20 de mayo 2024
Dólar
Compra 37,25 Venta 39,75
27 de enero 2023 - 12:05hs

Roberto Bolaño tiene muchas frases para subrayar, pero una de las que más me gustan es la siguiente:

«Muchas pueden ser las patrias, se me ocurre ahora, pero uno solo el pasaporte, y ese pasaporte evidentemente es el de la calidad de la escritura. Que no significa escribir bien, porque eso lo puede hacer cualquiera, sino escribir maravillosamente bien, y ni siquiera eso, pues escribir maravillosamente bien también lo puede hacer cualquiera. ¿Entonces qué es una escritura de calidad? Pues lo que siempre ha sido: saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura básicamente es un oficio peligroso. Correr por el borde del precipicio: a un lado el abismo sin fondo y al otro lado las caras que uno quiere, las sonrientes caras que uno quiere, y los libros, y los amigos, y la comida. Y aceptar esa evidencia aunque a veces nos pese más que la losa que cubre los restos de todos los escritores muertos. La literatura, como diría una folclórica andaluza, es un peligro.»

El autor de Los detectives salvajes Estrella distante, entre otros librazos, dijo esto en su famoso discurso de Caracas (lo podés leer completo acá), que pronunció cuando ganó el premio Rómulo Gallegos en 1999. Citar a Bolaño nunca hace mal, sino todo lo contrario, pero al margen de la devoción que le pueda profesar, estas palabras me están resonando por una novela en particular que leí este mes. Una novela que tiene mucho que ver con el propio Bolaño, que adelanté en la edición de diciembre y que me acompañó en la playa. 

Ahora, que la tengo acá al lado mientras escribo, que veo las manchas del aceite de los buñuelos de algas que me comí mientras leía, que todavía tiene el olor a protector solar y algo de arena pegada en las páginas, pienso que es el último título que de verdad me hizo sentir que la literatura es, como dice Bolaño, un peligro. 

La más recóndita memoria de los hombres, así se llama, volvió a recordarme eso: que la literatura es apátrida, que la buena escritura está siempre en la cornisa, al borde de dar un paso en falso y caer al abismo, que aquellos autores que se animan meter la cabeza en lo oscuro o a hacer equilibrio suelen ser los que al final encuentran el camino. Esta novela, último premio Goncourt —en realidad el de 2021, pero recién se tradujo—, que habla de la propia literatura, que evoca a  Los detectives salvajes, que está escrita por un autor treintañero y senegalés llamado Mohamed Mbougar Sarr, esta novela que me hundió en su mundo alucinado, será el centro del primer Epígrafe del 2023. 

Por eso, feliz lectura, feliz año y gracias por estar otra vez por acá.

Elimane y Diégane: diario de los detectives salvajes

De Mohamed Mbougar Sarr sabemos que:

  • Nació en Senegal en 1990.
  • Vive en Francia, supongo que en París.
  • Tiene cuatro novelas y esta es la primera que se traduce al español.
  • A partir de ahora vamos a ver más seguido su nombre.

Lo último es lógico: el Goncourt es el premio más importante de Francia —lo han ganado, entre otros, Proust, Malraux, Simone de Beauvoir, Patrick Modiano, Marguerite Duras y  Michel Houellebecq— y uno de los premios más relevantes de la literatura europea, por lo que la globalización de este autor es un hecho. Si hay que juzgar su arribo a las librerías por su última novela, es una alegría. La más recóndita memoria de los hombres es fantástico, pero ya llegaremos a eso.

Antes hay que decir que el Goncourt para Sarr parece ser merecido, pero es también una declaración política bastante obvia: en el lavarropas de culpas europeas contemporáneo, el acto reparador de un país que denostó la literatura de las colonias durante décadas es, claro, darle un galardón a un joven autor senegalés que, para más datos, escribió una novela sobre la descolonización de la literatura y de cómo los ecos del imperialismo europeo del siglo XIX en África resuenan en las generaciones —y en las creaciones de esas generaciones— de hoy. En algún punto la novela de Sarr está emparentada con títulos recientes como Huaco retrato, de la peruana Gabriela Wiener, y se suma a una lista de publicaciones que empiezan a dar vuelta la tortilla o, al menos, a evidenciar que del otro lado también se puede escribir así: de forma fantástica. Y que le hincan el diente a los traumas, heridas y cicatrices de “la conquista”.

Pero con premio políticamente correcto o no, hay algo que queda claro y es que La más recóndita memoria de los hombres propone una inmersión hipnótica en una aventura literaria fascinante. Con aires bolañescos que le hacen honor a su título —sale de una frase de Los detectives salvajes, que por cierto está citada en su epígrafe—, la novela presenta a Diégane Latyr Faye, un jóven escritor senegalés que abandonó Dakar hace años para perseguir sus sueños literarios en París. En esa ciudad —que según el retrato de Sarr está a medio camino entre la visión más romántica y cortazariana, y aquella acaso más contemporánea, cosmopolita y mugrienta—, Diégane trata de escribir una nueva novela que repita o supere el acotado éxito que le supuso la primera, al tiempo que debate de literatura con otros escritores africanos amigos —la interacción del  grupo, aunque breve, es entrañable— y persigue algún que otro amor trunco. Sin embargo, la búsqueda real pronto se materializa ante el lector: Diégane está obsesionado, así como una camada nada desdeñable de lectores fieles, con un autor africano misterioso llamado T. C. Elimane, que en 1938 publicó una novela críptica titulada El laberinto de lo inhumano y luego desapareció del mapa. A Elimane lo llamaron el Rimbaud negro. Tocó el éxito con las manos, quedó metido en un escándalo y nadie supo más nada de él.

