidaron para que siguiera estudiando. Alejandro Garay porque fue el primero que lo arropó en Séptima, con esa visión que tiene el entrenador de la sub 17 de la selección en aquellos tiempos en los que estaba instalado que era fútbol o estudios para quienes pisaran una cancha. Ricardo Perdomo lo acompañó con las mismas atenciones luego, y Daniel Enriquez, el gerente deportivo de Nacional, fue el que cuidó que aquel botija que tenía condiciones para el fútbol, pero no tenía su futuro asegurado, pudiera sentirse resguardado como estudiante y futbolista.

“Era complicado entrar al vestuario en esos tiempos, porque con 13 años no entendían que pudiera llegar más tarde porque estudiaba, veían que podía tener ciertos privilegios. Además, llegaba de uniforme, y el resto con ropa informal o deportivo”, puntualiza. “Al principio les pareció extraño. Luego lo naturalizaron y me entendieron”.

Ocampo extendió en el tiempo una íntima amistad con Cauteruccio y Caballero, y participa en un grupo de chat con aquella generación.

La vida del futbolista sacrificado tiene dos historias que no olvida. “Recuerdo un partido en el Fossa, contra Sud América, por el torneo de Quinta. Jugaba mucho en ese momento. Llegué en el entretiempo y Murmullo (Perdomo) me dijo: ‘Cambiante que entrás’. Me había bajado del taxi hacía 10 minutos. Entré y convertí”, puntualiza, y recuerda también: “Cada minuto de fútbol que podía pellizcar era la gloria para mí. Esta anécdota sucedió en el Nasazzi, en un partido contra Bella Vista. El juego estaba parejo, ganábamos con lo justo y estaba muy difícil. Me habían mandado a la cancha para jugar los últimos tres minutos. Corrí para todos lados y no había podido tocar una pelota. Cuando al fin venía hacia mí por primera vez, el árbitro pita el final. Mis compañeros festejaban, porque querían cerrar el partido y ganar, y yo le decía al juez que siguiera cinco minutos más, ¡porque quería jugar! Había entrenado toda la semana para ese momento”.

Ocampo reconoce que actualmente cambió el sistema educativo, que ofrece otras opciones, y que el fútbol y los estudios recorren el mismo carril. Desde que se generó el programa Gol al Futuro, se planteó un nexo entre la pelota y los libros. “Hace 15 años no era posible. Las clases eran de marzo a diciembre, presencial y si no estabas, perdías el año, tenías exámenes de quinto y sexto obligatorio. Eso flexibilizó y permite que los futbolistas puedan estudiar, justificar faltas, dar materias por semestre y tomar otras opciones que no sea liceo”.

En 2017, Garay, técnico en la sub 17 de Uruguay y quien lo entrenó en Nacional, planteó su nombre como candidato a integrar el departamento de psicología de la selección. “Al Maestro (Tabárez) y a la dirigencia le entusiasmó por mi vínculo con el fútbol y por mi edad, pensando en una proyección”.

Apenas llegó, viajó con la sub 20 al Mundial de Corea del Sur. Aquel de la lesión de Facundo Waller a los 15’ del debut ante Italia. El volante sufrió un calvario de dos años, y aún intenta volver al fútbol.  “Trabajamos mucho con el Pájaro García (médico) y los fisioterapeutas. Se lesionó en el primer partido y estuvo un mes afuera, viendo cómo le iba a su equipo. Muchas veces utilizo aquella viviencia como ejemplo para comentar con otros grupos, y creo que esto no lo sabe Federico, pero es muy importante para utilizarlo como referencia  cuando trabajamos cuestiones de ser positivo, optimista, desde donde me toque sumar. Es un ejemplo recurrente porque no faltó a ninguna actividad ni entrenamiento. Jamás se encerró en la habitación ni se quiso ir, que podría haber sido entendible”.

Ocampo comparte la tarea como psicólogo en el Complejo de la AUF con Hugo Pereyra. La presentación fue con Tabárez. “No lo conocía personalmente. Su imagen es fuerte por todo lo que logró. Me contó sobre el proyecto, lo que esperaba del rol del sicólogo, y cómo lo podía combinar con mis características, porque él creía que el hecho de haber sido futbolista podía allanar la adaptación y una rápida integración. Se buscó una complementariedad entre las dos figuras de psicólogo, uno joven con cierto perfil y otro un poco mayor con experiencia (Pereyra). Eso fue lo que me transmitió. Básicamente era trabajar cerca con los chiquilines y muy integrado con la sanidad”.

¿Puede ser el sicólogo de Suárez? “En mi caso debería haber una separación generacional. Jugué con Muslera y Corujo, en Wanderers, y con Lodeiro y Suárez, en Nacional. Creo que debería separarme un poco de eso para sentirme más cómodo, y ellos también”.

¿Son diferentes los futbolistas hoy a la etapa que vivió hace 20 años? “Hay patrones que se repiten en los futbolistas, pero para los nuevos jugadores hay otras cuestiones que se dan con cierta precocidad, como la exposición que tienen. En ese sentido su carrera como jugadores es muy diferente a la nuestra, incluso cuando la nuestra fue muy destacada porque teníamos a Suárez, Cauteruccio y Fornaroli, que hacían 150 goles por temporada, y con suerte salía un titular chiquitito en un diario e ibas por la calle y no te reconocía nadie. Hoy un chiquilín de Sexta es goleador y ya lo conocen muchos, también en la calle. Eso tiene su costado bueno, que puede ayudar al chico, pero también se debe ser muy cuidadoso porque por su madurez no podrá manejar determinadas situaciones, y si el entorno cercano no lo ayuda, puede incidir en contra. Eso no sucedía hace 15 años y es un tema que hablamos mucho con ellos, porque todos estamos muy expuestos con las redes sociales. Fijate que algunos tienen miles de seguidores.

Ocampo concluye que los estudios y el fútbol son compatibles, pero puntualiza: “Siempre y cuando estés dispuestos a hacer un sacrificio, porque yo no salía, no iba a todos los cumpleaños, pero disfruté mi pasión que es el fútbol y el deseo de mis padres, que estudiara”.

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