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Gabriel Calderón: "El arte no sirve para nada y esa es su gran utilidad"

El dramaturgo y director habló con El Observador tras la reciente publicación de "Ana contra la muerte"

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01 de agosto de 2020 a las 05:04

Ana llora. Ana lucha. Ana ríe a carcajadas del dolor. Porque Ana se banca cualquier cosa, menos que muera su hijo. Pero el cáncer no perdona, y tampoco la pobreza. Entonces, allí está Ana, desnudando su sufrimiento ante todos.

Gabriela Iribarren es Ana, y María Mendive y Marisa Bentancor son doctora, dealer, abogada, amiga, sicaria y otros personajes más. Las tres recrean un puñado de diálogos que probablemente sean los más difíciles que tuvo la escena local en el último año. La persona detrás de ese texto –Ana contra la muerte– es el director y dramaturgo Gabriel Calderón, quien defiende la necesidad de abordar en las artes escénicas esas charlas inconvenientes.

“El teatro es un piñazo tras otro y si no entendiste la obra no se detiene. Una vez que caíste en la trampa estás en nuestras manos para bien o mal”, dice el dramaturgo, que sobre fines de noviembre golpeó brutalmente a un grupo de personas que pudieron presenciar el preestreno de su obra. La invitación a ese acontecimiento fue escrita a mano. Sin haberse presentado para fondos, Ana contra la muerte se planteó desde el inicio como un desafío artesanal.

Fue durante días de altas temperaturas. De calor infernal en Montevideo en esa sala de Palermo. Igual no importó. El resultado fue ese ahogo emocional que hoy tanto se extraña. La lucidez poética y desgarradora de las palabras de Calderón y la excelencia de la tríada de protagonistas que dotaron de sentido al texto transmitieron en varios de los presentes el dolor del que nadie nunca está salvo, ese que deja la muerte de un ser querido, esa tragedia personal de la muerte en segunda persona.

Y quizá ahí, en ese recuerdo que parece tan lejano en el tiempo, radica un pedacito del valor de recuperar ahora al teatro. Sentir, intentar comprender, reflexionar. Y no importa si es ficción, la finitud de la vida es universal. “Por suerte, el teatro es superador, no es el mundo. Compite con él, lo cuestiona, lo embellece”, afirma Calderón mientras defiende que el arte “amplía las experiencias vitales”.

Ana contra la muerte debía estrenarse en abril y en junio se lanzaría la dramaturgia de la pieza. Pero como lo primero todavía no pudo ser, Criatura Editora publicó hace algunas semanas el texto de Calderón para ir preparando al espectador para lo que será, probablemente, una de las obras que marcarán el año de las artes escénicas locales una vez que se corran los telones.

Tenías previsto un 2020 agitado, ¿en qué canalizaste toda esa energía durante estos cuatro meses sin teatro?
Ya lo superé. Ahora estoy esperando. Como esto no lo manejamos nosotros, para no sufrir tanto bajé las expectativas del año. Me preparo para hibernar y le dedico mucho tiempo a mi familia. También estoy con muchas actividades por Zoom, que me tienen agotado. Creo que la pandemia ha despoetizado varias cosas. Me gustaron los primeros dos meses, fue una pausa obligada. Aunque sí me afectó no poder estrenar la obra. En un principio tuve que manejar la ansiedad y ahora hay una frustración a la que no me resigno. No quiero que no se vea. Tenemos un material lindo que nos llevó tiempo, para el que trabajamos con mucho dolor y cariño. El lado bueno es que está ahí esperando y cuando vayamos a estrenar tendremos que reconectar antes y retomar ensayos y volver a hacer que eso suceda. Con actrices como ellas no es difícil.

Sabías desde un principio que Ana contra la muerte se hacía solo si estaban ellas tres. ¿Por qué?
Son tres diosas. Son de esos lujos que uno se da en Uruguay. Como dirigen una escuela (IAM) y hace años que las conozco y he trabajado con algunas de ellas por separado, podía soñar con tenerlas juntas. Son una locomotora energética. Ensayaba dos horas y salía agotado porque son intensísimas. Todo en ellas es intenso, el talento, su inteligencia, su locura, su pasión, su tristeza. Entonces más que dirigir era un contenedor. La muerte de un niño siempre es un golpe bajo, además de tratar el tema del cáncer que no me gusta. Pero sabía que estas tres mujeres podían hacerlo bien.

