5 de mayo de 2018 5:00 hs

El mundo cambió. Europa ya no es una cuna pura de caucásicos descendientes de latinos originales y vikingos escandinavos. Hoy es, más que nada, un colorido continente donde se conjugan múltiples etnias, creencias, religiones e historias, y donde los inmigrantes –legales e ilegales– pasaron a formar parte de un paisaje sumamente complejo. Porque la diversidad cultural que llegó también estuvo acompañada del resurgimiento de políticas xenófobas, de miedos exacerbados y de mafias que aprovecharon la ocasión para operar con sus vidas desamparadas. Es un problema real, que todavía sigue dando coletazos en cada país del viejo continente y cuya solución todavía es distante. Y cuyos reflejos, obviamente, iban a llegar tarde o temprano a la industria del entretenimiento.

Una de las pruebas es Collateral. La miniserie producida por Netflix y la BBC –una alianza que cada vez da mejores frutos– propone cuatro intensos capítulos en los que se mezclan investigaciones policiales, ética política, debates religiosos, feminismo y obviamente, un abordaje a la xenofobia rampante que se pasea dentro de las fronteras de Europa. Puede que parezca que todos estos elementos son demasiados para condensarlos en apenas tres horas y 40 minutos, pero si algo demuestra Collateral es que hasta el hecho más mínimo puede tener implicancias monumentales y salpicar consecuencias para todos lados. Y que menos es más.

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Bienvenido a Inglaterra

Comienza con un delivery, con la caja de pizza de todos los martes, con Abdullah poniéndose el casco y subiéndose a la moto para cumplir horario. Es de noche, está oscuro, es Londres y el joven está casi muerto. El tiro que lo va a matar va a salir de unos arbustos, no va a dejar rastros y va a desconcertar a Kip Glaspie, la oficial de policía que va a estar a cargo de la investigación del asesinato. Para Glaspie nada tiene sentido. ¿Quién mata a un delivery y ni siquiera le roba?

Este será el eje de los cuatro episodios de la serie, y varios destinos estarán atados a él y a un tiro de gracia que termina con la vida de un joven sirio que aparentemente no tenía nada que ver.

El asesinato funciona como un catalizador que permite conocer vidas tan lejanas a la situación de Abdullah, como conectadas a su futuro trunco. Con Kip Glaspie y su investigación se cruzan las decisiones de un diputado opositor rebelde, su ex esposa adicta a las drogas, una vicaria anglicana que tiene una relación con la testigo del homicidio –quien además es una inmigrante ilegal vietnamita–, la familia de Abdullah y varias aristas más.


Collateral sortea sin problemas el reto de ensamblar este mosaico de historias disímiles –pero conectadas–sin enredarse en sus propias intenciones, y si bien algunas alcanzan a tener más minutos o preponderancia que otras, todas logran agregar su dosis de actualidad a la misión final de la miniserie: pintar, de un modo atractivo y serio, un mapa de la situación actual de la nueva Inglaterra.
En la gran colección de tópicos de la serie hay lugar, como se mencionó, para el feminismo. Está en el personaje de Kip Glaspie –Carey Mulligan, siempre solvente– que va a trabajar embarazada, o en la vicaria que asegura que para ella Dios es Dios pero femenino, o en el personaje de la militar que enfrenta un contexto de acoso y abuso permanente y renuncia a seguir callándose.

También hay críticas al Brexit, con el parlamentario David Mars que increpa de forma incómoda a las políticas anti inmigratoria de su país y denuncia un "muro invisible" contra los que huyen de la guerra. Sobre todo, en la mesa queda el gran problema de la inmigración, que se ve en las peripecias de la familia de Abdullah por el mar Mediterráneo y los círculos de tráfico de personas que están a la espera de que estas vidas quebradas y vulnerables caigan en sus redes.

Por encima de sus propuestas semánticas y su valentía a la hora de poner en discusión determinados temas de la actualidad, Collateral es un producto destinado a entretener, es ágil, está bien dirigida y son solo cuatro capítulos que se consumen de forma voraz y que dejan al espectador con ganas de ver más investigaciones de la Kip Glaspie de Carey Mulligan en esta Inglaterra multicultural y heterogénea en la que los ingleses recién están aprendiendo a vivir.

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