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El último relato del Frente

La campaña del gobierno es la dialéctica y la negación implícita en la consigna del NO

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20 de agosto de 2019 a las 05:02

Tras las internas el oficialismo recurre a varios resortes dialécticos para ocultar sus pobres guarismos, nada sorpresivos si se repasan los escasos méritos de la gestión que está finalizando. 

El más simple es sostener que la afluencia de sus votantes en las primarias es siempre mucho menor que la de sus rivales y que en las nacionales repunta la concurrencia de su gente, lo que cambia el resultado. Históricamente cierto. Pero frente a su escasa zafra de votos actual, cuando se hace el cálculo de los sufragios necesarios para replicar las performances anteriores, se advierte que se está exprimiendo las matemáticas. Por lo que creer en esa atropellada no sería prudente, al menos.

El argumento de que si su candidato logra cierto porcentaje mágico en primera vuelta ganará por arrastre en el balotaje, supone que se repiten las condiciones políticas del pasado, y que la ciudadanía responderá del mismo modo esta vez, algo demasiado simplista y riesgoso de creer, que ignora los pobres logros del gobierno en este mandato. En la misma línea de creatividad se inscriben los comentarios que inducen a creer que el Frente llega hoy a 40% en la intención de voto, lo que no dice ninguna de las encuestas. 

Es evidente que el Frente Amplio basa su campaña en no hacer propuestas concretas fundadas en planes creíbles. Su plataforma es una retahíla de declamaciones y proclamas estudiantiles basadas en el mero voluntarismo. Esto se consolida con la idea de usar el “no” como bandera electoral. No a la supuesta pérdida de derechos, conquistas y otras dádivas que ha demostrado que no sabe cómo sostener o no quiere decirlo. No a todo lo que libere a Uruguay de la tutela de la patria grande. 

Esa falta de proyecto o de respuestas, se reemplaza con las críticas a las propuestas de la oposición, que se formulan partiendo de la premisa de que el gasto del estado y su intervencionismo es justo, perfecto, inflexible y no contiene ningún exceso pasible de ser corregido. De paso, niega de cuajo la posibilidad de que la oposición tenga alguna idea mejoradora, haya investigado en profundidad las cifras, tenga un enfoque mejor que el propio. Es decir, supone la infalibilidad del Frente y su honestidad absoluta en el manejo de la res pública. Lo que se conoce como materialismo dialéctico, relato o posverdad: lo que se niega no existe. 

Algunos economistas se suman a esta línea plana de ideas y sostienen que no se puede resolver el intríngulis del déficit sin arrasar a la sociedad con más impuestos. Una falta de confianza en su propia formación, que les hace elegir el camino cómodo e ignorar lo que ocurre en las seudoempresas estatales, por ejemplo. De paso, olvidan los efectos del aumento de la carga impositiva en una economía. Nada puede profundizar la recesión sorda que sufre Uruguay más que un aumento de tributos.

Siguiendo con la posverdad, un sector del periodismo abraza otra línea igualmente fantasiosa. Sostiene que, como lo que propone la oposición para reducir el déficit es irrealizable, si llega a ser gobierno habrá que reclamarle si no cumple sus promesas. Una suerte de contrafactismo futurista, una innovación en materia de construcción verbal de la realidad. Por supuesto que es acertado exigirle a cualquier político que cumpla sus promesas, como debió hacerse con el Frente, que incumplió tantas. Pero de ahí a suponer que lo que plantea la oposición es falso, que no tiene una base técnica seria, que incumplirá lo que dice y que habrá que plantarse y exigirle que cumpla, hay un largo trecho. O un largo relato. 

En otra vuelta de tuerca, algunos analistas se aferran ahora a otro concepto: que deben sacarse conclusiones del fracaso de Macri para no copiar sus políticas. Es aceptable. Lástima que las políticas que aplicó o no aplicó Macri no son las que esos analistas creen. Siempre se supo, además, que si el peronismo se presentaba unido ganaba en primera vuelta. Macri lo hizo muy mal en lo económico, aunque no por lo que dicen esos expertos. Pero lo hizo peor en lo político. Por eso pierde ahora. 

Cambiemos desperdició sus dos años iniciales en un gradualismo previsiblemente inútil que no tocó el gasto, o lo aumentó. Lo que lo llevó a una deuda inmanejable para financiar el dispendio estatal y dejar conforme a todos, un imposible que le fue puntualizado por economistas serios a los que obviamente desoyó, igual que el Frente hace ahora. En consecuencia, su lucha contra la inflación mediante la emisión de deuda en pesos a altas tasas necesariamente iba a estallar, lo que también se le puntualizó y también desoyó. Eso es todo lo opuesto a lo que propone la oposición oriental. 

Macri empezó un ajuste tardío cuando lo obligó el FMI como contrapartida al préstamo salvador que le concediera irreflexivamente. Y ese ajuste recayó en el sector privado, vía impuestos, retenciones adicionales, una tasa de interés de más de 100% para las Pymes, y una destrucción sistemática de la clase media privada, a la que apabulló. Nada de eso proponen los partidos opositores uruguayos. 
Macri no hizo lo que propone el PN, por caso, ni aún el PC.  Hizo todo lo opuesto. Aún desde antes de asumir la presidencia. En la práctica, aumentó el número de empleos del estado, los impuestos, mantuvo la ineficiencia de las empresas estatales, se endeudó, fogoneó la inflación al no bajar el gasto y querer neutralizar sus efectos con emisión primero y luego con tasas siderales. Y hasta mantuvo el aparato de corrupción peronista dentro de la administración nacional y las provinciales y municipales.

Comparar esa gestión con la gestión de un supuesto gobierno de la oposición uruguaya que aún no existe, es el súmmum de la posverdad y el relato dialéctico. El último recurso del frenteamplismo. 

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