8 de marzo de 2013 20:00 hs

Apareció en la cola para subir al avión apurada, desaliñada y algo perdida. Nunca identifiqué muy bien de cuál de los cuatro puntos cardinales había llegado. Creo que si se lo hubiera preguntado, no me lo hubiera sabido responder. Parecía un personaje de ficción pegado en el enorme aeropuerto Tocumen (Panamá). Aparentaba tener más de 60 años. De tez mestiza y muchas arrugas. Miraba para todos lados y balbuceaba bajito con sus carnosos labios maquillados al rojo vivo. Su pelo crespo, rubio platinado, desteñido, hubiera sido el contraste perfecto, a no ser por la vincha gruesa multicolor que lo sujetaba. Todos la miraban, pero ella no parecía percatarse. Su atención se la llevaba la valija de mano con rueditas, que transportaba, y la manera de hacerla andar sin tropiezos.

Ya estábamos listos para subir al avión. La Habana era el destino. Y aunque deseé que el personaje de ficción no me tocara como acompañante (no tenía ganas de hablar con alguien que hablaba solo), no tuve suerte. A los pocos minutos, la mujer ya sabía de dónde venía y qué lugares iba a visitar en Cuba, su país. “Ustedes, los turistas, dicen que caminamos lento. Muchos dicen que es porque estamos entregados. Yo no creo que sea por eso. Igual, yo me quedo con mi paso caribeño y no con el de ustedes, que andan todo el día corriendo para un lado y para otro. ¡Buenos Aires me volvió loca! Yo no sé cómo mi hija hace para vivir ahí. ¿Montevideo es igual? ¿También hay tanta inseguridad? En Cuba, no. Somos el país más seguro. Vas a ver. ¿Cómo se llama tu presidente, el amigo de Fidel? ¡Mujica!”. Cuando quise acordar ya estábamos aterrizando en el aeropuerto José Martí. “¿Para qué sirve esto?”, me preguntó, mostrándome las toallitas humectantes. “Entonces me las guardo”.

Algo más que un olor rancio

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Pisar suelo cubano la devolvió a la realidad. Mientras yo sentía que me quedaba en el tiempo, ella adquiría velocidad y volumen. El edificio viejo y sin color del aeropuerto de La Habana le sacó el desaliñado y la encajó perfectamente en su lugar. El olor rancio me invadió las narinas. El tiempo no corría y los cubanos se movían en “delay”. Un reloj de acero inoxidable colgado del techo era el único artefacto visible en aquella añosa estructura. La aguja se movía tan lento que por algún momento llegué a pensar que no funcionaba. Aquello era un mundo paralelo y ahora la que estaba desencajada era yo. Las paredes no llevaban ni una sola publicidad, luminoso, ni cartel. En aquel amplio salón de llegada, desabrido, silencioso y casi vacío, lo único que pululaba era el uniforme verde militar de los funcionarios. Al fondo las cabinas vetustas de migración. Y detrás de cada una de ellas una puerta con el cartel “Exit”. La gente presentaba sus documentos, se sacaba una foto y desaparecía detrás de la puerta.

Alegría apagada

“Los cubanos somos enemigos de los americanos solo por política. Porque después somos iguales: comemos mucha comida chatarra, el deporte nacional es el béisbol, tenemos hasta Capitolio y si no dejas propina, podés ser tildado de tacaño”, nos explicó la guía del city tour, mientras recorríamos la capital cubana. “La Habana Vieja era nuestro Wall Street, pero se vino abajo porque no hay dinero, por eso hay mucha destrucción”, adelantó.

Cada edificio de La Habana Vieja da la sensación de eminente derrumbe, el olor a cloaca se cuela hasta por los poros, los autos Chevrolet de los años 50 son como una plaga de cucarachas y la publicidad comercial inexistente es suplida por carteles pro revolución. Pero los cubanos viven felices, aunque a veces se trate de una alegría apagada o melancólica.

La música y el baile son la sangre que los mantiene vivos, aquella que parece que no les corre cuando caminan. Y es que como bien me dijo un cubano alegre: “Cuando no te queda nada por perder, lo único que te queda es sonreír”. Fue el mismo quien minutos más tarde me dijo: “Sácame de Cuba, aunque sea en una foto”.

Esta isla del Caribe es el país de Latinoamérica con la tasa de suicidio más alta (18,5 suicidios cada 100 mil habitantes), pero eso, al parecer, al cubano común poco le importa. Lo que sí no pierde de vista es que en su país no existen las diferencias.

“Gracias a Cuba todos pudimos estudiar. Acá somos todos iguales. Todos vamos a la escuela, todos comemos de la canasta, nadie pasa hambre. Cuba es un país muy seguro. No hay violencia, no te roban, no hay prostitución. Hay un policía en cada esquina. En total, un millón de policías en toda La Habana”, me comentaba orgulloso el mozo de un bar, pensando que su discurso era original. Lo cierto es que de tanto escucharlo, ya lo sabía de memoria.

“Fidel no quiso que nadie saliera de Cuba porque nos quería tener aquí como ganado”, me aseguró complaciente un taxista.

–¿Por qué como ganado?
–No lo sé. Siempre se lo preguntamos, pero nunca nos lo contestó, ni siquiera mis abuelos sabían por qué. Eso es lo que nos dijeron –respondió sin el más mínimo acento de queja, más aun, su tono parecía de eterno agradecimiento.

La reforma migratoria ahora les permite a los cubanos salir de la isla a 35 países. “El problema de los cubanos es que no quieren salir para conocer la torre Eiffel, quieren irse para nunca más volver y no todos los países aceptan la visa”, explicó la guía turística.

Pero este sueño “parisino” no es compartido por todos. También los hay (y abundan ) aquellos menos aventureros a quienes hacer mundo nos les llama la atención.

Dicen que en Cuba hay que hacer cola hasta para morir. Y esto no lo dicen los turistas. Lo dicen los propios cubanos. En la gran oficina pública que es La Habana, esperar o matar el tiempo es un deporte más: en el correo, en la casa de cambio, en la farmacia y hasta para hablar por teléfono. Caminar rápido llama la atención. Y es que al parecer el estrés para los cubanos no existe.

El tiempo no corre. Las horas sobran. Y nada mejor que sentarse a la puerta de la casa para mirarlas pasar. No importa que sea un lunes a las 3 de la tarde porque como dijo un buen cubano: “Cuba funciona así”.

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