Algunos críticos de Francia, tras la publicación de la novela, elogiaron su calidad pero adujeron falta de “sangre”, por llamarlo de alguna manera. Pusieron el foco en el texto, calibrado y macerado casi que en un laboratorio, pero pidieron más espíritu. Leí esas reseñas antes de meterme en la novela y me quedé pensando, cuando terminé la última página, de qué autor estaban hablando. Quizás era otro Sarr. En mi caso, mientras devoraba con fruición cada párrafo de La más recóndita memoria de los hombres no podía evitar pensar en que su autor, como decía Bolaño, había aceptado el peligro que le suponía el abismo y lo había abrazado. Sentí que, en cierto punto, Sarr se alimentó de su escritura y con cada giro de la trama, en cada hendidura del texto donde podía sentir al lector que había detrás vibrando, me volvía a ganar por sus virtudes. 

La novela tiene altibajos, momentos que se empastan y otros que aceleran, pero cuando alcanza su punto máximo, en una trama que se pasea por la mencionada París, Dakar, Ámsterdam y hasta por el Buenos Aires de Borges, Bioy y las Ocampo, deja al lector sumido en una especie de hechizo inapelable. Hay espacio en la historia hasta para Sábato y Witold Gombrowicz, que tienen curiosas apariciones estelares. 

Siento que en este libro hay audacia y hay calidad. Que Sarr quiere escribir con pasión y con erudición, que logra ser íntimo y a la vez épico y global. Es una voz que voy a seguir y, ojalá, también te haya convencido para que le des una oportunidad. Si no es el caso, debajo dejo algunos fragmentos subrayados. Quizás sean más convincentes que yo.

«El laberinto de lo inhumano pertenecía a la otra historia de la literatura (que quizás sea la verdadera historia de la literatura): la de los libros perdidos en un pasadizo del tiempo, ni siquiera malditos sino simplemente olvidados, y cuyos cadáveres, osamentas y soledades se desparraman por el suelo de cárceles sin carceleros y balizan infinitas y silenciosas pistas heladas.»

«Pero si los escritores no hablan de literatura, quiero decir, si no hablan desde el interior, como especialistas, como asediados y habitados por ella, como enamorados, como locos, como locas furiosas, esos y esas para quienes significa lo esencial, por más que lo esencial se disfrace a veces de anécdota o futilidad, ¿quién lo hará? A lo mejor es una idea insoportable, asquerosa y burguesa, pero hay que aceptarla. Eso es nuestra vida: intentar hacer literatura, sí, pero también hablar de ella, porque hablar es también mantenerla viva, y mientras se mantenga con vida, la nuestra, por más inútil o trágicamente cómica o insignificante que sea, no estará del todo perdida. Hay que hacer como si la literatura fuese la cosa más importante sobre la faz de la Tierra; es posible que a veces, pocas pero aun así, llegue a ser el caso y que algunos tengamos que dar fe.»

«¿Murió solo? ¿Brutalmente? ¿Sufrió? ¿Le dio tiempo a ser consciente de que se moría? No me pregunto todo esto por empatía con Assane. Me lo pregunto porque los últimos momentos de los hombres me fascinan. Ahí solo hay un resultado posible, un arrepentimiento valioso, una confesión sincera, una mirada honesta a uno mismo. La vida nos pertenece en el instante en que se nos escapa.»

«Luego, mucho después, comprendí: tener una herida no implica que debamos escribirla. Ni siquiera significa que queramos escribirla. Por no hablar de si podemos. ¿El tiempo es asesino? Sí. Nos revienta la ilusión de que nuestras heridas son únicas. No lo son. Ninguna herida es única. Nada humano es único. Todo se vuelve espantosamente común con el tiempo. He aquí el impasse; pero es en este impasse donde la literatura tiene oportunidad de nacer.»

Este mes también leí y te recomiendo:
  • Carcoma de Layla Martínez. Una casa, una abuela, una nieta y una historia sórdida sobre las huellas del franquismo en la provincia, el clasismo y los demonios familiares.
  • Trance, de Alan Pauls. Un ejercicio donde el argentino desglosa su vínculo de vida con la lectura a partir de pequeños textos alfabéticos. Una hermosura
Temas:

EPÍGRAFE Mohamed Mbougar Sarr Las más recóndita memoria de los hombres Premio Goncourt literatura libros Francia Member

Seguí leyendo

Te Puede Interesar