¿Qué efecto creés que puede tener lanzar el libro antes del estreno de la obra?
Ahora es como un gesto, sirve para hablar en algunos lugares, para que la gente se vaya enterando de que hay un texto, y que se genere como un runrún para cuando venga la obra. Después, la lectura de un texto teatral ofrece a quien se anima algunas posibilidades. En el caso de Ana, leer la obra te permite manejar la velocidad de las pasiones propuestas. Si algo te resulta muy duro descansás y esto hace que la obra resulte más larga, por ahí estás una semana leyéndola. El teatro no tiene esa posibilidad, es un piñazo tras otro y si no entendiste, la obra no se detiene. Y cuando podés respirar terminó la obra y te echan de la sala. Una vez que caíste en la trampa estás en nuestras manos para bien o mal.

Y en el libro no hay una actuación de por medio, todo el peso cae sobre las palabras, ¿no?
El libro poético puede emparejarse con un libro mágico de hechizos. La poesía es combinar palabras de modo distinto, es decir con palabras lo que las palabras no pueden decir por sí solas. Onetti decía frente a la máquina de escribir algo así: “Pensar que acá está el Quijote, uno lo que tiene que saber es la combinación”. Poesía es combinar palabras que conocemos y, de repente, conseguir un efecto nuevo. Eso se parece mucho a los hechizos, saber que “ábrete, sésamo” abre una puerta pero “sésamo, ábrete” no. En la liturgia católica se dice: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa; pero una palabra tuya bastará para sanarme”. Y en el teatro, por oposición, una palabra basta para enfermar, tiene eso de peste. Si digo las palabras correctas, quedan en vos y estás manchada. Creo mucho en esa combinación poética teatral, el libro también tiene la posibilidad de hacerlo y en estos momentos es la única que encuentro.

De hecho, en el preestreno de la obra esa mancha quedó. Se sintieron llantos y se vio el dolor con el que varios de los espectadores salieron de la sala. ¿Fuiste consciente de lo que se generó?
Ese efecto era buscado. Pero uno nunca sabe si va a salir. Me gusta que la obra de teatro genere algo corporal en la persona, que te sientas como manoseado o que te digan cosas que te va a costar olvidar. En el preestreno tuvimos la confirmación de que todo lo que ensayamos creyendo que era un material potente lo era. Pero aunque nos vaya muy bien se hará un año o dos. Después, generaciones y generaciones van a desconocer por completo esa obra. ¿Por qué lo hacemos otra vez si sabemos que esa es la regla del teatro? Esto es muy frágil. La teoría dice que el teatro es el contexto. Una cosa es hablar de la muerte antes de la pandemia y otra es hablar hoy. Una cosa era en verano y otra es ahora, cuando la gente está tratando de salir, respirar, divertirse.

Elegiste hablar de un tema muy complejo, como lo es la muerte de un hijo, bajo un sistema tradicional de escritura y sin apelar al humor o a lo fantástico, algo que no es usual en tu obra. ¿Por qué?
Hace tiempo sentía que mi lenguaje se había agotado para mí. No para el público, que seguía viniendo a las obras. En Ex sentí que terminé algo de mi manera de escribir. Eso que quería explicar de tragedia y comedia a la vez, la palabra poética, el entrecruzamiento de la fantasía con lo político. Después La mitad de Dios o If - Festejan la mentira fueron reelaboraciones de mi mismo lenguaje. El movimiento no tenía que ser encontrar algo nuevo en la escritura sino recuperar algo viejo bajo un nuevo material. Entonces, me pregunté si podía escribir una obra tradicional, sin saltos en el tiempo ni fragmentación, que fuera simple y que en esa simpleza fuera buena. Después, estaba la voluntad de escribir algo sin humor que resultara interesante. Mientras venía rumiando estas ideas, en el programa de formación que estaba dando en Italia veníamos trabajando sobre los diálogos difíciles, esos que son imposibles, impertinentes e inconvenientes. Llevé como ejemplo una noticia de una mujer que había pasado droga para salvar a su hijo, estaba presa, y como él se estaba muriendo la habían liberado para que fuera a verlo. Ahí había un diálogo difícil. Trabajar así me dio material y me ayudó a comprender que un diálogo difícil está precedido de muchos diálogos difíciles. Después pensé, ¿y si yo pudiera contar esta historia solo con los diálogos?

