24 de octubre de 2014 14:54 hs

El presidente Mujica hizo dos promesas cuando forzó la legalización de la marihuana, dándole la espalda al 60% de la población que, según las encuestas, estaba en contra. Una fue comprometerse a dar marcha atrás si comprobaba que se había equivocado en su estimación de que abatiría el consumo global de estupefacientes, especialmente de la pasta base. La otra fue asegurar que no se produciría un “viva la Pepa” de consumo desmesurado. Varios meses después de la entrada en vigencia de la ley y de su reglamentación, las bocas que expenden la fatídica pasta base siguen operando y no hay información alguna de que haya bajado su consumo, lo que desvirtúa la esperanza presidencial de combate efectivo a la droga.

Y la instalación del “viva la Pepa” acaba de quedar demostrada en forma irrebatible por el primer control a conductores que manejaban bajo los peligrosos efectos del cannabis. El primer sorprendido fue Hugo Bosca, el director de Tránsito y Transporte de la Intendencia de Montevideo, al admitir: “No teníamos noción de cuántos conducen bajo el efecto de la marihuana”. Su comentario fue motivado por el resultado del primer operativo de detección de THC, el principio activo de la marihuana, en conductores de automóviles, realizado el pasado fin de semana. De 11 controles realizados, la friolera de 10, más del 90%, dio positivo al indicar presencia de cannabis en quienes manejaban sus vehículos por las calles de Montevideo.

En el mismo período se hicieron 700 espirometrías, de las cuales apenas 51, o sea poco más del 7%, mostraron niveles de alcohol superiores a los 1,2 gramos por litro de sangre que permite la ley. Aún es temprano para determinar si los consumidores de marihuana superan a los que conducen bajo efectos del alcohol, pero es proporcionalmente alto a los exámenes realizados. Como su consumo obnubila y enlentece los reflejos, el resultado es aumentar drásticamente el riesgo de accidentes viales provocados por conductores que circulan por las calles al volante de sus vehículos bajo los efectos del cannabis.

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Este fracaso del propósito de Mujica se agrava por las dificultades comparativas para controlar a conductores drogados. Las espirometrías utilizan dispositivos de bajo costo y que permiten establecer con precisión si una persona ha bebido de más, lo cual ha generalizado su uso y eficacia. El dispositivo para el control de THC, en cambio, solo detecta su presencia pero sin indicar su nivel de concentración en el organismo, efecto que queda a la estimación que haga un inspector a ojo de buen cubero. A esta dificultad se agrega el alto costo de 13 euros de cada aparato desechable, lo que limita su disponibilidad. Después de los 11 controles del fin de semana, a la intendencia capitalina solo le quedan 70 reactivos más.

A la escasez de controles y al preocupante porcentaje de conductores drogados que arrojó el primer procedimiento, se agrega la imprecisa redacción de la ley nº 19.120, que detalla la penalización ante el exceso de alcohol pero no de la marihuana, la persistencia del narcotráfico ilegal y las confusiones sobre cultivo y comercialización de la droga.

Es cada día más evidente que Mujica erró al atribuirle ventajas a la legalización de la marihuana, cuyo uso se ha desbordado sin reducir el consumo de otras drogas. Solo falta que el presidente lo reconozca y no le traspase al próximo gobierno el fardo de la acción correctiva. l

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