14 de octubre de 2011 16:56 hs

Vampiros, vampiros, vampiros. Parece que desde que Stephenie Meyer dio con el oro literario y cinematográfico –en términos de marketing, claro– no ha faltado cadena de televisión ni productor que se subiera al carro de los colmillos y el libre intercambio de fluidos corporales.

Como criaturas altamente sexualizadas y con una gran capacidad para la conversación y el encanto, los vampiros se han ganado un lugar en las pantallas y fantasías de muchos televidentes. Resta decir que los secuaces quiméricos, como algún que otro hombre lobo o bruja, nunca están muy lejos. Hasta las hadas y ménades se han contemplado en este festín de lo supernatural que ha conquistado la programación.

Pero a todo esto, hubo un personaje de los que transitan la línea entre los vivos y los que están bajo tierra, que no ha tenido mucho tiempo de cámara: el zombi.

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Torpes, poco adeptos en el arte de la conversación y con una sed de sangre que los lleva, tradicionalmente, a extinguir poblaciones enteras de humanos, los zombis no han gozado de mucha popularidad ni exposición en la pantalla chica. Hasta ahora.

AMC, cuyo nombre está estampado en series de la talla de Breaking Bad y Mad Men, trajo a los infames muertos vivientes al living de su público con The Walking Dead, una serie basada en las novelas gráficas de culto de Robert Kirkman.

Producida por Frank Darabont, director de The Shawshank Redemption, y recibida con aplausos durante una primera temporada de tan solo seis capítulos, el programa ya fue nominado a un Globo de Oro por mejor serie televisiva dramática.

El secreto del éxito
Una exquisita producción audiovisual –la carne putrefacta no es algo fácil de representar–, a la par de las series mencionadas, no es detalle menor. Sin embargo, esta no es otra telenovela de alta calidad, donde seres supernaturales se inmiscuyen con los que respiran, ni donde surgen romances interraciales tan complicados como imposibles.

La historia, en lo básico, no es una serie de terror, y bien podría tener más paralelos con la lucha por la supervivencia de Lost que con los romances vampirescos de True Blood.

The Walking Dead narra la historia pos-apocalíptica de un grupo de sobrevivientes mientras viajan por un Estados Unidos desolado, de tanques de nafta a medio llenar y calderas de agua evaporada en medio del destrozo.

El grupo es liderado por Rick Grimes (Andrew Lincoln), el sheriff de un pequeño pueblo de Georgia que se salva de la epidemia gracias a un balazo que lo lleva al hospital. Al despertar, 28 días después, Grimes se encuentra con un escenario tan confuso como terrorífico, en el que una epidemia ha convertido en zombi a casi todo ser humano.

El grupo, reunido de a poco y desesperado por encontrar un hogar lejos de las hordas de muertos vivientes, es empujado al borde de la cordura a medida que la situación se hace más amenazadora.

Con los límites de la sociedad desdibujados y una interacción marcada por la primitiva necesidad de sobrevivir, The Walking Dead no puede dejar de generar preguntas, en medio de lo absurdo, sobre la psiquis humana y la antropología de una interacción tan surreal.

Cuestiones sobre la moral y la ética surgen, inevitablemente, ante situaciones tan radicales como estar entre los últimos especímenes de la humanidad. Y es que, si no hay nadie alrededor para juzgar, ¿cómo mantener los valores, la fe? Ser de los últimos ejemplos lleva a la compasión y la cooperación o a la barbarie? Son estos temas los que, justamente, hacen que la serie suscite más terror gracias al comportamiento de los humanos que los de los seres detrás de ellos.

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