10 de julio de 2013 10:55 hs

La combinación explosiva de atraso sociopolítico y de agitación extremista islámica está en el trasfondo de la nueva crisis en Egipto, cuna hace dos años de la llamada primavera árabe que derrocó al dictador Hosni Mubarak y se propagó a otras naciones del Medio Oriente, con más desorden que resultados de mejoramiento. Detrás de la convulsión actual está la poderosa Hermandad Musulmana, comprometida con las formas más rígidas de organización social bajo el código islámico o sharía como forma de gobierno. Ha sido financiada por las monarquías árabes más conservadoras, como instrumento para combatir movimientos más liberales o, al menos, de mayor tendencia secular. Ya en la década de 1950 se oponía al panarabismo de base política de Gamal Abdel Nasser, con quien solo compartían la hostilidad contra Israel. Desde entonces participaron en hechos de violencia contra cualquier régimen secularizador en la región.

Su momento llegó cuando, como fuerza política, llevó a la presidencia egipcia a Mohamed Morsi, cuyo afán de poder personal e incompetencia gobernante provocaron la resurgencia de las masivas protestas sangrientas de una población predispuestas al estallido fácil por la pobreza y las desigualdades en que vive. Como ha ocurrido una y otra vez desde el derrocamiento de la monarquía corrupta del rey Faruk hace siete décadas, el Ejército, árbitro permanente de la política egipcia, volvió a tomar el poder. Asegura que una vez que restablezca el orden convocará a nuevas elecciones, como primer paso hacia una democracia que suena como etiqueta descolorida en sociedades milenarias que jamás la han conocido.

Esta falta de formación cívica y el persistente músculo de la Hermandad Musulmana son los obstáculos principales. Egipto tiene figuras competentes para sacar al país del atraso y de los enfrentamientos improductivos de raíz religiosa. En la actualidad sobresale el nombre de Mohammed el Baradei, premio Nobel de la Paz en 2005 como negociador de Naciones Unidas para frenar el armamentismo nuclear de Irán y asegurar que todos los programas nucleares tengan estrictos fines pacíficos. Ha emergido como candidato para encabezar un gobierno más equilibrado y respetuoso de la constitución. Pero con la única excepción de Turquía, ningún país de mayoría musulmana ha logrado hasta ahora estabilizarse bajo gobiernos que apliquen el islam con la tolerancia pacífica que está en las raíces de esa religión, pero que deforman sus sectores más extremistas.

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Que lo concrete ahora Egipto dependerá de la habilidad y visión con que se manejen los militares que han tomado el poder y los más ilustrados dirigentes civiles y religiosos del país, incluyendo los de la mayoría musulmana y de la importante minoría cristiana copta. Una ruta adecuada es atender los reclamos de la población contra la pobreza, la desigualdad de oportunidades educativas y las carencias de los servicios públicos, todo ello explotado hasta ahora por el extremismo para incendiar al país. Forjar reformas que atenúen las protestas y mantengan a raya a los agitadores es la única esperanza de que el nuevo régimen militar sea reemplazado por un gobierno electo capaz de pacificar el país y de llevarlo, si no a una democracia de tipo occidental, al menos hacia mayor estabilidad y desarrollo.

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