14 de agosto de 2013 17:24 hs

Los veteranos de La Teja siempre bromeaban con que el que se parara en las puertas de las fábricas se arriesgaba a que le ofrecieran trabajo. “Había pobreza, pero no faltaba el trabajo y existía la solidaridad”, manifestó Carlos Pilo, cuya familia ha vivido en la misma casa de Bauzá y Laureles por más de 100 años. Su madre fue una de las tantas vecinas que llevaba comida a los obreros que ocuparon la fábrica Bao durante la dictadura. “El barrio se encerró en señal de apoyo. También por esto Bao es un símbolo para La Teja”, dijo a El Observador. Y, por todo eso, le “duele” que se rematen dos manzanas de ese símbolo.

Los padrones con frente a las calles José Mármol y Laureles y que han sido el corazón de la fábrica desde 1910 serán rematados hoy al mejor postor, sin base, por ejecución hipotecaria del Banco República (BROU) por disposición del Juzgado Letrado de Primera Instancia de Concursos de 1º Turno. Sobre ellos pesan, además, deudas por Contribución Inmobiliaria y Primaria y otras con la Intendencia de Montevideo, que se han acumulado tras décadas de desatinos comerciales, por lo que mucha gente cree que Bao cerró hace años aunque este año cumplió 150.

Su director, Eduardo Calacha, intentaba ayer suspender el remate y se excusó con El Observador de brindar declaraciones. En 2007, cuando Calacha asumió el control, Compañía Bao tenía un pasivo de US$ 3 millones. La casa de remates Castells, por su parte, confirmó el remate. Una fuente dijo a El Observador que ya se habían manifestado varios interesados.

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500 refuerzos cada mañana

Los últimos buenos tiempos que recuerda Pilo datan de 1987. Dos años antes se había entregado la empresa a dos de sus gerentes. En ese entonces la plantilla era de 1.300 obreros. La barraca de la familia Pilo vendía tres camiones con zorra repletos de leña por semana solo a los empleados de Bao. La panadería “19 de Abril” –hoy cerrada– vendía 500 refuerzos de queso y mortadela cada mañana. Pero el movimiento era continuo. El timbre de Bao marcaba el inicio de los turnos a las 6, a las 14 y a las 22 horas. “Había un banco, bares, tiendas. Había absolutamente de todo. Y ahora no hay nada. El barrio se entristeció”, contó a El Observador. Hoy trabajan allí solo alrededor de 30 personas.

“Trabajar en el Bao era como ser bancario”, afirmó. Los obreros tenían un oficio y su salario estaba acorde a su especialidad. “El nivel de vida era importante; de clase media”, agregó Pilo.

La desazón se amplía al ver lo poco que ha quedado de la pujanza industrial tejana. Donde se erigían las fábricas cercanas hay ahora una cancha de fútbol 5, un refugio del Ministerio de Desarrollo Social y el Centro Cultural Viplan y algunos pequeños emprendimientos particulares.

Ése es el vaso medio lleno. La otra parte es “tierra de nadie”, en palabras de otro vecino, Daniel Marzoa, respecto a los galpones abandonados que sirven de dormitorio para indigentes y guarida para delincuentes. “Ésta era una zona de trabajadores y la droga ha hecho mella”, reflexionó.

Capacidad ociosa
La Compañía Bao llegó a ocupar cinco manzanas de La Teja. Una es la que daba a Carlos María Ramírez donde se mantenían los productos refrigerados. Hace años que allí está instalado un gran supermercado. Éste fue uno de los primeros desprendimientos para conseguir la supervivencia. Le siguió la planta de procesamiento de grasas que estaba en San José y que compró Eduardo Calacha en un remate.


Las siguientes superficies son las que se rematan hoy por ejecución hipotecaria del Brou: 7.451 metros cuadrados sobre José Mármol y 6.337 metros cuadrados sobre la calle Laureles.

El resto es la zona destinada a galpones y resguardo de tanques de combustible y otros elementos mecánicos. Pilo recordó que allí se resguardó una flota de hasta 50 camiones en décadas pasadas.

Una crisis financiera determinó la venta de las marcas Astral, Bao y Cristal a Colgate-Palmolive Company en 1994. “Fue el golpe de muerte para Bao y el barrio”, entendió Pilo. No obstante, fue lo que la salvó del desmantelamiento que sufrieron las otras grandes del sector como Strauch y Torino a mano de las multinacionales.

Astral, el primer jabón de tocador antibacterial del mercado uruguayo, contaba con más del 30% de participación en el mercado. Los productos bajo esos nombres se siguieron fabricando en Bao hasta 1999. En ese año se lanzaron nuevas marcas para jabones en barra y detergentes en polvo: Punta del Este (en sustitución del Astral), Gavray, Lira, Presto, Gigante y Espuma, entre otras. Pero los intentos fueron inútiles. En 2006 la plantilla de obreros se redujo a 30.

Los pocos que quedaron ocuparon la fábrica hasta que Calacha y su grupo inversor tomaron el control de la compañía a fines de 2007. En los años siguientes desembolsó al menos US$ 3 millones en readecuación tecnológica y gastos de funcionamiento.

Alrededor de 150 toneladas mensuales de jabón son vendidas con marcas propias y para terceros (supermercados Tienda Inglesa y Ta-Ta, entre otras). No obstante, la capacidad productiva es de 1.800 toneladas.

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