Montevideo estalló en un espectacular chisperío y estruendo. Desde el piso 11, en una de las zonas más altas de la ciudad, los fuegos brotaban más allá del horizonte, desde los barrios costeros hasta los más profundos. Pasados los primeros 15 minutos de Navidad, la ciudad todavía arrojaba una visión apocalíptica, dominada por el fuego y el sonido ensordecedor de cientos de miles de bombas y otros artificios explotando al mismo tiempo.
Los besos, los abrazos y el choque de las copas, se veían coronados por la lluvia de colores al otro lado de la ventana. La familia, los amigos. Las mesas repletas, los regalos, la decoración.
Aquellas palabras en la mesa me devolvieron de mi pensamiento: “Al final vas a tener que darle la razón a Mujica”. Era la voz de mi madre, que parecía retomar una discusión acerca de la marcha de la economía mundial y las consecuencias para Uruguay, que creía haber zanjado. “‘Los analistas deberían ser más optimistas’, dijo la otra vez. Y mirá afuera, ¿todavía creés que algo puede salir mal?”.
Por un momento me vi tentado a darle la razón. Montevideo era una fiesta de luces y sonido que no hacía diferencias. A uno y otro lado de avenida Italia, los uruguayos celebraban un buen año. La economía siguió creciendo con fuerza. Somos, de alguna manera, más ricos. Los salarios aumentaron, las empresas cerraron con números en verde, exportamos cifras récord, se crearon puestos de trabajo, Uruguay ganó la Copa América.
Pero luego recordé los informes en la Televisión Española y pensé en la Navidad de árboles vacíos al otro lado del mar, tan parecida a las que vivió Uruguay no hace muchos años. Esa Navidad de incertidumbre que se extiende por toda Europa, de quien sabe qué para el próximo año. Mientras que el euro agoniza, Uruguay se empeña en hacerle saber al mundo que acá no pasa nada, al menos por ahora.
Pero por más bombas, turrones y sonrisas, no pude caer en el optimismo del que habla el presidente. Uruguay marcha bien, eso es indiscutible. Y aun así, no es inmune a la tormenta que atraviesa el mundo desarrollado, a la desaceleración de las economías asiáticas, al freno del crecimiento en Brasil.
Pensé en Mujica y en su manía de barrer los problemas bajo la alfombra, y exhortar a la prensa y a los analistas a cerrar la boca, a no advertir ni afectar la confianza de su gente.
Quizá sea él quien tenga que reflexionar y ser un poquito menos optimista, asumir el peor de los escenarios y actuar en consecuencia. Quizá la tormenta pase y a Uruguay solo lo moje una llovizna tibia de enero. Mejor si así fuera. Que el mañana nos condene por pesimistas y no por ingenuos. Que el futuro nos sorprenda demasiado abrigados, y no desprevenidos a la intemperie.
Sonreí a mi madre y le respondí: “No te engañes, son solo fuegos de artificio”.