11 de julio 2024
Dólar El Observador | Auspicio BROU Cotizaciones
Compra 38,90 Venta 41,30
3 de septiembre 2022 - 5:04hs

La mesa de trabajo de Jonas Carpignano se llama Gioia Tauro, es una ciudad de no más de 20 mil habitantes de la región de Reggio Calabria, en Italia, y él la descubrió en 2010. Fue la noticia de una serie de levantamientos raciales en ese lugar lo que le llamó la atención a este cineasta neoyorquino de 38 años y lo hizo ir hasta allí. En algún sentido, le tiró la sangre: de padre italiano y madre de Barbados, el legado italoamericano lo hizo aterrizar en la punta de la bota –no era su primera vez en Italia; pasó varios veranos en Roma en casa de parientes– y de un día para el otro, y sin proponérselo, estaba filmando su primera película al otro lado del mundo. La ópera prima se tituló Mediterránea y se estrenó en 2015 en el festival de Cannes. Su protagonista le es bastante cercano a Carpignano: el hombre que ocupa casi el 100% del metraje es Koudous Seihon, un inmigrante de Burkina Faso que trabajaba arrancando naranjas en una finca de Gioia Tauro y con el que compartió apartamento en esas primeras semanas calabresas. Se hicieron amigos y el realizador inauguró con él una de sus primeras señas de identidad: la utilización de no actores en sus películas.

Carpignano siguió adaptándose a la gente y al entorno de Gioia Tauro. Paseando entre los barrios más marginales, a la sombra de uno de los puertos más importantes –y más corruptos– de Europa, el estadounidense conoció a Pio Amato, un niño romaní de 10 años que, de paso, también se ganó un pequeño papel en Mediterránea. Unos años después, en 2017, Carpignano tomó a su personaje y le hizo una película propia, titulada A Ciambra, que puso su nombre definitivamente en el mapa internacional, tanto que se ganó el favor y la producción ejecutiva de Martin Scorsese.

Más noticias
Mediterránea (2015)

Con el mismo estilo de Mediterránea –esto es: un registro a caballo entre el documental y la ficción, que utiliza escenarios e historias de vida muy reales, que pone la cámara sobre el hombro y coquetea con una nueva especie de neorrealismo más sucio, entreverado, que no le hace asco a la mezcla de géneros–, A Ciambra sigue las peripecias de Pio y el asentamiento gitano del título ubicado en Gioia Tauro, así como el “hundimiento” del personaje en el mundo del crimen. Los delitos en los que Pio incurre cada vez más son, de todas formas, mundanos. El elefante en el cuarto –el crimen organizado de esa zona del país– llegaría después, en la última parte, ahora sí, de una trilogía calabresa consolidada y aceptada por su creador. Una trilogía que, en resumen, lo consagró: Carpignano es hoy una de las voces más singulares, brillantes y prometedoras del cine europeo.

La última película de esa tríada se llama A Chiara, se estrenó en Cannes el año pasado y acaba de aterrizar en la plataforma Mubi, donde también pueden verse las dos anteriores. Por Uruguay había tenido un pasaje previo por la pantalla grande en el Festival de Cine Internacional de José Ignacio, en enero de 2022; allí también se había estrenado, en su momento, A Ciambra.

A Ciambra (2017)

En esta trilogía las tramas no se comparten, pero sí el espacio, los barrios, y hasta los personajes. Así, Ayiva, el inmigrante de Mediterránea, y Pio, de A Ciambra, entran y salen de las tres producciones con apariciones esporádicas que dejan pistas de qué ha sido de ellos en el futuro. Y Gioia Tauro también se transforma: los límites de lo que conocemos gracias a la cámara de Carpignano se expanden, la influencia de determinadas fuerzas crece, las fronteras entre las castas y los estratos se difuminan. Así argumentó su director en una entrevista con el medio argentino Página/12 la coexistencia de estas tres películas en ese enclave italiano tan particular: “Llegué a Gioia Tauro y me fui quedando, porque comencé a conocer a la gente, a hacer amistades. Mediterranea fue un proyecto que tuvo mucho tiempo de gestación y durante esos años conocí a Pio Amato, que, además de participar en la película, se transformó luego en el protagonista de A Ciambra. Cinco años más tarde, mi mundo giraba alrededor de Gioia Tauro, y así se transformó en mi residencia definitiva. El lugar me gustaba, así que no pensaba irme a ninguna otra parte, y el hecho de vivir aquí hizo que quisiera filmar más películas sobre el lugar. La trilogía, entonces, nace del deseo de querer conocer un lugar y, luego, por pertenecer a él, por ser una parte de él.”

