Estos son los míos:
Los de afuera
Diarios, de Katherine Mansfield
Con este primer título sucede algo que pasará varias veces de acá al final: tuvo su propia recomendación en algunas de las entregas de Epígrafe que se enviaron este año. Por eso, solo voy a decir que el rescate que hizo la editorial Chai de los diarios de esta escritora neozelandesa son excelentes y que sirven como una puerta de entrada para la prosa afilada y quirúrgica de esta autora fundamental de principios del siglo XX.
Encrucijadas, de Jonathan Franzen
Franzen regresó a su querido Medio Oeste estadounidense para hacer lo que mejor sabe: retratar las miserias, alegrías y tribulaciones de una familia de clase media que, en la década de los 70, enfrenta los cambios sociales, políticos y económicos como puede. Es una novela larguísima pero una vez que se pone un pie en ella, ya no se puede salir.
Un futuro anterior, de Mauro Libertella
Libertella es uno de los mejores escritores argentinos contemporáneos y esta es su mejor novela. El autor de Mi libro enterrado y El invierno con mi generación abre otra vez su corazón para un libro que en parte es una reconstrucción de la particular forma en la que conoció a su actual esposa, y que en parte es también un ensayo sobre la madurez, las relaciones de pareja, lo que cambia con la llegada de un hijo. Es conmovedor y muestra a Libertella en el mejor momento de su escritura.
El baile y el incendio, de Daniel Saldaña París
Con ecos del aire pesado y caliente de Bajo el volcán de Malcolm Lowry sobrevolando la trama, este autor mexicano construye una novela excepcional: un estudio de tres personajes que se debaten en torno a su pasado, la relación con sus padres, la sexualidad, el amor y la moralidad, mientras los incendios acorralan la ciudad de Cuernavaca y una extraña epidemia de baile empieza a despuntar.
Huaco Retrato, de Gabriela Wiener
La escritora y periodista peruana sigue metiéndose con su vida privada, pero esta vez indaga en las huellas de su pasado colonial. Wiener investiga a su tatarabuelo Charles Wiener, el misterioso explorador austríaco que en algún momento del siglo XIX llegó al Perú, hizo estragos y dejó una semilla: aquella de donde presuntamente proviene la autora y que contrapone con su experiencia racializada y su permanencia en el continente del antepasado saqueador.
Los de acá
Simioinglés, de Alberto Gallo
Ni Dios sabía, de Virginia Mórtola
Hace poco volví a leer el Epígrafe de enero de este año, y ahí mencionaba algunos libros que se iban a publicar en 2022 y que me generaban interés. Ahí aparecía Ni Dios sabía, y su publicación confirmó la expectativa: la zambullida de Mórtola al mundo de los adultos es punzante, filosa y, lo que lo hace todavía más destacable, mantiene cierto hilo conductor con su literatura destinada al público infantil a partir de la mirada de sus personajes: la perplejidad e inocencia de los niños está presente, pero esta vez para desarmar los vaivenes morales de la adultez y ponerle cara a horrores que están allí desde siempre.
Si las cosas fuesen como son, de Gabriela Escobar
Un debut impresionante de parte de una autora que desarma la autoficción a partir de una acidez inédita y con una poética que le da un enorme soplo de aire fresco a esta corriente cada vez más en boga. Si las cosas fuesen como son es una irrupción potente en el mapa para Escobar y deja con muchas ganas de leer lo que ella siga explorando.
Las cosas que veo, de Manuel Soriano
La pandemia le dio al escritor argentino –pero radicado desde hace más de una década en Montevideo–
la posibilidad de explorar las particularidades del diario como ejercicio, así como también darle forma a un libro que propone crónicas –algunas habían sido publicadas en medios de la región–, abordajes involuntariamente sociológicos a la forma de ser de los uruguayos, y una indagación en su vida como escritor inserta en este rincón el planeta.
Bendita indiscreción, de María Esther Gilio
El centenario de la icónica periodista trajo consigo la edición de un libro que ya se antoja imprescindible.
