La combinación explosiva de atraso sociopolítico y de agitación extremista islámica está en el trasfondo de la nueva crisis en Egipto, cuna hace dos años de la llamada primavera árabe que derrocó al dictador Hosni Mubarak y se propagó a otras naciones del Medio Oriente, con más desorden que resultados de mejoramiento. Detrás de la convulsión actual está la poderosa Hermandad Musulmana, comprometida con las formas más rígidas de organización social bajo el código islámico o sharía como forma de gobierno. Ha sido financiada por las monarquías árabes más conservadoras, como instrumento para combatir movimientos más liberales o, al menos, de mayor tendencia secular. Ya en la década de 1950 se oponía al panarabismo de base política de Gamal Abdel Nasser, con quien solo compartían la hostilidad contra Israel. Desde entonces participaron en hechos de violencia contra cualquier régimen secularizador en la región.
Explosiva combinación egipcia
El afán de poder personal e incompetencia de Mohamed Morsi provocaron la resurgencia de las masivas protestas sangrientas y el derrocamiento de su gobierno por parte del ejército