Lo que resuelva (o no) el Plenario del Frente Amplio sobre Raúl Sendic ha pasado a un segundo plano, ante la situación insostenible en que ha quedado el vicepresidente luego de la condena lapidaria emitida por el tribunal de ética de la alianza de izquierda. Los sectores que más o menos lo apoyaban han quedado desacomodados y deambulan ahora buscando la posición con que llegarán el sábado al máximo órgano de conducción del FA. El expresidente José Mujica dijo que era un fallo “sorpresivo”, “duro” y “por encima” de lo que podía prever.
Mal pueden ignorar el fallo del Tribunal de Conducta Política, que concluyó que Sendic usó en forma indebida su tarjeta corporativa de crédito de ANCAP para compras personales o inexplicadas. La contundencia de la censura ha diluido la esperanza de sus defensores de que el Plenario se limitara a una suave reconvención consensuada, salida que parece imposible de acordar en las frenéticas rondas de consultas y negociaciones de estos días entre los sectores principales.
En cualquier caso depende del propio Sendic tomar el camino que le marca el desprestigio en que ha caído y evitarle al FA que aumente el costo político que ya está pagando, que seguirá creciendo cuanto más tiempo se arrastre la definición del tema. Es significativo que una encuesta de Equipos Consultores mostrara que hasta dentro del FA una mayoría se pronunció a favor de que renuncie. Esta posición con seguridad se amplió a partir del lunes, ya que la consulta fue realizada antes de que se conociera el fallo del tribunal, que lo acusó de incurrir en un “proceder inaceptable”, “crasa irregularidad”, comprometida “responsabilidad ética y política” y de haber mentido al no dar “una versión veraz y coherente de los hechos”.
Sendic ha declarado reiteradamente que no renunciará y que se aferrará a su cargo al margen de lo que resuelva el Plenario, esperando en cambio que la Justicia falle, en una fecha futura, sobre las denuncias penales que presentaron contra su gestión al frente de ANCAP los cuatro partidos opositores con representación parlamentaria. Pero por donde se lo mire, su permanencia en el cargo ha perdido todo sustento. Tiene peso pero no es lo primordial que se haya convertido en un lastre para el gobierno y su fuerza política, que ya vienen castigados con pérdida de intención de voto por la creciente disconformidad ciudadana con sus 12 años en el poder. Lo que realmente importa es el descrédito personal de quien no solo preside el Senado y la Asamblea General sino que además ocupa el primer lugar en la sucesión presidencial. Su continuidad en estas funciones agravaría, por extensión, el deterioro de la confianza ciudadana en nuestra estructura institucional y en la transparencia exigible en el ejercicio de una prominente función pública.
Renunciar es el curso que le corresponde tomar. Está claramente señalado por las fallas éticas que le comprobó el tribunal de su propio partido, decisivas en establecer la indefendible posición en que ha quedado el vicepresidente, sin necesidad de esperar a que la Justicia defina sus eventuales responsabilidades penales. Lo aconseja hasta la dignidad personal de reconocer errores y aceptar sus consecuencias, lo que queda ahora en manos de Sendic.