La meta tiene que ser imposible. También es una estrategia personal para evitar un fracaso insoportable, que era lo que me pasaba cuando seguía manejando un lenguaje que ya conozco. Fracasar haciendo lo que uno sabe hacer me resulta insoportable.

El puntapié para escribir la obra fue esa noticia. Pero, ¿qué tanto tuvo de vos y de tu experiencia la materialización de la emoción llevada al texto?
Es una contradicción y va a ser una eterna tristeza, pero yo no hubiese conseguido esta obra si mi hermana no hubiese fallecido. No lo elegí. Pero sí puedo elegir escribir algo con relación a eso. También tuve mucho cuidado de que la obra no fuera sobre mi dolor ni sobre el fallecimiento de mi hermana. Quisiera que para siempre eso se quedara en el territorio del mundo. El teatro por suerte es superador, no es el mundo. Compite con él, lo cuestiona, lo embellece. Pero quiero que la cosa más horrible que me pasó se quede horrible. No estoy tratando de superarla. No intento hacer nada con esta obra en relación con esa vivencia, pero no puedo evitar que mi trabajo beba de esos lugares. Tiene que ver con la honestidad. Si voy a hablar de la muerte tengo que poner algo de mi muerte, de mi vida, no puedo siempre escudarme en los demás. Pero, a la vez, tengo la responsabilidad personal de decir, ¿a quién le importa mi vida? Inmediatamente cuando me meto en ese terreno siento mezclados dolores con vergüenza. Todo lo bueno que produzca lo daría por no haber vivido eso y tener a mi hermana de nuevo acá.

¿El teatro sana?
No soy un gran defensor de la idea de que el arte tenga que tener una utilidad. El arte puede sanar, puede incluir a la gente, puede dar dinero. Pero creo que no sirve para nada y esa es su gran utilidad. En un mundo donde todo tiene que servir para algo, aparece esto que defiende que no produce nada. Soy un convencido de que mejora la vida de los individuos, no sé si de los colectivos. En mi experiencia personal, creo que mi vida ha sido mucho mejor desde que tengo el paladar del arte y lo voy educando. Se me amplía el campo de las experiencias vitales. Dejo de ser una persona que se levanta, come, trabaja y duerme. Estoy seguro de que lo artístico te hace mas grande el tránsito. Ahora, no creo que nos haga mejores personas ni que nos mejore colectivamente o nos ayude a sufrir menos. Puede pasar. A mí no me ayudó, pero me sirvió para recuperar una alegría con el teatro. No quiero curarme de ese dolor, estoy dispuesto a que me acompañe. Hay dolores necesarios que están allí para recordarnos que todo esto también es dolor.

Quizá esto lo debería responder un crítico, no el autor, pero, ¿considerás que Ana contra la muerte es tu pieza más lograda?
No lo sé. Soy consciente de que muchos lo están diciendo. Son cosas del tiempo. Me gratifica mucho más haber encontrado un nuevo territorio en el que voy a trabajar. Tengo mucha más confianza en la obra que está por venir que en la que ya escribí. José Ingenieros en El hombre mediocre dice una cosa bellísima: “Cuando pones la proa visionaria hacia una estrella y tiendes el ala hacia tal excelsitud inasible, afanoso de perfección y rebelde a la mediocridad, llevas en ti el resorte misterioso de un ideal”. Aunque tengamos logros que la gente aplauda, así como también tenemos críticas y vergüenzas personales, uno no debe claudicar en mirar hacia objetivos ambiciosos. Sobre todo porque es lindo no lograrlos. Claro que lograrlo está bueno, pero todos esos logros están apoyados en fracasos que nadie aplaude, pero que son muy necesarios. Es el mito de Ícaro que va a ser siempre recordado por intentar tocar el sol y no llegar. Los artistas somos Ícaros. Al final de todo, ¿de qué hablamos? De una obra de teatro que la ven 80 personas, que no mueve el péndulo de nada, que la borrás con un virus. Allí hay una cosa que es muy endeble, como las alas de cera de Ícaro. Sin embargo, queda una épica de esa narración que es maravillosa.

