5 de noviembre de 2012 17:36 hs

Las balas le picaban alrededor de los zapatos mientras gritaba, como gritó durante casi toda su vida, consignas peronistas. Era el 20 de junio de 1973 y Leonardo Favio había sido elegido para dirigir el acto en Ezeiza en el que Juan Domingo Perón regresaría a la Argentina y que, finalmente, terminó en masacre por el tiroteo asqueante entre montoneros y la ultraderecha peronista.

Con un pistola cruzada en la cintura, Favio bajó hasta los galpones del aeropuerto y pudo ver a las fuerzas parapoliciales del peronismo torturando a militantes de izquierda. Favio rogó, puteó, lloró para que detuvieran la picana. Hasta que no aguantó más y se puso el arma en la sien: “O paran o me mato!”, gritó. Y las bestias pararon.

Porque para entonces, Favio –quien murió de cáncer este lunes a los 74 años- ya era el reconocido y desmesurado artista que había filmado algunas de las mejores películas de la historia del cine argentino (El romance del Aniceto y la Francisca, Crónica de un niño solo, Juan Moreira) y cantaba como para que no quedaran dudas de que tenía voz.

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“Eeeellaaaa, ella ya me olvidóooo eeeee” o “Fuiste mía un verano” o sus versiones del “Tema de Pototo” de Spinetta (cuando Spinetta no era Spinetta) o de “Chiquillada” de El Sabalero hicieron furor en aquel final de la década de los 60 y principios de los 70 en las que se sacaba lascas con Sandro como precursores de la balada romántica latinoamericana.

Acerca de sus virtudes musicales hay dudas. Sobre su calidad de cineasta no hay dos bibliotecas. En 2000, una centena de críticos e historiadores invitados por el Museo Nacional del Cine Argentino eligió como mejor película argentina de la historia a “El Romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más…” filmada en 1966. En varias oportunidades, colegas y actores lo eligieron como el mejor director de todos los que alguna vez rodaron escenas en tierra argentina.

Favio había nacido en Mendoza el 28 de mayo de 1938 y fue bautizado con el nombre de Fuad Jorge Jury. Abandonado por su padre, vivió una infancia miserable en donde la pobreza de la familia azotaba tanto como sus internaciones en reformatorios o sus estadías en la cárcel luego de pequeños robos. Pidió limosna hasta que su madre- una humilde escritora de teleteatros- le consiguió una serie de pequeños papeles y le dio el pasaje al país de la ficción y la música.

Ya convertido en Leonardo Favio, en 1976 se fue de la Argentina huyendo de los militares y se afincó durante años en la ciudad de Pereyra, en Colombia. En 1987 regresó para seguir filmando peliculones como “Gatica, el Mono”. “Por qué me llevan? Si yo nunca me metí en política. Yo siempre fui peronista…”, le hace decir al boxeador en la que es, acaso, la mejor definición del peronismo.

En los últimos meses de su vida –siempre con su infaltable pañuelo en la cabeza- el artista le pedía a Dios un poco más de fuerzas para filmar una última película. No pudo ser. Pero tal vez, vaya uno a saber, a Leonardo Favio le sea concedido –en algún lugar en donde ella no lo olvidó- algún tiempito más a cambio de tantas maravillas.

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