La llegada de la fiesta de la Navidad no resulta indiferente para nadie que haya nacido en el mundo occidental. Una de las fiestas más importantes del cristianismo se vive con intensidad en todo el planeta. Es poco probable –salvo en tribus remotas del Amazonas– que los seres que habitan la aldea global no se enteren que la mayoría de la población mundial estará esta noche esperando las 12 para brindar con los suyos y detenerse al menos unos minutos para mirar el porvenir con esperanza.
La vida moderna y la sociedad de consumo se han apropiado de la fiesta de la Navidad y la cargaron de una emotividad costumbrista que la aleja de sus raíces y paradójicamente no hace más felices hace a los hombres y mujeres que la celebran.
Las ansiedades, la soledad, la rutina de tener que juntarse con parientes lejanos a los que no te une más que el banquete de la noche buena, las comparaciones, la melancolía por los que se fueron y cientos de pequeños detalles terrenales truncan el sentido original de la celebración.
En un mundo de seres libre cada uno tiene derecho a vivir la Navidad que quiera. De embriagarse hasta quedar desparramado por el piso o de elegir conectarse con la nostalgia hasta terminar con los ojos llorosos. Por eso es bueno viajar hacia las raíces de una de las festividades más lindas y positivas que tiene la humanidad.
La Navidad celebra algo tan simple como la llegada de un niño que viene para salvar al mundo. Un niño que nace en un pesebre pobre y que a lo largo de su vida desparramará amor y enseñanzas para vivir del lado del bien. El nacimiento de Jesús es probablemente el hito más importante en la historia de la humanidad. Sea uno creyente o no, todo lo que se creó a raíz de su prédica ha marcado el devenir de la historia.
Que luego los hombres hayan manipulado el relato, utilizado su fuerza y adulterado su enseñanza es harina de otro costal. Lo cierto es que Jesús mostró a los hombres que el amor por el prójimo es el motor que debe guiarnos hacia el futuro.
Por eso, que una noche los hombres y mujeres de todo el mundo se reúnan en un nuevo aniversario del nacimiento de un niño que vino a traer un mensaje de paz y amor es a su vez motivo de celebración. Una pausa en la velocidad frenética del diario vivir de la sociedad moderna para ir a la fuente a tomar conciencia de que en lo simple está lo bello y lo puro.
Esta Navidad de 2018, como todas, es diferente. Estamos en tiempos en que los paradigmas se derriten, las costumbres se cuestionan, las fronteras se diluyen y se alimentan discursos autoritarios que pretenden acallar a los que piensan diferente. La Navidad nos conecta con la base inexpugnable que es nuestro ser.
La Navidad debería ser un espacio de reflexión para preguntarnos si realmente lo que hacemos de nuestras vidas, cómo queremos al prójimo y lo que hacemos por los demás está construyendo un mundo mejor o no. Luego seguirá el ruido, el banquete, el vino y la vida misma, pero darse ese espacio en medio del griterío merece su lugar.
La Navidad debería constituir un momento sagrado de conexión con uno mismo y con los seres que nos acompañan en el camino de la vida. La introspección a la que nos invita bien vale la pena. Intentémoslo.