Opinión > OPINIÓN - D. GASPARRÉ

El socialismo, como la droga, debe ser "del bueno"

La sociedad merece mejores opciones, mejores políticos; sobre todo: nuevos políticos con nuevas ideas

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20 de marzo de 2018 a las 05:00

Si se analizan las propuestas de cambio del candidato blanco y las no propuestas del resto de la oposición, se puede ensayar algunas conclusiones. Los políticos –acaso representando en esto a la sociedad- no parecen comprender que hay otros modelos socioeconómicos disponibles, además del socialismo reprimido que se usa localmente con intensidad variable. Entonces, oscilan entre profundizarlo, como insiste el trotskismo que impera (sic) en el Frente Ampliio –que sueña con un mundo que fracasó hace 50 años– o tratar de hacer lo mismo de siempre pero mejor, como sostiene Lacalle Pou y aun el movimiento Un solo Uruguay, que solo propone la utopía de que el socialismo no gaste estúpidamente y no cocine a impuestos a la producción, una imposibilidad ideológica.

Suele leerse que este modelo no es socialista, o que se trata apenas de una de las variantes con aditamento del socialismo. Este modelo parece no ser socialista cuando sobra dinero en el sistema, por auge de las commodities o por cualquier otro milagro. Cuando hay que administrar la escasez, que de eso debiera tratarse siempre, es socialista y hasta anticapitalista. Mucho más si se le agrega el efecto de la partidocracia y la alianza interna de la coalición gobernante, que pulveriza la voluntad aún de sus propios legisladores, transformándolos en ballots, no en representantes libres del pueblo. ¿Piensa igual la sociedad? Evidentemente la mayoría sí, de lo contrario votaría de otra manera.

Pero los políticos de todo signo ya no utilizan la prédica sino el marketing y temen hacer propuestas que disgusten a la mayoría, con lo que el modelo es lo que podría llamarse de socialismo resentido eternizado. Y por eso, como máximo, se critica la ética, la honestidad, la eficiencia o la idoneidad conque se maneja un sistema que está condenado desde el origen a ser ineficiente, poco idóneo, arbitrario, confiscador, deshonesto y fracasado. Y por eso las propuestas son tibias, vacías, lampedusianas.
A esta altura suele aparecer la referencia a Suecia. Que con este modelo quebró en 1993 y tuvo la suerte de que políticos jóvenes, valientes e inteligentes propusieran un criterio alternativo que sacó al país del abismo y lo reconvirtió en capitalista.

Por eso es que luego de la letanía de la importancia de firmar tratados comerciales, el politburó está aún analizando lo que va a permitir a sus legisladores que voten sobre el modesto acuerdo con Chile, con condicionamientos que hacen imposible cualquier tratado, parte por ideología y parte por ignorancia, perdón por la redundancia.

La discusión se torna entonces monótona, inútil e infecunda, porque los errores son siempre los mismos y el rumbo también. De ahí que esta columna está condenada a repetirse eterna e inútilmente. Una prueba: el algoritmo con el que el estado supuestamente no socialista –como aman creer– quiere manejar los aumentos de salarios públicos y privados que es otro ejemplo del dislate conceptual conque se dirige una economía pequeña y limitada que requeriría otro tipo de pensamiento. La idea de recuperar por imposición el poder adquisitivo del salario más un plus basado en el nivel de empleo de cada sector, se opone a las reglas no ya de una economía ortodoxa, sino de una economía seria.
Las consecuencias de ese raro pastiche salarial serán mayor

desempleo, mayor informalidad, menor tasa de empleo y participación, mayores costos internos, mayor costo país, menos exportaciones, más reclamos del agro y la producción en general, menos crecimiento y bienestar. Y seguramente nuevos impuestos y/o más inflación y/o más deuda, según el mecanismo de exacción que elija el malabarista de turno. Consecuencias que seguramente se atribuirán a que no se ha profundizado el modelo, a la necesidad de avanzar con los criterios socialistas hasta eliminar toda propiedad privada, toda rentabilidad y todo capitalismo. Que es lo que Hayek describía en su Camino de Servidumbre, que esta columna siempre cita y que debería ser texto curricular en las escuelas y de distribución gratuita. La persistencia en profundizar el error. Como el adicto que cada día necesita más droga para sentirse bien y que si aun así no logra la felicidad, lo atribuye a la mala calidad de la droga, que no es "de la buena"; no al daño que le hace la droga.

En ese modelo vetusto, el Estado-gobierno necesita mil manos para tapar todos los soles y todos los agujeros, corre desesperado de un problema a otro. Desconfía de la empresa privada porque cree que sus intereses le impedirán ir en favor de la comunidad, y la reemplaza por una ineficiencia peor. Y luego tiene que recurrir a coimear suplicante a los privados con exoneraciones para que se radiquen. Otra injusticia que debería atacar Un solo Uruguay. Concepto que también ha repetido siempre esta columna, pero que parece necesario seguir voceando hasta que se advierta la falacia de una construcción puramente dialéctica que agita el relato ideológico de la distribución de la riqueza y la desigualdad, más aptos para un púlpito que para crear bienestar real.

Uruguay necesita darse otro modelo. Y acaso es uno de los pocos países que aún está en condición de dárselo, cosa que ya no puede hacer Argentina, por ejemplo, que ha pasado el punto de no retorno porque la mayoría de la sociedad y de sus políticos ha decidido definitivamente ordeñar a la minoría productiva hasta que muera. ¿Cuál sería ese modelo? Es la propia sociedad la que debe decidirlo. Para ello, debe tener políticos con la suficiente estatura, coraje y capacidad como para estudiar y realizar las propuestas que lleven a un debate adulto e ilustrado, con más conocimiento que ideología, que es – finalmente- un sucedáneo pobre del conocimiento y la libertad.

Por supuesto que se puede decidir continuar con este modelo infantilista, protector y de Estado patriarcal, pero el riesgo no es sólo de tipo económico. Cuando la sociedad se desilusiona de todos los gobiernos y llega a la indiferencia política, el resultado puede tener consecuencias muy graves, como se puede constatar simplemente leyendo la historia. No parece avizorarse un futuro donde algún nuevo milagro acuda en ayuda de la obsolescencia de pensamiento. Todo parece indicar que habrá que trabajar duro e invertir, que no parece ser el fuerte del socialismo trotskista que tiñe las ideas del Frente Amplio.

La sociedad merece mejores opciones, mejores políticos, sobre todo, nuevos políticos con nuevas ideas, que tengan el coraje de proponerlas y predicarlas, para que no haga falta una crisis terminal que provoque un cambio. Con un agregado. Esta vez no habrá un Jorge Batlle disponible para salir del entuerto.
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