Fue un desastre. Nadie lo sabrá nunca con exactitud, pero los números que se congelaron en el tiempo apuntan entre 50 y 100 millones de muertos en todo el mundo.
En 1918 la humanidad vivió la peor pandemia de su historia reciente. No existía una Organización Mundial de la Salud (OMS) para orientar las recomendaciones, no había informativos, ni cadenas nacionales en televisión abierta para saber qué pasaba, ni cuándo, ni cómo, ni de qué manera se estaba trabajando para encontrar una solución. No se podía comprar alcohol en gel, mascarillas o guantes de látex en las farmacias. Tampoco existía ese intercambio —a veces siniestro y otras veces esperanzador— en la gran plaza pública virtual de las redes sociales. Aunque sí circulaba información falsa, bulos, comentarios detractores y necios; esos existieron siempre.
En 1918 el enemigo era invisible, se movía por el aire y alcanzaba solo con respirar para dejarlo entrar en el organismo. La gripe española, como la llamaron, mató al 5% de la población mundial en cuestión de meses.
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Como ahora, el mundo no estaba preparado.
De virus y otras pestes
Las pandemias son uno de los mayores riesgos con los que convivimos los seres humanos. Son enfermedades que escapan de los controles y las medidas preventivas en las sociedades y avanzan contra todo. Matan a miles, a veces millones, y cambian de un día para el otro los hábitos, la economía, los vínculos. En definitiva, la manera en la que las civilizaciones funcionan.
Está pasando ahora con el coronavirus, pero ya pasó antes y los científicos aseguran que volverá a pasar. Las preguntas son cuándo y dónde.
El origen de las pandemias siempre es responsabilidad de un microbio, por lo general un virus o una bacteria, que secuestra una célula humana viva, la infecta y comienza a reproducirse. Estos virus se conocen como zoonóticos y son peligrosos porque mutan rápidamente, evadiendo así tratamientos y medicamentos que ya existen.
El doctor Peter Daszak, ecólogo de enfermedades, declaró al medio estadounidense Vox que la ciencia estima que hay cerca de 1.5 millones de virus y bacterias en el mundo natural con los que la especie humana jamás tuvo contacto y que es ahí donde es probable que se origine el virus que causará la próxima pandemia.
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La evidencia apunta a que el coronavirus mutó desde un murciélago, la gripe porcina saltó desde los chanchos, la gripe aviar nos la contagiaron las aves y la peste negra es probable que haya venido desde un parásito de las ratas, las pulgas.
La relación de los humanos con las pandemias es constante y cada tiempo tuvo la suya propia. La primera de la que hay registros más o menos fieles se dio entre los años 165 y 180 d.C. Se la conoce como peste antonina o plaga de Galeno, la antesala a los sucesivos brotes bubónicos que vinieron después. Los pobladores de la época asociaron la enfermedad a causas mágicas, paranormales y divinas. La peste, importada por soldados romanos en Oriente Próximo, asoló la ciudad de Roma. Se estima que la plaga llegó a matar 5.000 personas al día en la capital del Imperio.
La línea del tiempo pone a la plaga de Justiniano como la segunda gran pandemia de la historia. Se dio entre los años 541 y 750 d.C. La evidencia es poca (los científicos aún trabajan en ella), pero todo a punta a que la enfermedad se originó en el centro comercial de un pueblo costero en Tanzania, en la África Oriental. La fuerte actividad comercial de la zona repartió contagios por Europa y Asia matando a 50 millones de personas.
El impacto sobre la sociedad fue tan grande que algunos historiadores las responsabilizan por haber haber fracturado la vida del Imperio Romano para siempre y así darle paso al inicio de la Edad Media.
El principal vector de contagio fueron, una vez más, los roedores. Estos animales también desataron la tercera gran pandemia de todos los tiempos, una de las más paradigmáticas: la peste negra.
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A mediados del siglo XIV, la peste negra llegó a Europa camuflada en barcos que partieron desde la península de Crimea, a orillas del mar Negro. Los síntomas eran desconocidos, su contagio transversal a las clases sociales y los remedios escasos, por eso causó pánico.
Es probable que sepamos más de la peste negra que de los brotes anteriores porque, al alcanzar las clases intelectuales, se escribieron ríos de tinta sobre sus efectos en la realeza. A su vez, el arte siempre fue un reducto consolador en los tiempos de mayor incertidumbre y la desolación de la peste negra quedó plasmada en lienzos y colores vibrantes, obras de arte que hasta el día de hoy recorren el mundo.
La enfermedad mató al 40% de la población europea y fue la responsable de que un reinado decretara la primera cuarentena de la historia. Fue en Ragusa, hoy Dubrovnik, que los reyes medievales impusieron formalmente (ya se había intentado con la lepra) un aislamiento social durante 30 días para contener el ritmo de los contagios, luego de expulsar al campo a todos los posibles infectados que vivían dentro de la ciudad.
Cómo llegamos hasta acá
Entre 1918 y el siglo XIV hubo varios otros brotes. Cólera, viruela (que impulsó el desarrollo de la primera vacuna), peste persa, plaga italiana y tantas otras pandemias que, a una escala más pequeña, causaron estragos y moldearon civilizaciones enteras. Pero fue la gripe española la que marcó un precedente.
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Empidemiólogos e historiadores la consideran la primera pandemia global porque ningún rincón del planeta se mantuvo a salvo del virus.
Sucedió cuando la primera guerra mundial estaba llegando a su fin. Fue en el estado de Kansas donde un soldado se presentó en una enfermería afiebrado. En el ínterin contagió a un contingente entero que desembarcó en Alemania algunos días después para reforzar el frente de batalla. Entonces el brote cruzó el océano y sus efectos fueron imparables.
Cien años después la ciencia cree que la gripe española se originó cuando un ave enferma y un humano enfermo contagiaron al mismo cerdo. Dentro del animal, los virus se mezclaron, mutaron y del cerdo volvió a saltar al humano. Una parte del material genético de este nuevo virus permitió infectar a los humanos, pero el cuerpo no fue capaz de generar un respuesta autoinmune debido a la carga genética que aportaron las aves. Así murieron 50 millones de personas.
Luego de la epidemia del sida, el ébola y la H1N1, llegó el coronavirus. La génesis de la enfermedad se trazó a un mercado en la ciudad de Whuan, en China, a donde los animales llegan vivos para mantener la carne fresca. Allí, a pesar de las restricciones que impiden la comercialización de vida salvaje, se cruzan un número incalculable de virus que se mezclan y mutan de maneras que la ciencia no podría predecir jamás. Eventualmente uno de ellos alcanzó a un humano. El resto es historia conocida.
El coronavirus no será la primera ni la última pandemia a la que la humanidad tendrá que hacer frente. Lo único que nos queda es aprender de nuestra propia historia y tener claro que la que manda es la naturaleza. Aunque el ser humano siempre termina encontrándole la vuelta.