Bendita indiscreción propone algunas de las mejores piezas periodísticas de Gilio, con una fuerte presencia de la entrevista —su reinado absoluto—, pero a las que se suman crónicas y otros artículos que dan cuenta de su versatilidad. Gilio era única, había que rescatarla y este volumen le hizo justicia.
De afuera, de acá, de hoy y de toda la vida
La obligación de ser genial, de Betina González
Además de ser una gran novelista, la argentina Betina González ha dedicado buena parte de su vida a estudiar los procesos detrás de su escritura, de lo que se lee hoy en el mundo y de la forma en la que se lee. La obligación de ser genial es un gran compendio de esas obsesiones, que van desde la ingeniería detrás del comienzo de una novela, hasta sus consideraciones acerca de la ficción pura, la autoficción y el lugar de los hechos reales en ella.
Los diarios de Emilio Renzi. Los años de formación, de Ricardo Piglia
Este año tuve la suerte de que en algún momento se me prendió una luz en la cabeza y se me dio por agarrar el primer tomo de los diarios de Piglia, que estaban esperando en un estante de mi casa. Y puede que la gran obra final del escritor argentino tenga el rótulo de diario en su título y que los episodios estén estratificados a partir de fechas y momentos de su vida, pero no deja de ser una gran novela sobre lo que significa convertirse en escritor, empezar a publicar y emprender el camino de la literatura como un modelo de vida.
Canto yo y la montaña baila, de Irene Solá
Irene Solá es una escritora catalana que en las páginas de esta novela –su segunda publicación– hace hablar a la lluvia, a las piedras, que le da forma a la mitología de un pequeño pueblo en medio de los Pirineos a partir de su vínculo con la naturaleza, y que pauta una de las historias más bellas, extrañas y desafiantes que leí en el último tiempo. Una rareza y una genialidad.
Los años invisibles, de Rodrigo Hasbún
Suelo tener una debilidad particular por las historias de aprendizaje y pasaje a la madurez, las llamadas coming-of-age, y me pasa todavía más con aquellas que tienen lugar en este rincón del mundo llamado Sudamérica. Si bien tengo poco que ver con el grupo de adolescentes que en la década de 1980 y en la ciudad de Cochabamba, Bolivia, sufren un episodio que los marca y los pone a hablar de ello en Estados Unidos varios años después, sí puedo encontrar un punto de contacto en la manera en la que Hasbún lo cuenta. Cargada de emoción y con un cariño hacia el pasado que conmueve, Los años invisibles es una novela breve entrañable que se paladea con nostalgia y calor en el pecho.
Tiempo sin lluvia, de Cynan Jones
Termino con un nombre recurrente en estos envíos, pero que tenía que estar. A partir de sus tres novelas publicadas por Chai, el galés Cynan Jones marcó mi 2022 con su prosa depurada, algo seca y milimétrica. Me quedo, sobre todo, con Tiempo sin lluvia. Una obra maestra del minimalismo rural y curtido de parte de un autor para seguir y confiar ciegamente.
Me voy a despedir del 2022 con un epígrafe de Roberto Bolaño que aparece en una de mis próximas lecturas de verano, en La más recóndita memoria de los hombres de Mohamed Mbougar Sarr. Habla de la obra, de la crítica y, sobre todo, de los lectores. De nosotros.
«Durante un tiempo, la Crítica acompaña a la Obra, luego la Crítica se desvanece y son los Lectores quienes la acompañan. El viaje puede ser largo o corto, luego los Lectores mueren uno por uno y la Obra sigue sola, aunque otra Crítica y otros Lectores poco a poco vayan acompasándose a su singladura. Luego la Crítica muere otra vez y los Lectores mueren otra vez y sobre esa huella de huesos sigue la Obra su viaje hacia la Soledad. Acercarse a ella, navegar a su estela es señal inequívoca de muerte segura, pero otra Crítica y otros Lectores se le acercan incansables e implacables y el tiempo y la velocidad los devoran. Finalmente, la Obra viaja irremediablemente sola en la Inmensidad. Y un día la Obra muere, como mueren todas las cosas, como se extinguirá el Sol y la Tierra, el Sistema Solar y la Galaxia y la más recóndita memoria de los hombres.»
Roberto Bolaño, Los detectives salvajes