Los tentáculos del crimen

A medida que su presencia en la ciudad calabresa se hacía más estable, Carpignano empezó a notar cosas extrañas: marcas de balazos en las puertas de las casas de los mejores barrios, padres de familia que desaparecían de un día para el otro, silencios que hacían demasiado ruido. Ató dos cabos y entendió: todo formaba parte de la influencia de la ‘Ndrangheta, la mafia europea más poderosa. Con la región de Reggio Calabria como centro de operaciones, la ‘Ndrangheta encontró en el puerto de Gioia Tauro una entrada perfecta para sus negocios sucios, y en los últimos 30 años ha convertido esta ciudad en un punto clave de su mecanismo criminal. Esta organización, por otro lado, tiene un método de reclutamiento particular que a Carpignano le llamó la atención y le disparó ciertas posibilidades a explorar en su cine: el legado entre los miembros es sanguíneo. Es recurrente que la posta del negocio, por más pequeño y coimero que sea, pase de padre a hijo en una cadena hereditaria que se consolida y se hace fuerte a partir de la lealtad del clan. Los problemas aparecen cuando un hijo decide no seguir los pasos de papá. Pasa poco, pero pasa. Y la cosa se pone fea.

“Lo que más me impresionó es el efecto que la 'Ndrangheta ha tenido en la comunidad, en la gente cercana a ella, a pesar de no formar parte. Eso es algo que siempre me fascinó, todas las ramificaciones que tiene en una familia, en la gente común. Esa forma de vida tan particular es algo que no ha sido explorado en el cine, creo”, dice Carpignano en la misma entrevista citada más arriba, y con eso explica, en parte, la base de A Chiara.

En la última película de su trilogía, el cineasta presenta este problema familiar a partir de los ojos de Chiara, una chica de 15 años que de repente ve cómo su padre desaparece misteriosamente, y que después de una serie de episodios violentos debe lidiar con la noticia de que el hombre guarda varios secretos pesados que impactarán en su núcleo familiar.

Como en sus anteriores trabajos, Carpignano se aferra al registro documental de la ficción y pega el lente de su cámara al rostro de Chiara, que sufre, se enoja, no entiende y, finalmente, asume. Al mejor estilo detectivesco, la chica –excelente debut de Swamy Rotolo– empieza a explorar su ciudad en busca de señales o pruebas que la ayuden a evitar lo que las circunstancias parecen indicar: que si quiere aceptar la realidad debe “matar” la figura que hasta ese momento tenía de su, por otro lado, cariñoso y atento progenitor. Así, el realizador mete al espectador en una especie de thriller familiar que se entremezcla con una historia de maduración a los golpes y que, como en las otras dos películas, jamás se pone del lado de ningún personaje. Ese es el estilo Carpignano: mostrar todo, explicar poco, ir despacio y dejar que cada uno saque conclusiones. Hasta el momento le ha funcionado bien.

En la puesta en escena de A Chiaria se notan, además, los ecos del padrinazgo de Scorsese, entre ellos las huellas del mundo criminal en la vida de personas comunes –tema directamente compartido con el maestro estadounidense–, el lazo familiar que se tensa y no se rompe, la sombra de lo que fuimos y dejamos atrás por culpa de la supervivencia o el éxito.

Hay un punto en que la química entre la familia de Chiara asusta. Todo parece demasiado real. La cercanía entre ellos es palpable –especialmente en una larga escena de fiesta que recuerda un poco a la boda en el arranque de El Padrino– y el parecido también, algo que tiene sentido cuando, en un último truco que rompe el límite entre ficción y realidad, los créditos nos revelan que son miembros de una familia real. Todos viven en Gioia Tauro y Carpignano los conoce desde hace unos seis años. Son los Rotolo, los cinco rostros que le dan forma a la última genialidad calabresa de un realizador que encontró voz, pulso narrativo y un lugar ideal desde el que filmar su presentación al mundo. 

Una última aclaración antes de bajar la cortina: los Rotolo, claro está, no tienen vínculos con la ‘Ndrangheta. Carpignano no se cansa de aclararlo. La ficción sigue siendo, al menos en parte, ficción. Mejor así.

Temas:

A Chiara A Ciambra mediterránea Jonas Carpignano cine Italia 'Ndrangheta

Seguí leyendo

Te Puede Interesar

Más noticias de Argentina

Más noticias de España

Más noticias de Estados Unidos