Aunque también habría que comparar lo que deja el ruido de lo masivo contra lo ínfimo, pero profundo, del teatro.
Es que el teatro tiene 3.000 años y nadie ha podido con él. No lo mató la foto, el cine ni los libros. Eso no quiere decir que no sea superfrágil. Es una comunidad muy sensible. El espectador de teatro es una minoría que merece existir, gente que vaya a saber por qué error prefiere el teatro y está allí haciendo fila en una salita en invierno. Es épico.

¿Cómo ves la situación que vive el sector ahora frente a la paralización de la actividad por más de cuatro meses?
Es tremendo e injusto, porque la gente se sostuvo en la pandemia también con la cultura y ahora evidentemente no la están reclamando. El sector está pasándola muy mal. El gobierno no lo tuvo en sus prioridades, lo que no quiere decir que no esté haciendo cosas. Y desde la comunidad tenemos que trabajar para que la gente nos visualice. Espero que cuando abran los teatros la gente venga. Es un sector sumergido históricamente. Tuvo grandes avances con el Frente Amplio (FA) pero nunca dejó de ser uno de los sectores más rezagados. La gente no lo identifica porque igual funciona. Si se descalabran los maestros no hay clases; al teatro aunque no lo pagues se hace igual. Y sobre esa visión que se tiene de que los artistas “están subvencionados”…, ¿no se dan cuenta de que reciben una magra plata del Estado y que eso licuado entre todos los grupos es muy poca plata?

¿Considerás que prima en el imaginario colectivo una disociación de lo artístico con lo productivo o lo que es rentable económicamente?
Muchos estamos preocupados por cómo ha emergido un discurso de odio y desprecio hacia los artistas y su trabajo. Del imaginario de que no trabajamos las ocho horas, de que estamos de vivos y de que queremos que nos mantengan. Y es muy injusta esa mirada, no solo porque trabajamos, sino porque nadie nos mantiene. Se ha empezado a mover en comentarios en las redes esa idea de “sáquenle la plata a estos vagos” y creo que esta discusión no ayuda. Acá hay gente que hace cuatro meses no trabaja, que nadie les va a compensar nada, hay teatros que van a cerrar y salas que no van a volver. Ahora se viene un presupuesto quinquenal, esperemos que eso se vea traducido en presupuesto. Allí es donde se ve la verdadera jerarquía de las cosas. Preocupan los discursos de recorte porque no hay mucho para recortar acá.

Dentro del sector artístico, fuertemente identificado con la izquierda, se veía con desconfianza lo que pudiera llegar a pasar con la cultura una vez que la gestión estuviera en manos de un gobierno de derecha. ¿Cómo lo viviste?
Mi miedo era que pasara esto que está pasando, en donde se enervan los discursos, y que esta sea la realidad por cinco años. Hay una primordial responsabilidad que es de los gobernantes en construir. No tenía miedos en cuanto a que la derecha fuera en contra de la cultura. Tenía confianza. Soy de los que creen que, si no se trata de una extrema derecha, por supuesto que va a tener tradición en la cultura y grandes referentes que la defiendan. Además, el gobierno puso gente muy capaz en muchos lugares, como Mariana (Wainstein) en la Dirección Nacional de Cultura, Roberto Blatt en la Dirección del Cine y Audiovisual Nacional, Enrique (Aguerre) en los museos. A lo que le tengo miedo es a las discusiones cuando se fanatizan. Y que el FA a través de sus gobiernos logró cosas contundentes para el sector es indiscutible. Pero no creo que sea yo el que tenga que hablar de estos temas porque me siento bien representado y porque las personas de un lado y del otro tienen la inteligencia como para llegar a un acuerdo. Espero que haya un descenso de las intensidades, sobre todo por parte del gobierno, para que se permita escuchar a las voces que no gritan.

En una entrevista radial contaste que en el liceo el teatro te atrapó porque descubriste que era el único lugar donde el portarse mal no se penalizaba. ¿Cómo lo ves ahora? ¿El teatro te permitió ser irreverente?
El teatro fue la contención de una irreverencia que no encontraba camino. De repente encontré un lugar donde no me decían “portate bien”, me decían “más de eso”. El teatro siempre fue un lugar de respiración. Y no era que me quisiera dedicar al teatro, me di cuenta recién en la facultad de que era lo único que quería hacer. 

 

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