31 de enero 2022 - 5:04hs

El Diccionario de la  Real Academia Española (DRAE) define liberalismo así: “1. Actitud que propugna la libertad y la tolerancia en la vida de una sociedad. 2. Doctrina política que postula la libertad individual y social en lo político y la iniciativa privada en lo económico y cultural, limitando en estos terrenos la intervención del Estado y de los poderes públicos”.

Estas definiciones pueden servir como una primera aproximación, pero no expresan plenamente la noción liberal de la libertad. Si el liberalismo fuera sólo lo que dice el DRAE: ¿por qué la Iglesia Católica lo habría condenado innumerables veces? ¿Y por qué, en lo referente a la religión de los habitantes del Uruguay, el Censo de Población de 1908 habría registrado un 70% de católicos, un 21% de liberales, un 2% de protestantes y un 7% de otros?

La cuestión es muy compleja porque hay un liberalismo económico, un liberalismo político, un liberalismo filosófico, un liberalismo teológico, etc.; y porque hay versiones diferentes de cada uno de esos liberalismos. Empero, pese a toda esa diversidad, es posible captar la esencia del liberalismo con una definición más completa que las del DRAE. Me basaré aquí en una “definición estándar” del liberalismo ofrecida por Pablo da Silveira1:

1) El diagnóstico liberal sobre nuestro contexto de acción incluye los siguientes datos fundamentales: a) inevitabilidad de la coexistencia social; b) inseparabilidad entre la coexistencia social y la escasez moderada de recursos; c) el hecho del pluralismo: radical diversidad (ni arbitraria ni pasajera) de las convicciones morales, metafísicas y religiosas de los individuos.

2) Para organizar la coexistencia social en este contexto, los liberales optan por un Estado que: a) protege una serie de derechos fundamentales que benefician incondicionalmente a todos los ciudadanos; b) se mantiene neutro respecto de la cuestión del bien, es decir, respecto a las diferentes concepciones de la vida buena que son preferidas por los individuos.

Aquí me limitaré a comentar el punto 2, y especialmente el 2b. En este punto, mi crítica es simple: el Estado moralmente neutro no puede existir porque la neutralidad moral es imposible. Además, hay una contradicción entre las propuestas 2a y 2b. Dado que la protección de los derechos humanos fundamentales es una cuestión moral, un Estado que intente ser moralmente neutro no podrá cumplir bien esa función de protección.

Profundizando algo más, se ve que el liberalismo clásico está ligado a una concepción subjetivista de la moral, mientras que, en la gran tradición de la filosofía cristiana, el ser, la verdad y el bien se identifican realmente, y hay un orden moral objetivo que el ser humano puede conocer por la sola luz natural de la razón.

La doctrina cristiana pone “de relieve la relación intrínseca de la libertad humana con la verdad, de manera que una libertad que rechazara vincularse con la verdad caería en el arbitrio y acabaría por someterse a las pasiones más viles y destruirse a sí misma. En efecto, ¿de dónde derivan todos los males frente a los cuales quiere reaccionar la Rerum novarum2, sino de una libertad que, en la esfera de la actividad económica y social, se separa de la verdad del hombre?”3.  No obstante, el rechazo del liberalismo no implica un rechazo de cualquier capitalismo.4

Según la doctrina cristiana, el Estado no debe buscar la neutralidad moral, sino el bien común. ”La comunidad política nace... para buscar el bien común, en el que encuentra su justificación plena y su sentido y del que deriva su legitimidad… El bien común abarca el conjunto de aquellas  condiciones  de la vida social con las cuales los hombres, las familias y las asociaciones pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección.”5

Por otra parte, al considerar la moral como algo librado exclusivamente a los individuos, el liberalismo tiende al individualismo, que contradice uno de los puntos básicos de la doctrina social cristiana, el principio de solidaridad: en último análisis, todos somos responsables de todos. De ahí que la propiedad privada sea un derecho natural, pero no absoluto. La propiedad privada, por su misma naturaleza, tiene también una índole social, cuyo fundamento reside en el destino universal de los bienes. Aunque un bien sea mío, no tengo derecho a destruirlo por simple capricho, sin considerar las necesidades de los demás.

En la práctica, no es difícil distinguir a un liberal coherente o radical de un cristiano. Por ejemplo, para un liberal coherente, el Estado debe tratar a la prostitución como cualquier otro trabajo6;  a la industria pornográfica como cualquier otra industria7; al alquiler de vientres como un “derecho reproductivo”; etc. Así se evidencia que en la pretendida neutralidad moral liberal no hay, en el fondo, neutralidad alguna, sino una decidida militancia anticristiana.
 

1) Cf. Pablo da Silveira - Ramón Díaz, Diálogo sobre el liberalismo, Taurus, Montevideo, 2001, pp. 119-125.
2) Encíclica del papa León XIII que en 1891 condenó el capitalismo salvaje, la usura y el socialismo.
3) Papa Juan Pablo II, encíclica Centesimus annus, 1991, n. 4.
4) Cf. Ibídem, nn. 42-43.
5) Concilio Vaticano II, constitución Gaudium et spes, n. 74.
6) Sería mero “trabajo sexual” y no una forma degradante de explotación.
7) Sería una de las formas de la libertad económica y la libertad de expresión y no un abuso de las debilidades de los “consumidores”.

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